08 mayo 2018

Bárbara Petrioli Gavilán

Me gusta poner así su nombre entero. Nombre y dos apellidos. Había cierta poesía en ellos. Creo que alguna vez se lo dije, o eso espero. No hablo de Bárbara solo porque fuera mi amiga, ni porque murió en la madrugada del día 18 de abril de 2018. Hablo de ella porque era parte de este blog.

Puede que el blog no sea gran cosa. Pero si existe ha sido gracias a dos personas. Ana Maroto, que me ha estimulado, animado y que se ha responsabilizado de la buena marcha o al menos de la existencia del blog y gracias a Bárbara.  Ella era la lectora fiel y con el tiempo se convirtió en la imprescindible correctora de mis textos. Mis prisas y seguramente mis carencias hacen que algunos de ellos tengan gazapos, incorrecciones o simplemente un estilo mejorable. Bárbara no tardaba en escribirme y sutilmente me decía, "creo que quedaría mejor así... Te marco lo que he visto". Me mandaba por whatsapp las correcciones y las sugerencias. Lo siguió haciendo incluso cuando ya estaba muy malita. Le pregunté que le parecía el último que había escrito.  Me dijo: "me ha gustado, irónico, mordaz, lo que a ti te mola".

Cada vez pienso más que ser irónico o mordaz  (o pretender serlo) no siempre es una cualidad. O mejor dicho, lo es pocas veces. En cambio ser una persona generosa lo es siempre. Bárbara era muy generosa y tenía también mucho talento, un talento que incluso ella misma desconocía. Bárbara era culta, buena lectora, interesada por todo, curiosa, trabajadora, disciplinada y entregada. La gente te quería Bárbara. Te quería Susana, tu madre y muchos más. Un amigo que acaba de perder a su mujer, me dijo, "no se puede ser tan buena persona". ¿Hay alguna  relación entre marcharse tan pronto y ser bueno? A veces me da por pensar que sí.

Este texto, Bárbara, tiene fallos porque tú no estás para corregirlos.  No los quiero corregir pero prometo que prestaré más atención en lo sucesivo. Tendré en cuenta lo que me decías porque a fin de cuentas siempre serás ese viento que entra y lo desordena todo. Besos.

09 abril 2018

Yo no me llamo Javier (Cifuentes)

   Yo no te conocí en la playa, no nos fuimos juntos a comer paella, nunca pasaste una noche en mi hotel, no te has bañado conmigo en la piscina de mi chalé, tu no me presentaste a tus padres, no me invitaste a tu casa, ni a dormir ni a comer, hola como estás, que niño tan bonito, ¿Cómo? ¿Qué es mío? ¿Que yo soy el padre? Pero eso como va a ser, si yo soy impotente, deja ya de joder, yo no me llamo Javier, yo no me llamo Javier. 
  Yo tengo un máster en Derecho Autonómico, yo fui a clase, aunque luego no fui a clase, yo me matriculado aunque no recuerdo cuándo, yo hice el trabajo de fin de máster aunque no recuerdo dónde está, yo lo defendí ante un tribunal aunque no recuerdo las personas. ¿Cómo? ¿Que el tribunal dice que nunca me he presentado? Deja ya de joder yo tengo un máster, deja ya de joder, yo tengo un máster, eh, eh, eh...


  Pablo Carbonell ironizaba con aquel que niega todas las evidencias. Años después Cristina Cifuentes ha hecho su propia versión del clásico de los Toreros Muertos. Como a menudo sucede con la canallocracia española, el asunto ha llegado a un estadio en el que pasa de ser trágico a ser cómico, como ya entendió en su momento Valle-Inclán.


  Hace mucho que el asunto del máster de Cifuentes quedó claro para cualquiera cuya fuente de información no sea exclusivamente la COPE o TVE. A partir de ahora todo es carne de memes, cantera para chistes, abono para el escarnio. Sin duda, la interesada se lo ha buscado y no deja de ser irónico que acabe así su carrera política, una nimiedad si se compara con muchas de las felonías de sus compañeros de partido y de las de otras formaciones.


  Ya teníamos a nuestra disposición la matraca nacionalista, pero aventuro que la matraca de los másters seguirá aún no estando (Javier) Cifuentes en escena. Aparecerán políticos con máster nunca cursados, con cursos que no son máster pero en el curriculum vitae aparecen como tales. Máster sin exigencia alguna que reparten los partidos entre sus acólitos.


