08 abril 2015

¿Las buenas causas no merecen buenos argumentos?

  Tengo la costumbre de leer todos los días los artículos que denuncian la violencia de género, como los de la profesora de la Universidad de Alicante, Mar Esquembre, en el diario Información. Habitualmente se utiliza un  tono alarmista, seguramente más que justificado visto lo que sucede.

  Vaya por delante, antes de ser tratado de postmachista, machirulo, reaccionario y varón opresor, que considero una prioridad no sólo acabar con la violencia machista sino con la propia sociedad patriarcal. Creo además que mi experiencia, también como abogado, me ha hecho conocerla de primera mano. Por eso, compartiendo la intención, me desasosiegan tanto los artículos de Esquembre como el de otras y otros columnistas. Sin embargo, a veces observo que se tratara el asunto como si fuera una verdad revelada. Que no se tolera bien la discrepancia y que el debate racional queda a veces apartado. Nuestra legislación es pionera, y por tanto, y con más razón, es lógico que tenga grietas, problemas y desajustes. Además, la sociedad patriarcal no se limita a los estrechos límites de nuestras fronteras ni de nuestra época. A veces parece que se trata con normas casi sagradas y que en realidad todo el problema pasa por una deficiente ejecución de las medidas y que "el cumplimiento real y efectivo" fuera el bálsamo de Fierabrás, que simplemente no se aplica el recelo de los ignorantes o por la oposición de una mano negra. 

  La pregunta que me hago es: ¿la defensa de una buena causa exime completamente de la obligación de presentar argumentos, propuestas, ideas más allá de la pura denuncia?  Soy consciente de que crear buenos argumentos y defenderlos, hacer propuestas, ser creativo, ser incluso autocrítico, es más complicado, pero ¿no es un trabajo que merece la pena realizar? ¿No se les debería exigir ese esfuerzo a quienes tienen los medios y la capacidad para hacerlo, incluso si en dicha tarea no alcanzan siempre un unánime e incondicional grado de adhesión por quienes ya están ganadas/os para la causa?

  En una ocasión me dirigí a la profesora Mar Esquembre sobre lo que ahora escribo, y que tuvo la amabilidad de contestarme. Me dijo que se trata de una breve columna de prensa y no podían desarrollarse argumentos elaborados, y es verdad. Me hizo notar que se trataba de una columna de sensibilización y de denuncia. Sin embargo creo que los convencidos no necesitamos más "sensibilización" y en cambio son aquellos que tienen legítimamente dudas o falta de información a los que quizá fuera útil dirigir los esfuerzos, no con soflamas sino con la razón.

  Llámenme agorero, pero estoy seguro que tarde o temprano habrá una involución en la legislación española contra la violencia de género. No se está gestando en ambientes reaccionarios, como podría suponerse, sino muchas veces anida en el descreimiento que se está generando entre los agentes que luchan en primera línea contra la misma, y que no pueden manifestar públicamente sus discrepancias por miedo a ser objeto de linchamiento mediático. Me refiero a policías, funcionarios de justicia, abogados, trabajadores sociales, fiscales y jueces. No crean que la desilusión viene de no compartir el objetivo de su trabajo, eso se tiene claro, sino de no tratar de perfeccionar y criticar los instrumentos con los que nos hemos dotado, y llegado el caso, corregirlos. No basta con decir que toda crítica obedece a una estrategia "posmachista". No basta con apoyarse en datos que cualquier análisis serio consideraría deficientes. No es suficiente decir que el fin justifica los medios y taparse los ojos frente a las colisiones con principios jurídicos básicos.

  Cuando termino de escribir estas líneas ha estallado el asunto de López Aguilar. Como en este asunto no podemos hablar del afectado, un rancio personaje o de un recalcitrante representante del lado oscuro, sospecho que el asunto no podrá despacharse, como a veces se hace: con prejuicios y etiquetas. El hecho de que el impulsor de la Ley de Violencia de género sea ahora "víctima" y subrayo las comillas, de la misma, será sin duda aprovechado.

  Cuando el día de la involución venga, necesitaremos buenos argumentos 
y echaremos de menos las ocasiones en los que pudimos haberlos puesto 
a disposición de la opinión pública en vez de soflamas para incondicionales. 

