sábado, 18 de octubre de 2014

Falsos viajes: La valla de Melilla

  Cierto día de octubre de 2014 acudo a la redacción. Le digo a mi jefe que tengo una pequeña pero estupenda cámara y que creo que podría hacer un gran documental de alto contenido periodístico en Melilla, a propósito de los asaltos a la valla y los últimos acontecimientos, palizas a inmigrantes incluidas. Me contesta que haga lo que quiera. Que mi contrato de un mes finalizó hace seis y que me dejan que acuda a la redacción porque les doy pena y sé como funciona la máquina de Nespresso. Interpreto que me da permiso, rompo el cerdito de los ahorros y compruebo que me da para el viaje y tres días de estancia, siempre y cuando renuncie a un hotel decente y las cenas. ¡Me voy a Melilla!


  Melilla es una ciudad desconcertante. Si miras hacia un lado te da la sensación de estar en Barcelona, pero sin banderas. Si miras a la derecha parece Tánger, si miras al centro podría ser cualquier lugar de Las Palmas, y si miras para atrás y vas andando te acabas tropezando como en cualquier otra ciudad. 

 Como me enseñaron los libros del gran Manu Leguineche, me voy a un bar para buscar información y entablar amistad con los lugareños. Un tipo fornido vestido con bermudas y la camiseta del FC Barcelona, está acodado en la barra dando cuenta de lo que parece un gin tonic. De uno de sus bolsillos sobresale el extremo de un llavero con el inconfundible escudo de la Benemérita. Me identifico como un periodista de Canal 13, que está haciendo un reportaje que ensalce la labor de la Guardia Civil en la valla de Melilla, para contrarrestar la intoxicación de los movimientos pro-inmigrantes, pro-negritos y pro-raros en general. 

  Me mira con una cierta desconfianza. Pero ya sea porque me presto a abonarle un nuevo gin tonic (adiós a mi desayuno) o porque le he seducido con mi habitual don de gentes, se presta a que le entreviste (sin cámaras ni notas).

  —Cuando pedí el destino no pensé que me lo fueran a dar— me dice Aarón. Soy un número pesimista. Las razones por las que uno toma ciertas decisiones en la vida a veces son arcanos inescrutables, —sea lo que sean los arcanos y lo que signifique el verbo, sustantivo, adjetivo o artículo "inescrutable"—. Pude pedir ir a Melilla por la famosa canción: "Melilla tiene un coooloooor especiaalllll...", quien sabe. Pude hacerlo por su folclore, flora, fauna, por su plaza de España o Generalife. Pero lo hice porque aseguraban acción. ¡Acción! ¡Y me dieron el destino!

  —Yo no me me metí en la Benemérita para mariconadas. No me metí en el Cuerpo para ir persiguiendo chorizos de poca monta. Para hacerme un oficinista chupatintas que tiene que soportar las preguntas de los picapleitos que asisten a los desgraciados que le dan un cachete a su mujer. No me metí en el Cuerpo para disfrutar de una paella el día de El Pilar. Me metí porque reboso testosterona, adrenalina y Red Bull. Amo a España y me gustan los deportes de riesgo y las sensaciones fuertes—. 

  —En Melilla tienes toda la acción que quieras. Los negros cada día son más activos y violentos. Trepan con la habilidad de un primate. Se organizan. Se reparten los asaltos para dividir nuestras fuerzas, anda que no son listos. Ahora nos amenazan con contagiarnos cosas raras. Nosotros les calentamos pero bien. Los jefes dicen que les podemos dar en brazos y piernas, pero cuando veo alguno con la camiseta del Real Madrid no puedo evitar no calentarme, entonces me hierve la sangre—.

  Le digo que si puedo acompañarle a un servicio. Me dice que entra esta tarde. Que saben que va a haber un intento de entrada y que va a haber jaleo, pero que no me puede ofrecer información confidencial. Por fin, acepto abonar otra copa y un bocadillo de calamares (adiós a la cena de mañana) y me da las coordenadas. —Yo no te he dicho nada, ¿vale?—.

  Acudo al lugar indicado. Espero durante horas y no pasa nada, hasta que de repente se escucha una gran algarabía. Es como el sonido de un botellón pero sin música machacona. Cientos de muchachos negros empiezan a trepar una de las vallas de mi frontera. De repente aparecen tres furgones de la Guardia Civil. Los agentes ponen unas escaleras y comienzan a subir. Los inmigrantes parecen de El Circo de El Sol y los Guardias Civiles culturistas de gimnasio. En agilidad ganan los primeros, pero los segundos llevan porras que usan como si estuvieran en una huerta dando azadones para deshacer los terrones. Creo identificar, por sus andares, a Aarón como uno de los más activos, pero con el casco y el uniforme no puedo estar seguro.

