16 octubre 2009

Falsos viajes: Lalibela II


 
 
A los escritores de viajes les gusta encabezar sus crónicas diciendo: “escribo estas líneas desde…”, es un recurso que prepara al lector para adentrarse tanto en la belleza del lugar en cuestión como en la suerte del viajero de marras. Y por supuesto, siempre escriben esas líneas desde sitios idílicos. ¡Venga hombre! Ni en la playa donde se contempla una puesta de sol maravillosa, ni en la mezquita, ni en el acantilado al que te abismas hay mesa para apoyar el folio ni mucho menos un ordenador, y no están los tiempos para que te entre arena a tu “computer” o te lo coma un calamar gigante. Yo que soy no soy más que un falso viajero soy más sincero que los de verdad. Confieso que escribo estas líneas desde el váter.

De hecho El váter en Lalibela. Quizá el único de la ciudad. Los demás son modestos agujeros. He sobrevivido a todo tipo de comidas y me ha tenido que dejar fuera de combate los pretenciosos canelones del no menos pretencioso Milton de Addis Abeba.

Gracias a no poder dormir me presento el primero en la zona del monasterio. El sol empieza tímidamente a salir en lontananza. En la inmensidad de África sólo estoy yo y una niña que acarrea un haz de leña, que luego resulta ser una prostituta madurita y luego una ladrona que está robando a la pareja vasca ante mi pasividad. Me entero que no abren el monasterio hasta las ocho, así que me apoyo en una piedra y me echo un sueñecito. Me despiertan mi grupo de españoles y otro de franceses que llegaron el día anterior. En total somos cuarenta y dos turistas y un viajero (yo).

Lalibela —pese a ser patrimonio de la humanidad como el palmeral de Elche (Alicante. Spain)— es más hermoso, mágico y sobrecogedor de lo que me había imaginado. Mucho más interesante que la Luna, debo de consignar, aunque las comparaciones son y serán siempre como las almorranas, odiosas. La llamada ciudad monástica es un disparate extraordinario. Las guías dicen que está excavada en la roca rojiza como de neón de prostíbulo del lugar, pero sería más adecuado señalar que crearon un enorme socavón en el suelo y una vez allí fundaron una ciudad que es un laberinto de piedra mágico. Llegaron al fin del mundo y no contentos con eso se metieron bajo tierra para edificar un prodigio de las que se conservan once iglesias y el espacio monástico. Ni siquiera se sabe bien cuando fueron construidas. El dato oficial es que la mayoría de las iglesias fueron construidas sobre el año 1200, pero un investigador americano (siempre hay uno incordiando) asegura que podían tener quinientos años menos. Su origen tampoco está totalmente esclarecido. Descartada la socorrida intervención de los extraterrestres, a los que los occidentales solemos recurrir escépticos de que negros, indios y en general no blancos puedan erigir tales proezas sin colaboración alienígena, la versión más aceptada es que fueron egipcios cristianos coptos los que la edificaron. Lo que sí se sabe es el primer occidental que llegó al lugar, en el siglo XVI, el padre Francisco Alvares, compatriota de CR9 (ex CR7) quién apuntó en su diario: “no quiero escribir más acerca de estas obras, porque temo que si escribo más nadie me va a creer y lo que escribí dará a más de uno para llamarme mentiroso”.
A mí que no soy un más que un señor gordo y falso viajero, se me puede llamar mentiroso sin remilgos, y suscribo lo dicho por el cura portugués y lo amplío en lo que sea menester.
 

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