sábado, 25 de octubre de 2014

Si no se puede bailar, no es mi revolución

  Esta célebre y genial frase fue acuñada por la feminista y anarquista Emma Goldman. Un personaje notable. Haré un guiño feminista, mucho más que otros que están en primera línea del panteón de los personajes admirados. Pero si la vida no es justa, ¿por qué iba a serlo la posteridad? Goldman rechazaba los paraísos revolucionarios que no dieran libertad a las personas también para gozar. A mi me interesa la frase desde otra perspectiva. ¿Bailar el qué? 

  Pondré un ejemplo. La transición española, ahora tan criticada y con razón, fue experimentada no sólo como un cambio político, sino como un cambio social, de mentalidad, de costumbres. Era quitarse el luto de la abuela y ponerse una minifalda de colores. Fue una explosión de creatividad. Derribos Arias, Radio Futura, Golpes Bajos e incluso si se quiere, Mecano. Así ha sucedido a lo largo de la historia. Desde la Marsellesa al coro de los esclavos de Verdi en Nabucco. Desde las Polonesas de Chopin a las Valquirias de Wagner. De Fariña a James Brown

  Me preguntaba cuál era la música que encarna las ganas de cambio en España. Las ganas de que Rato y Blesa acaben en la cárcel, cuando no comidos por los leones. Las ganas de que Rajoy por fin se vea como lo que es, un tipo gris y retorcido al que le huelen los calcetines de sudor. Que liquide para siempre del subconsciente de la gente humilde que la felicidad está en una hipoteca a cuarenta y cinco años y un todoterreno. Que se burle de la clase paletodirigente con sus auditorías de calidad, coaching, managing, business breakfast y toda su pueblerina parafernalia trufada de pseudo-inglés. Que entierre a todos los que usen la frase "ponerse la pilas" cuando ellos cobran seis mil euros al mes y sus empleados seiscientos. ¿Qué bailan?

  Como soy un tipo cuarentón y aislado, tirando a aislacionista de temperamento a veces albanés, ahora más bien norcoreano, en lo que a las relaciones con el exterior se refiere, pongo en cuarentena (en un rasgo de sensatez que no es siempre apreciado por occidente) mis opiniones en torno al tema "qué-es-lo-que-sucede-fuera-de-mi-casa". Si a eso se le une que no viajo, mi precaución es más que necesaria. Por supuesto navego, buceo y a veces naufrago por Internet, y trato de estar más o menos al día de lo que sucede pero ¿cómo puedo estar seguro? A fin de cuentas descubrí a Arctic Monkeys seis años después de su primer disco. ¿Qué movimiento cultural, musical, teatral, cinematográfico, fotográfico, literario, operístico, de danza hay detrás de toda estas ganas de cambio?

  La respuesta la obtuve la pasada semana. Ninguno en absoluto. No hay nada o al menos nada que haya cuajado. ¿Cómo lo supe? Viendo a los de Podemos clausurando su congreso cantando L´estaca de Lluís Llach. "Si jo l´estiro fort per aquí..." Cuando yo tenía veintitantos L´estaca era una canción que olía a naftalina y que cantaba con mis amigos como si fuera un coro bufo cuando llevábamos más calimocho encima del que correspondía. Cuando estábamos de verdad animados ya nos decantábamos por la música sacra y el himno anarcosindicalista "A las barricadas".

  Que nadie me lo tome a mal. No es que me una a la bandada de buitres que empieza a sobrevolar "Podemos" ni que pretenda hablar mal del maestro Llach. Pero si las nuevas ideas asamblearias y tecnoparticipativas, si la "democracia 2.0" ha echado mano de L´estaca como glorioso himno, es porque no hay nada mejor. O quizá es que tienen más sentido del humor del que demuestran (que es ninguno) y han querido hacer un guiño irónico a los tiempos de la transición democrática que ellos tanto critican. Pero no creo.

  Resulta, por tanto, que lo escucho desde mi refugio norcoreano "es lo que hay". Ahora me explico por qué en las fiestas infantiles de los colegios no se les ocurre poner otra cosa a los infantes que una sórdida "chunda chunda", a veces un detestable reguetón. No sé cómo la fiscalía de menores no toma cartas en el asunto.

  Algunos dirán que me paso de sentimental. Que lo importante son las propuestas políticas, sociales y económicas. Pero hasta que haya una música detrás que la inspire y la encarne, no me creeré que hay detrás una nueva propuesta de cambio, no de las sillas en los ayuntamientos y las empresas de capital mixto o en los palcos de los campos de fútbol.

Si es una revolución, quiero bailar, y quiero bailar algo que suene a nuevo. 
Para lo de siempre, ya me quedo con Cat Stevens.





El humor está aquí, en alguna parte
Síguenos en Facebook y Twitter

miércoles, 22 de octubre de 2014

¿Cómo salgo en el diccionario?