  Están así casi tres horas. Unos dando y otros colgados. Cuando uno cae al suelo alguna porra sale a pasear. Los demás guardias suelen ocultar al bateador, sea para ocultar el espectáculo a los indiscretos, sea para no perderse detalle. Uno de los inmigrantes consigue llegar al suelo y echa a correr hacia la ciudad justo por donde yo estoy. Corro tras él y algunos guardias también. Pero los culturistas no están hechos a la carrera, salvo la de la cinta del gimnasio. El inmigrante y yo somos más rápidos. Se mete por varios callejones y por fin le alcanzo. Le digo que se tranquilice, que soy un periodista que trabaja para Amnistía Internacional.

  —¿Cómo te llamas? ¿Estás herido?—. Me enseña unos cortes en los brazos. Yo me desmayaría pero me dice que no es nada. Le doy algo de dinero (adiós a la merienda). Me da las gracias y se marcha. Como lleva una camiseta del Atlético de Madrid, le grito que han ganado 1-0 al Eibar. No sé si me escuchó. —Suerte chaval—.


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martes, 14 de octubre de 2014

Comparte este post con diez amigos y la suerte te será propicia

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  No es broma. Si lo compartes con diez amigos, diez indiferentes, diez enemigos y seis personas que ni fu ni fa, siete indeseables, y dos amigos de los de tomar cañas pero no contar confidencias, o cinco amigos de los de verdad y un soso y cuatro de relleno; en menos de veinticuatro horas tendrás buenas noticias.

  ¿No me creen? ¿Monsergas? ¿Patrañas? ¿Supersticiones de economista neoliberal? Permítanme que les cuente mis experiencias y luego juzguen por su cuenta, porque como dice semánticamente mal el periodista deportivo de la Ser, José Ramón de la Morena ,"tu cerebro te lo alimentas tú".

  Yo era uno de esos que siempre juega en el bando de los escépticos. Si alguien dice que hay solución, yo lo pongo en duda. Si dicen que la granada aumenta en los cuarentones el nivel de testosterona, me sonrío sardónico. Si un politólogo dice que Pablo Iglesias es la alternativa me pregunto quién le ha invitado a la Sexta tantas veces. Pero si otro politólogo denuncia que Iglesias quiere hacer de España Venezuela, les menciono a "la casta". Si dicen que fumar es malo me acuerdo de Santiago Carrillo. Si me mencionan al Reiki, no digo nada, la carcajada me lo impide.

No es espíritu de contradicción sino eterna duda. Nada me apaña.

  Entenderán que con estas premisas neuronales, que sin duda se explica por los escasos meses de lactancia que disfruté, ciertas burlas en el colegio que sufrí y una determinada y azarosa combinación de proteínas en mi cerebro, cada vez que alguien me manda, normalmente mediante el diabólico Facebook, alguna cadena de la suerte, la borro airado, cuando no furioso. ¿Quién se creen que soy? ¿Acaso mis proteínas y la Universidad de Alicante han hecho que parezca más ignorante de lo que en realidad soy? ¿Qué tipo de personas son esas que creen que porque manden un whatsapp van a recibir dinero, lograrán llegar al corazón del amor de su vida o se curarán el reúma? ¿De verdad se lo creen o es que todo hay que hacerlo en esta vida por si cuela?

  Hasta ahora conocía a personas que tomaba por sensatas que lo hacían. Me mandaban la frase de marras con un amanecer de fondo, o los más melancólicos una puesta de sol, a veces un campo cuajado de florecillas. Hace unos días me mandaron un Buda. Un Buda gordo y sonriente. Como alguien comentó acertadamente, basta hacer una comparativa entre un Cristo, habitualmente entre lo vigoréxico y lo anoréxico y un Buda, para decantarse, si elegir entre los dos fuera una obligación imperativa, por el Señor Gordo Divino. Más sabio y más viejo.

 El primero  moró entre los hombres hace unos 2014 años y vivió treinta y tres años de los que sólo cotizó los tres últimos (se sospecha que trabajó en negro muchos años como carpintero). En cambio, Sidarta Gautama alias Buda, le precedió casi quinientos años antes y curró bastante más.  Se  dedicó a  viajar y enseñar durante más de cuarenta y cinco años (nunca los nirvanas se han entregado a precio de saldo). Si les parece poca la diferencia, la cronológica, no la laboral, piensen que es más o menos la diferencia temporal que separa a Justin Bieber de Cristobal Colón.

  Sea por esa razón, por solidaridad entre michelines, por un cambio en el equilibrio de las proteínas o cualquier otro portento que sólo podría descubrir un médico forense, el caso es que le di a la tecla de compartir, no sin antes llenar mis mejillas de rubor adolescente y dar mil excusas a los compartidos. "Dicen que todas las veces que compartimos este Buda sonriente recibimos dinero o una buena noticia". ¡Y funcionó!