  Sin duda el negocio de los máster merece un capítulo aparte. Una vez que Bolonia consiguió abaratar académicamente el título universitario para convertirlo en un neobachillerato, la posesión de un máster se volvió prácticamente imprescindible para todo aquel que quisiera ser algo en la vida laboral. Ciertos negocios no solo tienen la virtud de llenar los bolsillos de unos cuantos sino que, por decirlo suavemente, vuelve a poner socialmente las cosas en su sitio. Por ejemplo Dimas Gimeno cursó MBA en IESE institución en que el consejero delegado de PRISA Manuel Mirat, cursó un PDD (Programa de Desarrollo Directivo) y PADE (Programa de Alta Dirección de Empresas). Por si están interesados, las tasas del programa Executive MBA de IESE ascienden a 7.131 euros.


  Claro que no es el caso que nos ocupa. Para los políticos un máster, un posgrado, un doctorado es un adorno. No quieren que nadie les tome por zoquetes y mucho menos tener menos títulos académicos que sus becarios. Hay quien critica la titulitis, pero ¿cómo se cura uno de esa enfermedad si está rodeada de una sociedad de enfermos enganchados a los títulos y alérgicos a la cultura sin papeles ni certificados? Dicho de otra forma. Cuando uno nace en España en su currículum se escribe: inglés- nivel medio.


  En cuanto a cómo queda la universidad española con este asunto prefiero guardar silencio y no hablar ni siquiera con un ejército de abogados. Además tengo algún título universitario español y no tiraré piedras sobre mi tejado. Muchas universidades se han apresurado a pregonar su rigor académico y limpieza institucional. ¿Excusatio non petita, accusatio manifesta?


  Decían las abuelas y los abuelos que más vale ponerse una vez colorado que ciento amarillo. Pero también cree el ladrón que todos son de su condición.

30 marzo 2018

Bandera a media asta por la muerte de la aconfesionalidad

  Los viajes en el tiempo sí que existen. Se pueden hacer en avión, en coche, en moto e incluso a pie. En ocasiones basta con cruzar una frontera, pongamos por ejemplo la que separa España de Francia. No es un viaje agradable, sobre todo si cuando regresas a tu país lo haces también al pasado; pero siempre será un trayecto interesante. En Francia la ley que consagra la separación de la Iglesia y del Estado, y por tanto la laicidad oficial del Estado francés, se promulgó en 1905. El artículo 1 de la Constitución Francesa de 1958 consagra que Francia es una república laica (y por cierto también indivisible). Para la mayoría de los franceses, profesen la religión que profesen e incluso si no son creyentes de ninguna, la laicidad del Estado es la piedra angular de su república, tan valiosa como la Torre Eiffel o el Monte Saint Michel.

  La Constitución Española de 1978, tributaria de la época en la que tuvo que ser redactada y refrendada, en cambio, recoge el principio de aconfesionalidad del Estado. El artículo 16.3 dice que ninguna relación tendrá carácter oficial, para añadir seguidamente que los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y demás confesiones. En el contrato de adhesión que en parte supone nuestra Carta Magna se tuvo que tragar con cláusulas abusivas si al final se quería obtener el préstamo del régimen democrático. La derecha de Alianza Popular logró introducir la mención a la Iglesia Católica "con el reconocimiento del catolicismo como hecho religioso" y de ahí la necesidad de que los poderes públicos cooperen con ella como explica Antonio Cañellas. El artículo 3 de la Constitución Española de 1931 decía escueta pero taxativamente: "El Estado Español no tiene religión oficial". 

