jueves, 20 de noviembre de 2014

Los crímenes de la rue Podemos y otros relatos de terror

  Un cuento es un relato o narración, pero también, según el diccionario de Manuel Seco, un cuento "es una mentira, a veces con intención enfática", "afectación o fingimiento con el que alguien trata de exagerar la importancia propia" y también "un chisme o noticia desfavorable acerca de una persona".

Estos cuentos van a abundar de aquí hasta el día de las elecciones generales.

 Les anticipo el leitmotiv de todos ellos: demostrar la villanía (y de vez en cuanto la santidad) de los líderes de Podemos.

  Ayer se publicó con gran escándalo (escándalo en el sentido del Capitán Renault en Casablanca) que Iñigo Errejón cobraba una beca de la Univeridad de Málaga cuando en realidad reside en Madrid. Una beca en la que fue el único candidato y ofrecida por un colega de profesión, es decir, lo normal. ¿Desde cuándo los profesores dan clase a sus alumnos? La "carga docente" siempre ha quedado para los profesores asociados y similares.

  En realidad el asunto Errejón da igual. Hubo otros anteriores, como los que intentaban demostrar la impostura de los dirigentes de Podemos en su "postureo" de pobreza franciscana al ser sorprendidos viajando en primera clase desde Bruselas o alimentándose de otras viandas que no fueran grasientos kebaps.

  Durante estos meses los dirigentes de Podemos serán desenmascarados realizando equívocas actividades tales como: esquiar en Baqueira Beret, abrir una botella de Rioja de más de diez euros, comprar en Massimo Dutti, poner los pies encima de la mesa, tirar kleenex al suelo, cobrar sin dar clase, suspender sólo a los alumnos de derechas, emborracharse en conciertos de Pablo Alborán, vender pulseras republicanas en mercadillos sin licencia, comprar un duplex, escuchar a Mocedades, casarse por la Iglesia y otras felonías por el estilo.

  Hablará una empleada de hogar que trabajaba sin contrato limpiando la casa de Pablo Iglesias y denunciará que sus gayumbos son Calvin Klein. Los alumnos de Errejón dirán que no lo han visto aparecer durante un año y eso que hicieron huelga de hambre solicitando su presencia. Una atractiva doctoranda venezolana casada y con dos hijos asegurará haberse sentido "acosada" por Monedero, quien le remitió más de ciento cincuenta mensajes de amor de tórrido contenido y lenguaje, en el que suplicaba que "si no lo hacía por él,  lo hiciera al menos en memoria de Chavez".

  Los contertulios, periodistas, expertos y politólogos debatirán si el "acosador" Monedero puede ser realmente digno de ser elegido diputado, si el vago Errejón puede ser ministro del interior. Negarán legitimidad "moral" a Iglesias para ser presidente del gobierno, pues un hombre que miente sobre la marca de sus calzoncillos es un hombre sin escrúpulos que puede igualmente socializar la economía, racionar la compra de prendas de Zara y enviar a los disidentes políticos a "gulags" en Olot. Habrá que armarse de ironía para ver cómo los leones denuncian a las jirafas por comerse las acacias y destrozar el medio ambiente.

  ¿Pero qué más da? Los "grupies" de Podemos cantarán himnos en loor de los líderes. Nos hartaremos de saber las matrículas de honor de Iglesias (tú ninguna Señor Gordo/Casta/Cutrón), la colección de doctorados, publicaciones científicas, estudios sociológicos e historial de compromiso político de sus cuadros. Como hay una violoncelista en su "Consejo Ciudadano", no sería de extrañar que la estación del metro de Usera fuera el marco del estreno del cuarteto de cuerda opus 1 en re menor "Caneando a la Casta", también llamada "La Coleta guiando al pueblo".

  ¿Se ríen? No ser rían tanto. 

  Verán hasta qué punto el debate va a ser subterráneo. Verán como Nostradamus era un aficionado. Verán como los argumentos políticos parecerán diseñados para niños de cinco años. Ya verán el tono mamporrero, los crochet al hígado. Ya comprobarán la intoxicación del bla bla bla, buah, buah, buah, se acordarán de El Señor Gordo y lamentarán no tener su camiseta de emergencia.