El humor está aquí, en alguna parte
Síguenos en Facebook y Twitter

29 marzo 2015

La precisión del lenguaje

  Decía uno de los familiares de las víctimas del terrible siniestro (que no accidente) del avión de Germanwings, que la intervención del fiscal de Marsella Brice Robin, le había parecido ejemplar. Antes de comunicar a la prensa las primeras conclusiones de la investigación se había reunido con las familias, quienes pudieron plantearle todas las preguntas que estimaron convenientes. Tras eso apareció ante los medios y relató lo que todos sabemos. 

  De todo lo que he podido escuchar, y además de sentir como todos un escalofrío por el relato de lo ocurrido, llamaba la atención la precisión de sus palabras. Por eso dijo el fiscal que el copiloto tuvo intención de destruir el avión y se alejó de otras que podían tener un significado diferente. Los medios destacaron que lo hizo además con gran respeto y delicadeza a las familias de las víctimas. 

  Y llegado este punto uno tiene la costumbre un poco enfermiza, si se quiere, de comparar. ¿Y en España? Quiero dejar claro antes de empezar a fustigarme, que la opinión tan negativa de los españoles sobre nosotros mismos es también injusta. Hay médicos, profesores/as, fontaneros/as, enfermeros/as electricistas, bomberos/as y hasta abogados/as compatriotas que nunca saldrán en las noticias pero que sin duda son ejemplares por su dedicación y calidad profesional. Sin embargo ni el lenguaje ni la comunicación son sus fuertes.

  Podemos decir, salvo honrosas excepciones, que los españoles somos capaces de manejar sólo dos niveles de comunicación. El primero es el lenguaje que podemos llamar vulgar, callejero o del día a día. El segundo lo denomino "falso formal". El falso formal se define por giros pomposos y reiterativos como "absolutamente" o "no cabe duda" o la utilización de aparentes tecnicismos y anglicismos con el que se trata de convalidar la falta de actitud del hablante. Soltamos un "default" por quiebra, pongamos por caso. También ambos pueden combinarse. Ejemplo: "Qué duda cabe que sin la ayuda de Europa, Grecia estará absolutamente en "Default".

  Siendo sinceros, debemos decir que la tendencia es que el primero ya sustituya al segundo incluso en contextos formales. Por eso los entrenadores de fútbol ya no tienen empacho en decir que se van "jodidos" en vez de decepcionados, tristes, desilusionados, después de una derrota; lenguaje que cada vez más comparten periodistas, políticos, columnistas y por supuesto directivos de empresa. La excepción sería Mariano Rajoy para quien "cosa", "tema" y "lío" son suficientes para construir cada frase.

  Javier Marías recuerda en su artículo de hoy publicado en El País Semanal, que el 55 por ciento de los españoles no lee nunca o sólo a veces. Me aventuro a decir que el porcentaje real será en realidad más alto, pues entre el grupo de "lectores" habrá algunos que no ejerzan como tales y sólo hayan contestado así por pudor, o por dar ejemplo a los niños. Por si hay niños delante del ordenador, no diré lo que Marías dice, que no leen porque "no tienen tiempo" o "no les interesa". Les remito a su artículo. Solo mencionaré que les compara con ciertos animales y vegetales. 

  Harina de otro costal, o quizá del mismo, sería comprobar de ese 45% restante que dice leer, qué lee. Sin embargo quizá el problema no estriba tanto en que no se tenga cierta competencia lingüística, sino la capacidad de ponerla en práctica. En España se ha practicado una educación memorística y del silencio. No se fomenta el debate, que contribuye no sólo a articular el pensamiento y a expresarlo. De hecho para muchos de los españoles "debatir" son los gritos de los programas televisivos de prensa del corazón, modelo trasladado con éxito a los deportivos y a las tertulias políticas, (¿se acuerdan del don Pantuflo de Iglesias?).

  ¿El debate sosegado y con precisión de palabra ha desaparecido? Seguramente no. No veo que en Davos o en sus foros alternativos la gente se grite, pero, como todo lo que tiene valor, puede que cada vez sea más un artículo de lujo que se reserven las élites, salvo que lo evitemos.



El humor está aquí, en alguna parte
Síguenos en Facebook y Twitter
CAMISETAS