  Por supuesto no funcionó tanto como para recibir dinero, que lo necesitaba más que la buena noticia, pero el caso es que algo bueno sucedió y el escéptico tuvo que guardarse su espada de descreído. Me pregunto si hubiera compartido todo lo que debería ahora tendría una tarjeta black como la de Bankia o amigos para jugar al pádel. Quién sabe. Pero he descubierto más. Mis post tienen esa cualidad. ¿Qué finalidad tienen si no? Desde luego no informar y menos formar. Si, siguiendo la tesis de que todo es para algo el algo de mi blog es que compartir sus post trae la fortuna a los lectores.

  Comparte este post y tendrás suerte, lector. Salud, suerte y amor a mansalva. Abandona el petulante escepticismo y dale a compartir. Jesse James Casaus  (El Coleta Bis) de Arizona compartió quince post de El Señor Gordo y ha ganado contra todo pronóstico y sentido común, la elecciones a sheriff del condado de Sandoval. Comparte. Comparte. Y si por casualidad la suerte no te llegara a ti y sí a mí, no te preocupes. Prometo tener un detalle contigo. ¿Qué tal un Buda?



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sábado, 11 de octubre de 2014

El legado de Excalibur (el perro, no la espada)

  El perro de Teresa Romero, la auxiliar de enfermería que contrajo el ébola, Excalibur, ha dado en cuatro días más que hablar de lo que muchos lo haremos el resto de nuestra vida. Habida cuenta de cómo ha terminado, no le arriendo la ganancia. Es bien sabido que se ordenó (y finalmente se ejecutó) su sacrificio por razones sanitarias. 

  El asunto tiene derivadas interesantes. Para unos puede ser algo simplemente anecdótico. Para los animalistas el asunto de Excalibur les ha dado carta de naturaleza en España. Es cierto que los movimientos en favor de los derechos de los animales se centraban fundamentalmente en los festejos taurinos y las protestas en las expresiones más crudas de las mismas, corridas, encierros y como estrella, el famoso "Toro de la Vega". 

  El asunto del can Excalibur, muestra en el espejo de los medios y las redes sociales que los animalistas tienen muchos simpatizantes en España. El PACMA, (Partido animalista) logró en las pasadas elecciones europeas más de 370.000 votos. Teniendo en cuenta que sus líderes no salen en ninguna televisión, es una cifra nada despreciable. PACMA ha organizado este mismo sábado concentraciones en apoyo a Teresa y Excalibur.

  No debe de extrañar. El trato a los animales y sus derechos, con o sin comillas, es una de las consecuencias del proceso de urbanización y tecnificación de las sociedades. En el mundo rural el animal es apreciado por lo que puede proporcionar: carne, caza, vestido, trabajo, protección etc. Alimentar a un animal que no sirve es absurdo y el dominio de la naturaleza se simboliza a través del sometimiento, no pocas veces brutal, de los animales. 

  Paradójicamente los animalistas tienen una concepción urbana de la naturaleza que se enfrenta al mundo rural. Un mundo rural que ya no existe, por supuesto. El enfrentamiento violento de los partidarios del Toro de La Vega y los detractores del "festejo" representa el choque entre estas dos culturas. El granjero o el ganadero no piensan que sus ovejas son sus hijos pequeños, como muchos con sus perros, ni les cuentan sus problemas, ni básicamente los personifican como si fueran personajes de Disney. Antes se decía de nuestros perros que sólo les faltaba hablar. Ahora no necesitan hablar para saber que nos entienden y que si quisieran podrían dirigir Bankia con más eficacia que los humanos, y desde luego con más honradez. Eso si hablamos de perros y gatos, pero no debemos perder de vista que sabemos que un cerdo puede ser tan listo o más que ellos. 

  El enfrentamiento entre las dos culturas, rural y urbana, está sobretodo en la imaginación de sus participantes más que en la realidad. Los partidarios del Toro de la Vega se ven a sí mismos como garantes de una tradición centenaria que insisten en revivir como Drácula, en un mundo que ya no es como el que ellos viven. Mantienen una tradición como si el Cid fuera a pasar de un momento a otro por el pueblo. Pero hace años que Tordesillas tiene autopista, wifi y kebabs.

  Asumiendo que los animalistas son los "buenos" de la historia y que acabarán triunfando, pues no hacen más que ganar batallas desde que en 1975 Peter Singer escribiera "Liberación Animal". El animalismo está bien, pero qué hay del humanismo, dicen los aguafiestas. Era cuestión de tiempo que alguien clamara: "lo del perro está bien, ¿pero es que nadie se preocupa de los niños que mueren en Africa de Ébola? ¿Es que es más importante un perro?". Cómo irrita ese argumento. Siempre hay alguien que dice que "otra cosa" es más importante y, a veces, incluso tienen razón.




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