Sami Petman


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martes, 18 de noviembre de 2014

El emoticono es el espejo del alma

  Cuando yo estudiaba bachillerato, a finales del siglo XX, algunos intelectuales y miembros de las asociaciones de Padres y Madres de alumnos, lloraban por las esquinas el fin de la escritura. Todo era oralidad (aún lo sigue siendo pero en otro sentido) y nadie que no fuera poeta muerto componía una frase más larga que "Bar cerrado por vacaciones". Si uno tenía alma de literato podía añadir: "Disculpen las molestias".

  Los pobres no podían saber que los SMS, los correos electrónicos, Twitter, Facebook los whatsapp nos iban a convertir a todos en escritores compulsivos. Escritores que lo primero que hacen al despertar, aún con el cogote pegado a la almohada, es tuitear la última ocurrencia de Mariló Montero, festejar las nalgas de Kim Kardashian o manifestar que se tiene sueño y que como remedio radical se administrarán una dosis de café de cafetera (¡tiembla Nestcafé!). Ni Leon Tolstoi era tan prolífico.

  Pero en el pecado está la penitencia. No sé si viene a cuento la expresión, pero me apetecía utilizarla. Los Whatsapp y otros programas semejantes de mensajería instantánea vienen provistos de dibujitos, caritas, banderitas, animales, artefactos, herramientas que llamamos emoticonos. El emoticono complementa al texto, lo matiza, lo aclara u oscurece y, cada vez más, lo sustituye.

  La sustitución completa del texto por el emoticono es una costumbre irritante para muchos y que yo practico cada vez con más devoción. Si el presunto profesor Maurer aseguraba en su publicidad que se podía hablar inglés con solo mil palabras, he comprobado que puedo manifestar mis deseos, y pensamientos o responder a la mayoría de los mensajes con un pequeño puñado de de emoticonos. Mis favoritos son:


  • Pulgar hacia arriba: significa estoy de acuerdo, iré a cenar, iré a comer, iré a jugar al fútbol podré ir a jugar al padel, podré ir a jugar al tenis, podré ir en general, es verdad que no juego un pimiento al pádel, es verdad que me gustaría ser un pijo, es verdad en general. 
  • Carita guiñando y enseñando la lengua: Significa que lo que he puesto no debe tomarse en sentido literal o que el chiste que me mandan ha sido comprendido en todo el esplendor de su malicia. 
  • Carita con los ojos como platos. Sin duda el más polémico del repertorio. Significa que no acabo de entender muy bien lo que me dicen, aunque muchos interlocutores lo interpretan como "no te quieres enterar de lo que te digo".
  • Carita de rata. No significa en realidad nada. Vale igual para festejar un chiste como para alegrarnos por alguna buena noticia y para mostrar que uno es una persona tierna y desvalida. Suele ir acompañada del mono que se tapa los ojos. 


  Para muchos el abuso del emoticono empobrece el lenguaje, banaliza las relaciones personales, y resulta empalagoso, pero yo creo que el emoticono es el espejo del alma. Ayuda a los tímidos  a mostrar emociones: llanto, felicidad, miedo y una cara cerdo en determinadas ocasiones. Su capacidad de expresión es tan potente que debiera contemplarse su uso en los documentos administrativos, financieros, escrituras públicas e incluso atestados policiales.

Por ejemplo: Preguntado el imputado sobre si participó en la agresión a otros cofrades del pueblo dice que no (carita seria), que está en contra de la violencia (carita enseñando la lengua), pero que la actuación de los cofrades no había sido la que requiere la dignidad de la fiesta (carita diablo enfadado) y que aunque reitera que no participó en los hechos, tampoco le da pena que acabaran con algunos guantazos (carita diablo sonriente).

¿Poco serio? Es posible. Pero si el gran Albert Einstein decidió ser un emoticono "avant la lettre", deberíamos sacar conclusiones (carita sonriente).




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domingo, 16 de noviembre de 2014

Viejunos: los ases del deporte "extreme"

  Tengo 44 años. Dentro de poco cumpliré los 45 y entraré de lleno en el sector de los excluidos del mercado laboral. No es que me deprima la perspectiva, puesto que considero que todos los jefes y especialmente los encargados de recursos humanos son infrahumanos. El difunto pulpo Paul era capaz de tomar mejores decisiones, así que esto no me preocupa. De hecho, me siento excluido del mercado laboral por cuenta ajena desde que dejé de trabajar en la cantina de mi instituto. Lo que me preocupa es cómo me voy a incorporar a la actividad predilecta de los cuarentones: "el deporte extreme".

