09 noviembre 2009

Falsos viajes: Barcelona 2050 (III)

Tratando de digerir las noticias políticas del futuro, me voy caminando en dirección de las Ramblas. Me sorprendo que la Barcelona del año 2050 se parezca tanto a la ciudad que conocía en la época actual. Quizá el software de las pastillas del futuro no estén tan desarrolladas, pero nada de naves espaciales, en vez de eso hay bicicletas, o unos ingenios parecidos a bicicletas, pero de tres ruedas y con un pequeño motor que parece eléctrico. En cuanto a la ropa nada de brillos metálicos y cascos, más bien un estilismo que recuerda a la de los años setenta del siglo XX, pelos desaliñados y pantalones de campana. Todo patéticamente cotidiano. No obstante, el cambio climático, que en mi época pre-pastilla, gente como Aznar todavía ponía en duda, compruebo que un hecho. Estoy en mitad de noviembre y estamos a más de treinta grados de temperatura. Observo ahora si que la gente está embadurnada de protector solar, y que no dejan de ponérselo en todo momento. Pregunto a una señora que camina por la zona, si es normal que haga este calor en la ciudad en esta época del año. Me contesta, muy educadamente, que lo que no va a ser normal es el cáncer de piel que me va a salir si no me pongo crema y sigo tan colorado. Cierto que no está la pareja de vascos, pero como si estuvieran.


Chino chano llego hasta la Pedrera, el emblemático edificio de Gaudí. Le comento espontáneamente a una viandante morena, minifaldera y de semblante sonriente que me alegro que no la hayan tirado, o peor aún, que los japoneses no la hayan comprado y trasladado a Tokio. Como era de esperar, me observa como a un perturbado. El edificio, eso sí, por una lona transparente en mitad del cual está pintada una enorme calabaza de Halloween adornada con el eslogan ¡Més que un equip, més que un tubércul! Ahora recuerdo que se trata del equipo de béisbol al que los barceloneses rinden pleitesía.

En cambio El Mercat de La Boquería me deja un mal sabor de boca. Sigue en el mismo sitio de las Ramblas, pero no tiene nada que ver. El pescado ha desaparecido. No del mercado, sino que ha desaparecido en su versión salvaje. La batalla piratas atuneros la ganaron éstos últimos, que acabaron primero con el atún y luego con todo bicho que nadara o buceara y que fuera susceptible de ser comido. El pescado de piscifactoría existe, es malo, caro y cancerígeno.

Pienso que me he equivocado eligiendo viajar al futuro a la plácida y reespañolizada Barcelona. Tenía que haber elegido quizá la salvaje Alicante, definitivamente sin su castillo, y cubierta de suciedad y de excrementos de perro como si fuera la Ciudade de Dios de la película de Fernando Meirelles, o incluso algo más violento; Torrevieja 2040; donde sólo sobrevive el más fuerte.

Me siento cansado, y de repente, me topo en la zona del puerto, ahora llena de carteles que anuncian la muerte por tóxicos para el infeliz que caiga al agua, y allí el concierto de Bosé, Ana Belén y Víctor. En otras circunstancias sería mi último plan, pero, la curiosidad en la versión lo peor de mí mismo, y el recuerdo de que era gratis, me hace entrar. Parece que he cogido el final del concierto. Los tres artistas están cogidos de la mano y sonriendo extasiados, mientras entonan eso de “abre la muralla…” En el futuro los ancianos músicos no actúan más tarde de las ocho de la tarde, y no como nuestro contemporáneo Leonard Cohen. Para ser sinceros se conservan bastante bien. Bosé es tres veces el Bosé de mis días, y podía escribir el blog del señor super gordo. Ana Belén en cambio está mucho mas delgada y arrugada, salvo en la talla del sostén, y Víctor Manuel tiene el mismo aspecto. De repente todo me da mucha pereza, y observo que no sé como puedo volver de este viaje a un futuro tan falso como el futuro en sí. ¿Se irán por si solos los efectos de la pastilla? ¿Debo ir a buscar algún teléfono en un rincón polvoriento de la ciudad? ¿Puedo volver ya a casa?

No hay comentarios:

Publicar un comentario

¡Gracias por tu comentario!