03 marzo 2014

El país en donde a unos, todo les hacía gracia... y a otros nada

  Decía Groucho Marx que es mejor callar y parecer tonto que hablar y despejar las dudas definitivamente. Puede que el mundo se divida entre los que tienen el revólver cargado y los que cavan, pero a veces a mí me da la sensación que este país se divide en dos tipos de personas: a los que todo les hace gracia y los que no le ven la gracia a nada. ¿Simplista? Deme (¡oh lector!) una oportunidad, pero debo recordar una vez más que ni soy profesor universitario ni político ni funcionario, por lo que estoy exento del penoso deber de hacer creer que yo (que escribo) sé más y soy más listo que tú (que lees) por el mero hecho de que yo escribo y tú lees.

  • A los que todo les hace gracia. En muchas ocasiones he tenido la sensación de que no me hacen pizca de gracia cosas que al común de mis semejantes (estaba tentado de decir el vulgo) hacen que se desternillen. No me crucifiquen por petulante. Les relataré una de mis últimas "experiencias", por utilizar un término de moda. Durante una de las más crudas escenas de drogas en la película "El lobo de Wall Street" mis vecinos de butaca se mondaban. Para ciertos espectadores hispanocatalanes pareciera que da igual que lo que vean sea Hamlet o un filme sobre el genocidio de Ruanda; todo se ve como una comedia a la española. Comedia costumbrista a lo Aida o Torrente, que pueden seguirse con dos neuronas y aún sobra una para hurgarse la nariz. Gente normal, ya saben. Pero no se les ocurre tardar más de un segundo en arrancar en un semáforo.

  •  A los que nada les hace gracia. Ya saben, no se puede frivolizar. Sólo risas inteligentes, lo otro sería bajar del púlpito. Pero ojo, nada de bromas respecto a mujeres (sería machista), minorías (racista), hechos históricos (sería banalizar), situación económica (de nuevo sería banalidad), animales (¿por qué te empeñas en seguir banalizando?).

  El reciente caso del falso documental de Évole ha sido un caso paradigmático de santa indignación. ¡Hasta Alfonso Guerra le ha comparado con Goebbels (otra vez la inevitable comparación con los nazis). No es de extrañar que sea fundamentalmente gente que profesa ideas progresistas. Ellos creen en algo. Por alguna razón se creen en posesión de la verdad, el santo grial y el santo corazón puro de la justicia. Ni que decir tiene que eso les lleva a estar parte del día justamente indignados, beatíficamente enfurruñados con el mundo. De hecho, harían la revolución si no hubieran quedado para cenar con unos tipos del departamento de Derecho Internacional Público. 

  ¿Dónde está la gracia? Leo esto y parece que estoy ordenando de lo que la gente debe reirse y de lo que no. ¿Acaso me creo Mariola Urrea? ¿Debe la gente reírse de lo que yo escribo? Ojalá. El gran humorista Cansado recordó el otro día que hasta el más sesudo analista o tertuliano, en el fondo se muere de ganas por hacer un buen chiste. Yo también. Mi caso es tan desesperado que me da igual que se rían de mi que conmigo (total no me iba a enterar). Sólo sigo unas líneas rojas (siguiendo otro de los términos ridículos de moda). Las diré en otra ocasión. Me las guardo para cuando me levante con el síndrome de Almudena Grandes.

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2 comentarios:

  1. Buen artículo, están los que no se pueden reír ni de sí mismos, los progres a los que les sienta mal que se hagan gracietas porque acaparan el campo del humor y todo lo que no sea humor de izquierdas es una basura y los que para mi son los peores, los progres-cortesanos, esos que fingen un documental para reírse de sus correligionarios y de paso hacer un gran favor a su Señor, es decir, los que quieren ser nuevos bufones reales, que ni siquiera tienen el valor de decir la verdad a la cara como los del siglo XVII, que tienen que mentir para reírse de la peña, de su peña y, ya de paso, ridiculizar a todos los quieren hacer periodismo de investigación. Y luego creen ser como Carl Bernstein y Bob Woodward, los que destapan los desmanes del poder. Acojonantemente divertido, ¿no?.

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