  Llamo deporte "extreme" a toda una gama de actividades que incluyen las maratones, los triatlones, las carreras de etapas, algunas nocturnas por los montes, los "raid" que transcurren por montañas, desiertos, sean a pie, en bicicleta, a caballo, en parapente, esquiando, nadando, reptando o levitando. Todas ellas se caracterizan por un esfuerzo físico extenuante. Veamos algunos ejemplos.

 "La quebrantahuesos" se califica humildemente como una marcha cicloturista de gran fondo. Un paseíllo de 200 km que transcurre en sendas del Pirineo de Huesca. Una minucia comparado con los "ultra trails". Son carreras de ultra fondo para los "runners" (antes corredores o atletas) más exigentes. El "Trail de Emmona" es una maratón que se disputa por el Pirineo oriental. La mayor parte de su recorrido transcurre por encima de los dos mil metros. Una chiquillada si la comparamos con la "Al Andalus Ultimate Trail". Una prueba que se disputa corriendo, andando o reptando por las montañas de Málaga y Granada. Los participantes deben cumplir un recorrido de 230 km en cinco etapas. Los organizadores advierten a los "runners" que no hará fresco y que no se traigan el vicks vaporub; la temperatura ronda entre los 30º y los 40ºC.

  Más que deportistas, los participantes de este tipo de carreras son sectarios del ejercicio físico. Iniciada la moda por ejecutivos que querían demostrar su superioridad patricia frente al populacho, en los nuevos participantes abundan caras de funcionarios y profesionales, aunque dudo que de parados, puesto que el material "técnico" de estas actividades no suele ser barato, ni los desplazamientos. Tampoco es barato el tiempo que hay que dedicar a tener el cuerpo en condiciones de no sufrir un síncope en la primera rampa o romperse la crisma bajando un pedregal.

  Cuando llegan a la meta, más rotos que mis calzoncillos de invierno, lo hacen con una sonrisilla en la cara y los ojos desencajados por el esfuerzo y la satisfacción. Algo parecido a lo que debía pasarle a Teresa de Ávila después de sus prolongados ayunos. Uno tendería a pensar que llegar a la meta, llagado, asfixiado, mojado, con dolores y además pagando, es un castigo, pero para ellos no. Todo se sacrifica en el altar de la nueva religión: la superación personal. Alcanzar tus metas, just do it, las barreras están en tu mente y otro tipo de mantras de la sociedad postindustrial. 

  A los jóvenes les interesan menos estas historias. No creo que sólo sea porque sean incapaces de levantarse los domingos antes de las doce, es que aún no tienen necesidad de demostrarse nada. En cambio para los cuarentones y cuarentonas del siglo XXI es una manera de probar que aún son (somos) jóvenes y fuertes. No solamente nos reímos con los chistes de cuando éramos polluelos, es que no hemos dejado de hacerlo. 

  Las generaciones precedentes se contentaban para demostrarlo con darse un paseo por el campo, hacer el Camino de Santiago o jugar un partido de tenis. Pero ahora estas hazañas están al alcance de cualquiera que coma yogur desnatado y beba dos litros de agua al día. La mesura es entendida como pereza. La prudencia es como antes se llamaba a lo que en realidad es miedo. Las dudas no son otra cosa que la falta de coraje. 

  Ser capaces de correr cien kilómetros no sólo prueba nuestra salud (nuestra salud presente a costa de nuestra salud futura), también exhibe nuestra determinación, nuestra voluntad de hierro, acredita ante la tribu nuestra capacidad para superar las dificultades, sean estas chinches o ampollas. Esa es ahora nuestra identidad, ahora que no sabemos en qué trabajamos (si trabajamos) o en qué creemos (si es que creemos). Corriendo como galgos o remando como galeotes rendimos pleitesía al nuevo credo:

 "Forever young / I will survive"


Amen, pero conmigo que no cuenten.


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