01 noviembre 2010

Presunción de inocencia




  Érase que se era un honrado ciudadano de lo ciudad de A. Desayunó uno de esos cereales que te dan ganas de hacer el amor con tu mujer. Sin embargo, y como suele decirse ahora, parece que le debieron hacer “reacción”. Sin saber muy bien por qué, se dirigió a su trabajo empuñando un cuchillo jamonero con el que hirió a tres personas: un señor de mediana edad que leía el “Marca”, una estudiante universitaria que repasaba sus apuntes en la parada del autobús y un señor uniformado que regulaba el tráfico en un cruce. Una vez en su trabajo se dirigió al despacho de su jefe y allí abrió la caja fuerte a la que tenía acceso por ser su persona de confianza y se apropió del dinero que estaba guardado, aproximadamente unos 400.000 euros. Entró una página de Internet y se compró un billete de avión con destino a Trinidad y Tobago, un país del que no sabía nada, pero que siempre había querido conocer por su extravagante nombre. Sin embargo, le entraron serias dudas sobre si su patrimonio recién adquirido le daría una vida confortable. Así que decidió llamar a un par de empresas, para vender información urbanística a la que había tenido acceso a través de su hermano que era el alcalde de la localidad. Las empresas se mostraron primero sorprendidas y luego encantadas, prometiendo que le ingresaría una jugosa cifra en una cuenta en Barbados. Una vez en la calle, no encontró un taxi, y pensó que en todo caso no era prudente que nadie le identificara saliendo del edificio, por lo que decidió robar un Audi A-3 haciendo un puente, tal y como le había enseñado un cuñado mecánico en una cena familiar. Consiguió llegar al aeropuerto y cuando estaba a punto de embarcar, un buen puñado de agentes de la policía le cercó con la intención inequívoca de detenerle. Aún tuvo tiempo de tomar como escudo humano a un turista finlandés al que amenazó poniéndole supuestamente una pistola en el pecho. Al poco tiempo vio que su iniciativa no tendría éxito y se entregó a la policía. Le llevaron a Comisaría donde pidió un abogado, llegando al poco tiempo un letrado del Turno de Oficio de mediana edad, aire asustado y un lamparón en la corbata. Cuando se entrevistó con él, se quejó amargamente. “Me han tratado como a un delincuente, pero soy inocente hasta que no se demuestre lo contrario ¿no?” Así es, dijo el letrado, satisfecho de poder hacerse el erudito, le ampara la presunción de inocencia.

  La presunción de inocencia es una importante conquista de derechos procesales y penales. Significa básicamente que a nadie se le puede imponer una pena sin antes haberse demostrado su culpabilidad en un juicio con todas las garantías. Pero no significa que hasta que se dicte sentencia nada haya sucedido.

  La estudiante que esperaba el autobús tuvo que ser operada y no pudo hacer el examen en junio. La empresa tuvo dificultades para realizar pagos a proveedores porque el seguro dijo que no le cubría la contingencia. El dueño del A-3 recuperó parte de su dinero, pero no pudo arreglar el coche averiado. Por último, el hermano funcionario fue postergado a funciones más rutinarias y menos importantes. El ciudadano de A. está a la espera de juicio. El letrado del turno que parecía un poco embobado parece haber espabilado y cree poder demostrar que los sanos cereales estaban envenenados… Al cabo de unos meses pudo salir de la cárcel en la que estaba en prisión provisional. Sin embargo en su trabajo le hicieron entender que no era prudente reincorporarse. Su mujer también creyó prudente no dejarle solo con los niños ni a su alcance el dinero ni las tarjetas de crédito. Era mejor no pasarse por el barrio de la chica violada, le aconsejó la policía, y tampoco cerca de la comisaría donde prestaba servicio el policía herido.

  Por las mismas fechas a este acontecimiento, en la vecina ciudad de AL, la Alcaldesa prevaricaba, un empresario sobornaba, un buen puñado de funcionarios se dejaba sobornar, algunos empleados del empresario amenazaban, un hermano del político cobraba de fondos públicos por informes que no hacía o vendía información privilegiada a otros empresarios. A ellos también les esperó la policía. “Nos están tratando como delincuentes, clamaron, somos inocentes hasta que no se demostrara lo contrario". Un grupo de letrados de un bufete de campanillas se reunieron con sus clientes. No intentarían probar su inocencia, dijeron hablando hacia sus corbatas de seda, lograremos que el proceso se anule por el defecto procesal X e Y. Mientras tanto harían creer a todos que nada había sucedido, y todo debía continuar igual.



2 comentarios:

  1. La presunción de inocencia no debería de existir cuando los hechos están demostrados de antemano. Nadie tiene derecho de quitar la vida a otro ser y cuando no hay dudas no hay presunto sino autor de los hechos.
    Saludos

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  2. Por supuesto que la presunción de inocencia ha de existir siempre. Como criminóloga, aseguro que hay casos que finalmente se voltean, ¿y cómo reparar el daño que se puede llegar a hacer? Dolores Vázquez es el perfecto caso.

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