  Cuando se mira una foto lo primero en lo que uno se fija es en cómo de guapo (o de feo), de flaco (o de gordo), de peinado (o despeinado), de divertido (o Bankia) ha salido uno. El resto, aunque sea el Taj Majal, es secundario. Con el diccionario pasa igual. Allí se nos define y se define a otros que nosotros definiríamos de un modo incompatible con cualquier publicación.



  Cada vez que la RAE publica una nueva edición, unos cuantos periodistas y otros ociosos nos lanzamos voraces para comprobar cómo hemos salido en la foto que nos define, o cómo han salido definidos los que detestamos. Ya hemos previamente advertido al lexicógrafo/cameraman que no nos gustó nada como quedamos retratados, y por tanto definidos, la anterior vez.

  Pero por mucho que se esfuerce el fotógrafo, e incluso cuando se trata de un "selfie", es difícil que la imagen que aparezca sea del todo de nuestro agrado. Pongamos un ejemplo práctico. "Alicantina" continúa siendo no sólo la mujer originaria de mi ciudad, sino también una "treta o engaño". Para complicar más las cosas, Alicante no sólo es el nombre de mi ciudad, es también el nombre de una víbora, bastante venenosa por cierto. No consta que desde el consistorio de la ciudad (demasiado ocupado en sus chanchullos jurídicos) ni los colectivos ciudadanos (demasiado ocupados en los chanchullos jurídicos del consistorio), se hayan elevado protestas u organizado concentraciones de repulsa. No quiero pensar lo que hubiera sido una víbora llamada Sevilla o que hacer una canaria significara urdir una treta o engaño.

  Más activos son por supuesto los colectivos feministas, que encuentran con razón un campo de batalla en el diccionario. Supongo que hacen bien. Yo soy de los que comparte el poder taumatúrgico de las palabras. En cada edición ponen una nueva pica en Flandes (con perdón para los lectores flamencos). En la presente edición se ha eliminado la sexta acepción de femenino: "débil o endeble".

  No son las feministas las únicas satisfechas. Entra el término blaugrana sin que a cambio en los diccionarios catalanes se pida la inclusión del término España por el de "estado español". En el país del botellón, añadir la palabra "birra" era justa y necesaria aunque quizá no nuestro deber y salvación. Con el término "backstage" los académicos demuestran respirar el aire malsano de la calle y sus orines y tener nietas que visitan el FIB. La nueva definición de franquismo como dictadura de carácter totalitario, se ajusta más a una dictadura de carácter totalitario.
  Me tranquiliza que permanezcan  inalterables palabras evocadoras como secreter (mueble con tablero para escribir), inquietantes como almorrana (hemorroide), la palabra preferida de Camilo José Cela o en desuso como por favor  y gracias.

  El castellano es un tesoro lexicográfico. Eso uno lo descubre en ocasiones como cuando un inglés llama "mermelada" al dulce de membrillo. Pedro Álvarez de Miranda, el académico director del 23ª edición del diccionario de la RAE, nos advierte que no puede llover a gusto de todos y que el diccionario va por detrás de la realidad. Creo que peca de modesto.

  Disfruto curioseando en los diccionarios. Si hablamos de diccionarios de lengua castellana, con permiso para la RAE, siempre seré del María Moliner. Tengo también diccionarios de términos geográficos, de sinónimos, e incluso de palabras malsonantes, llamado "del argot español". Muchas veces he fantaseado con un diccionario cuyas entradas estuvieran definidas según mis gustos y fobias, como ya intentaron Périch y Forges. No quieran saber como he definido "ruizgallardonada" o "reguetón".



El humor está aquí, en alguna parte
Síguenos en Facebook y Twitter

sábado, 18 de octubre de 2014

Falsos viajes: La valla de Melilla

  Cierto día de octubre de 2014 acudo a la redacción. Le digo a mi jefe que tengo una pequeña pero estupenda cámara y que creo que podría hacer un gran documental de alto contenido periodístico en Melilla, a propósito de los asaltos a la valla y los últimos acontecimientos, palizas a inmigrantes incluidas. Me contesta que haga lo que quiera. Que mi contrato de un mes finalizó hace seis y que me dejan que acuda a la redacción porque les doy pena y sé como funciona la máquina de Nespresso. Interpreto que me da permiso, rompo el cerdito de los ahorros y compruebo que me da para el viaje y tres días de estancia, siempre y cuando renuncie a un hotel decente y las cenas. ¡Me voy a Melilla!


  Melilla es una ciudad desconcertante. Si miras hacia un lado te da la sensación de estar en Barcelona, pero sin banderas. Si miras a la derecha parece Tánger, si miras al centro podría ser cualquier lugar de Las Palmas, y si miras para atrás y vas andando te acabas tropezando como en cualquier otra ciudad. 

