19 febrero 2014

Falsos viajes: Fiesta del pijama en Andorra

—Nos vamos a Andorra, ¿vale?.
—No me gusta Andorra. No me gusta el frío. Preferiría no tener que ir.
—Vamos a ver... ¡Basta ya! Basta de agresiones a los alicantinos y alicantinas, te vienes a Andorra. Basta ya del odio socialista a la capital de la Costa Blanca. Zapatero/Fabra muérete.
—Pero es que yo no soy Zapatero/Fabra, ni socialista, sino nihilista, y además tengo a mi perra Cospe enferma. De Andorra, dicho sea con todos los respetos para su derecho a decidir sobre los precios, solo tengo malos recuerdos. He ido unas veinte veces, diez al menos con el instituto. Ninguno de los aparatos electrónicos que compré allí me han funcionado correctamente. Adquirí una cafetera que solo se encendía cuando la sintonizabas con música de Alejandro Sanz. En otra ocasión, me rompí dos dientes bajando por una pista verde. Aún tengo pesadillas con una cola que sufrí durante dos horas para entrar en un spa...
—Vamos a ver. Los alicantinos y alicantinas no nos merecemos esto. Te vienes a Andorra porque además tienes que llevarnos al hotel cuando estemos de compras. Por eso te contraté, porque eres un abyecto abstemio. Zapatero/Fabra muérete.

  Esa fue la falsa conversación que me llevó a este falso viaje. A la persona que me ordena, por mor de su cargo, a realizar esta expedición, la llamaremos "La Rubia" para preservar su identidad.

  Partimos hacia el país de los Pirineos un día del año de gracia dos mil equis. La ominosa expedición la componían una empleada de La Rubia, a la que para preservar su identidad llamaremos "La gatito", un exitoso empresario de la construcción, al que para preservar su identidad llamaremos "El Galletas" y un grupo variopinto de personas de nombres y sexos distintos al que para preservar su identidad llamaremos "Clan de la Ciénaga".

  Camino a las montañas, mi ánimo no podía ser más aciago. Presumía un larguísimo fin de semana de compras sin sentido, bromas salaces, humillaciones soterradas, frío intenso y cazuelas de caracoles. La Rubia tenía un humor de perros. La Gatito se mostraba abatida. Solo Galletas parecía disfrutar del viaje. Mientras, El "Clan de la Ciénaga" se reveló durante el viaje como un grupillo más grosero y libertino que la corte de Jabba el Hutt. Yo, por mi parte, trataba de pasar desapercibido y hacer los recados con la mayor diligencia posible para evitar represalias.

  El primer día en Andorra se desarrolló según lo previsto. Mientras La Rubia, Galletas y Clan de la Ciénaga comían en un restaurante de lujo, Gatito y yo nos hicimos un bocadillo en un veinticuatro horas. Yo casi prefería pasar frío y dedicarme a mendigar un cigarrillo a los turistas antes que cenar con los demás, pero La Gatito estaba francamente afectada. En un momento dado me preguntó, —¿Tú crees que hay vida extraterrestre?—. Le dije que lo ignoraba, pero que estaba seguro que el método pilates funcionaba. Entonces se echó a llorar.

  Pero el destino nos reservaba un revés que no entraba en ninguno de mis más pesimistas planes. Tras la cena, que para los demás fue opípara y para Gatito y yo consistió en una cazuela de caracoles, un miembro del Clan de la Ciénaga propuso hacer una "fiesta del pijama" en Hotel. Al punto, todos los expedicionarios se mostraron entusiasmados con la idea. Hasta Gatito sonrió y La Rubia se olvidó por una vez del ser llamado Zapatero/Fabra. Al momento ordenaron traer una bodega a la habitación. Recordé a la Rubia mi condición de abyecto abstemio y lo inútil de mi presencia en la fiesta. —¿Quién entonces va a reponer las bebidas y fregar los vómitos, Zapatero/Fabra?

  Pero lo peor llegó poco antes del comienzo de la kermesse. Estaba mandando un whatsapp de despedida a mis amigos íntimos cuando un miembro del Clan de la Ciénaga me mandó llamar. —La Rubia quiere verte ya. Dice también que cada vez le pareces más antialicantino y socialista—. Raudo acudí a su encuentro. La hallé sumida en lágrimas, no de tristeza, sino de rabia.

Parece que no hay fiesta. Galletas no tiene pijama. Dice que siempre duerme en bolas, incluso en las noches del más crudo invierno. No podemos dejarle el tuyo, porque lo he visto y además de tener una talla XXL como el gordo cabrón que eres, está lleno de remiendos que avergonzarían a un pordiosero. Te encomiendo la misión de buscarle un disfraz y convencerle para que se lo ponga. El futuro de nuestra ciudad está en tus sucias manos. No confío en ti, pero es lo que hay. Ya me dirás—.

  De camino robé una rebeca de mujer, unas gafas de esquiar y cogí mi lencería favorita, esa que guardo por si alguna vez suena la flauta, y un gorro azul de natación azul recuerdo de Archena y me encaminé a la habitación del Galletas. Lo hallé taciturno. Estaba en el borde de la cama, vestido de esmoquin. —¿Crees que puedo ir de esta guisa a una fiesta del pijama? Seré el hazmerreir de la fiesta e ignoraran que soy un exitoso empresario de la construcción, un trifásico  insaciable. Pero no me he traído pijama y mi mundo se derrumba: muchos lo pagaran caro—. (Un trueno horrendo sonó en las montañas).

Creo que tengo la solución, si usted me lo permite y pidiendo perdón por mi osadía. Soy un simple lacayo, pero creo que tengo la solución. Extendí las prendas sobre la cama. Puede que no sea un pijama, pero es cien veces más divertido, a la par que sexy. El traje de baño aporta sensualidad, las gafas distinción, el gorro protección, la rebeca estilo.

  Ya se disponía a mentarme a la parte más sagrada de mi familia cuando, en un rasgo de genio que me es totalmente impropio, fruto sin duda del pánico, le añadí que el disfraz causaba furor en las fiestas del pijama de Nueva York, Nueva Zelanda y Nueva Delhi. Galletas a fin de cuentas es un hombre práctico, así que aún escéptico, me dio la oportunidad. Se puso el atuendo y pareció algo más convencido. Le rogué que saliera al pasillo y que pusiera cara del Señor Burns de los Simpson. Le hice una foto, y al momento soltó una carcajada.

—Me voy a la fiesta. ¿Como te suelen llamar?
—Le dije que a veces idiota, otras abyecto abstemio.
—Para mi nunca serás abyecto, sino un sólo un idiota abstemio. Me dio las gracias acompañada de una cariñosa colleja y tomó la puerta mientras  y se encaminó vestido  de esa guisa a la fiesta mientras tarareaba "paquito el chocolatero" y acomodaba las criadillas.

El relato de la misma es otra historia, que quizá merezca ser contada en otra ocasión.



El humor está aquí, en alguna parte
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1 comentario:

  1. Me gustó el relato, aunque solo agarré la idea de Zapatero. No soy español y creo que me salí mucho del contexto. Aún así se comprende que al narrador lo tratan como porquería por ser diferente de sus compañeros, y que no gusta de Andorra por la posición política recalcada por La Rubia.
    Saludos

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