  No me gusta utilizar frases hechas, especialmente si están manidas, pero ¿cómo no decir que de aquellos polvos vienen estos lodos? Un abogado sevillano consideró que los estatutos del Colegio de Abogados de Sevilla vulneraban la aconfesionalidad del Estado cuando declaraba patrona a la Santísima Virgen María en su misterio de Concepción Inmaculada. Los colegios de abogados son corporaciones de derecho público. La Sentencia del Tribunal Constitucional 34/2011, de 28 de marzo, no le dio la razón al demandante. Consideró que manifestaciones simbólicas como la enjuiciada no eran tanto religiosas como "culturales". Explicado en palabras de la propia sentencia "fácilmente se comprende que cuando una tradición religiosa se encuentra integrada en el conjunto del tejido social de un determinado colectivo, no cabe sostener que a través de ella los poderes públicos pretendan transmitir un respaldo o adherencia a postulados religiosos; concluyéndose así que en el presente caso, el patronazgo de la Santísima Virgen en la advocación o misterio de su Concepción Inmaculada, tradición secular del Colegio de Abogados de Sevilla, no menoscaba su aconfesionalidad".

  No es el momento ahora de recordar cómo las tradiciones han sido "integradas en el tejido social", las obligaciones de asistir a las procesiones, los cierres de todo tipo de establecimiento durante el viernes santo, ni cómo estás cambian y evolucionan. Mejor viajemos al pasado, a marzo de 2018. El Ministerio de Defensa español, cuya titular no es aunque lo parezca la madre de Norman Bates cuando era joven, decide que las banderas de España ondearán a media asta en los cuarteles en señal de luto por la muerte de Cristo. ¿Cultural? ¿No está integrado en el tejido social? El Defensor del Pueblo tiene sus dudas. Las autoridades militares y religiosas siguen desfilando a título institucional en las procesiones de Semana Santa, y lo que es peor, no lo hacen vestidas de damas de mantilla. Algunas cofradías pueden pedir el indulto a condenados que a menudo se conceden, algo que parece no casar muy bien ni con la separación de poderes ni con un estado aconfesional y todo en aras de la tradición cultural y de la "realidad social".

  De acuerdo con el informe realizado por Pew Research Center solo el 9% de los españoles consideraba que ser cristiano era una parte importante de la identidad de ser español. De acuerdo con el CIS en su barómetro de 2016, el 70% de los españoles se declara católico (si bien la pregunta a responder ya incluía la palabra católico) aunque el número de practicantes no llegaba al 20%. En un estudio realizado por el Observatorio del Pluralismo religioso en España, cofinanciado por el Ministerio de Justicia en 2013,  el 65,20% de los encuestados consideraba que la religión era muy poco o nada importante en su vida.

  ¿Por qué siendo España un país tan secularizado existen tantas dificultades para que exista una efectiva separación entre la Iglesia Católica y Estado? Alguien nos grita: ¡No es la religión, idiota! Es cierto que estas prácticas de exteriorización católica, que a menudo no tienen que ver propiamente con los sentimientos religiosos apuntalan la idea "sociológica" de que España sigue siendo una sociedad católica. Ya hemos visto que de este hecho sociológico se extraen relaciones de "cooperación" de la que la Iglesia Católica saca buenas ventajas, como es bien sabido. Hacen seguramente bien. ¿Quién de buena gana renuncia a sus privilegios? Pero sería erróneo señalar a la Iglesia como la culpable, cuando no es más que la herramienta. No son ellos los que imponen que sean los legionarios los que saquen en procesión al Cristo yaciente. Si la derecha española de filiación próxima o lejana le interesa apuntalar la simbología católica, incluso más allá de las supuestas tradiciones no es por lo que tiene de católica sino, de nacional-católica.

  El infame general Franco que como señala Paul Preston apenas había dado señales de interés por la religión en su etapa africana, comprendió la importancia de la religión católica como legitimadora del régimen nacido del golpe de estado contra la república. La religión se convirtió en piedra angular de su nuevo régimen totalitario junto con un nuevo nacionalismo español, de corte autoritario y centralista, que acabó patrimonializando y bastardeando la historia y los símbolos españoles. Una ponzoña que sufrimos incluso en democracia. 

  Es este modo de entender España, una idea patrimonial en la que unos cuantos tenían las riendas del poder estatal y económico, el que ha sobrevivido y prosperado en democracia llegando a nuestros días y que reacciona cuando se siente amenazado, ya sea por las tendencias anticentralistas, como los que piden una sociedad más plural, igualitaria y laica. No es por Cristo por quien ponen la bandera a media asta. Nos la acercan bien porque aún creen que tras el escudo (que no está en la Constitución Española) se oculta un pájaro de mal agüero que aún vuela sobre el valle del pasado.

El humor está aquí, en alguna parte
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