 Como me enseñaron los libros del gran Manu Leguineche, me voy a un bar para buscar información y entablar amistad con los lugareños. Un tipo fornido vestido con bermudas y la camiseta del FC Barcelona, está acodado en la barra dando cuenta de lo que parece un gin tonic. De uno de sus bolsillos sobresale el extremo de un llavero con el inconfundible escudo de la Benemérita. Me identifico como un periodista de Canal 13, que está haciendo un reportaje que ensalce la labor de la Guardia Civil en la valla de Melilla, para contrarrestar la intoxicación de los movimientos pro-inmigrantes, pro-negritos y pro-raros en general. 

  Me mira con una cierta desconfianza. Pero ya sea porque me presto a abonarle un nuevo gin tonic (adiós a mi desayuno) o porque le he seducido con mi habitual don de gentes, se presta a que le entreviste (sin cámaras ni notas).

  —Cuando pedí el destino no pensé que me lo fueran a dar— me dice Aarón. Soy un número pesimista. Las razones por las que uno toma ciertas decisiones en la vida a veces son arcanos inescrutables, —sea lo que sean los arcanos y lo que signifique el verbo, sustantivo, adjetivo o artículo "inescrutable"—. Pude pedir ir a Melilla por la famosa canción: "Melilla tiene un coooloooor especiaalllll...", quien sabe. Pude hacerlo por su folclore, flora, fauna, por su plaza de España o Generalife. Pero lo hice porque aseguraban acción. ¡Acción! ¡Y me dieron el destino!

  —Yo no me me metí en la Benemérita para mariconadas. No me metí en el Cuerpo para ir persiguiendo chorizos de poca monta. Para hacerme un oficinista chupatintas que tiene que soportar las preguntas de los picapleitos que asisten a los desgraciados que le dan un cachete a su mujer. No me metí en el Cuerpo para disfrutar de una paella el día de El Pilar. Me metí porque reboso testosterona, adrenalina y Red Bull. Amo a España y me gustan los deportes de riesgo y las sensaciones fuertes—. 

  —En Melilla tienes toda la acción que quieras. Los negros cada día son más activos y violentos. Trepan con la habilidad de un primate. Se organizan. Se reparten los asaltos para dividir nuestras fuerzas, anda que no son listos. Ahora nos amenazan con contagiarnos cosas raras. Nosotros les calentamos pero bien. Los jefes dicen que les podemos dar en brazos y piernas, pero cuando veo alguno con la camiseta del Real Madrid no puedo evitar no calentarme, entonces me hierve la sangre—.

  Le digo que si puedo acompañarle a un servicio. Me dice que entra esta tarde. Que saben que va a haber un intento de entrada y que va a haber jaleo, pero que no me puede ofrecer información confidencial. Por fin, acepto abonar otra copa y un bocadillo de calamares (adiós a la cena de mañana) y me da las coordenadas. —Yo no te he dicho nada, ¿vale?—.

  Acudo al lugar indicado. Espero durante horas y no pasa nada, hasta que de repente se escucha una gran algarabía. Es como el sonido de un botellón pero sin música machacona. Cientos de muchachos negros empiezan a trepar una de las vallas de mi frontera. De repente aparecen tres furgones de la Guardia Civil. Los agentes ponen unas escaleras y comienzan a subir. Los inmigrantes parecen de El Circo de El Sol y los Guardias Civiles culturistas de gimnasio. En agilidad ganan los primeros, pero los segundos llevan porras que usan como si estuvieran en una huerta dando azadones para deshacer los terrones. Creo identificar, por sus andares, a Aarón como uno de los más activos, pero con el casco y el uniforme no puedo estar seguro.

  Están así casi tres horas. Unos dando y otros colgados. Cuando uno cae al suelo alguna porra sale a pasear. Los demás guardias suelen ocultar al bateador, sea para ocultar el espectáculo a los indiscretos, sea para no perderse detalle. Uno de los inmigrantes consigue llegar al suelo y echa a correr hacia la ciudad justo por donde yo estoy. Corro tras él y algunos guardias también. Pero los culturistas no están hechos a la carrera, salvo la de la cinta del gimnasio. El inmigrante y yo somos más rápidos. Se mete por varios callejones y por fin le alcanzo. Le digo que se tranquilice, que soy un periodista que trabaja para Amnistía Internacional.

  —¿Cómo te llamas? ¿Estás herido?—. Me enseña unos cortes en los brazos. Yo me desmayaría pero me dice que no es nada. Le doy algo de dinero (adiós a la merienda). Me da las gracias y se marcha. Como lleva una camiseta del Atlético de Madrid, le grito que han ganado 1-0 al Eibar. No sé si me escuchó. —Suerte chaval—.


El humor está aquí, en alguna parte
Síguenos en Facebook y Twitter