06 marzo 2014

Mapas

  Decían del que parecía sempiterno ministro de exteriores de la URSS, Andrei Gromyko, que se quedaba durante horas en su despacho mirando mapas. Imagino su cabeza de zorro diplomático dándole vueltas a las fronteras, las cordilleras, los ríos, las instalaciones militares, los principales poblaciones. Estudiando la geografía del enemigo: aquí la isla de Cuba, aquí Miami...

  Cuando yo era un niño era una especie de repelente pequeño "Gromykente". Me pasaba las horas mirando mapas. Con menos de diez años me sabía todas las capitales y principales ciudades de todos los países del mundo (y ese estado de cosas siguió hasta el final de la guerra fría y la aparición de países tan desconcertantes como Tayikistán). En el autobús del colegio, camino a casa, solía jugar con mis compañeros a un trivial geográfico. Yo les hacía preguntas tipo: cual es la capital de Mongolia o qué países recorría el río Amazonas. 
  Me gustaban tanto los mapas que mi madre me permitió colgar por toda la casa mapas de los cinco continentes, que en una cara eran líricos y en la otra físicos. Cuando gané un premio por no sé qué tonta redacción escolar sobre la Virgen María o el miércoles de ceniza, me compré un atlas. Esos mapas están todavía enganchados a mi disco duro a través de algún secreto puerto USB. Francia será siempre un país pintado de amarillo y la URSS era naranja. Al contrario de Gromyko, solo pensaba en viajar a sitios con nombres tan extravagantes como Trinidad y Tobago. Ahora me conformaría con visitar algún día Roma o Berlín.

  No contento con ello, arranqué de un globo del mundo los países e inventé un nuevo mundo con países de fantasía. El país del cual era yo nacional (y creo recordar que también primer ministro) era una inmensa isla situada en el hemisferio norte, más o menos en el lugar que le corresponde a España y Francia. Tenía dos capitales. Una estaba dedicada enteramente a una Universidad. En la otra se fabricaban las cosas más extravagantes. Recuerdo (pero no lo diré) perfectamente el nombre de esos países de fantasía, las capitales y algunas de sus guerras… porque aquel mundo tampoco era idílico, solo diferente.

  Los mapas son aún una valiosa fuente de conocimiento y también un arma de manipulación o de desintoxicación informativa, según se vea. La proyección Peters cambió nuestra visión del mundo. Sospechosamente los países del norte estaban agigantados y los países del sur convenientemente enanizados. Ya de pequeño no me cuadraban las dimensiones cartografiadas de España  respecto a la de Gran Bretaña, que es dos quintas partes inferior. Sin embargo la primera vez que vi la Proyección Peters, tuve un sensación de disgusto, como quien te cambia las cosas de sitio de tu lugar de trabajo sin avisarte. ¡Qué diminuta era Escandinavia! Estados Unidos ya no parecía un gigante. Sudamérica reivindicaba en el mapa el honor de ser llamada América sin más, con mucho mayor motivo que los vecinos del norte, que se habían apropiado del nombre. Pero sin duda, la gran diferencia era África. Enorme de norte a sur, de este a oeste.

  Resulta difícil de creer que la inexactitud del Mapa Mundi que todos tenemos en mente con la mucho más exacta de Peters, derive solamente de una incorrección técnica y no de una manera de mirar el mundo. Los cartógrafos italianos dibujaban una península itálica gigante y allí donde no abarcaba su conocimiento geográfico trazaban la figura de un dragón.

  Veo al Ministro del Interior español hacer fotos con su móvil a las vallas criminales de Ceuta y Melilla. Le recomendaría echar un vistazo a los mapas. Que vea la inmensidad del sur. En la extensión de Africa cabe la superficie de Estados Unidos, Europa Occidental, la India y China, como me recordaba el mapa enviado por un amigo esta semana. Que lea los mapas en los que se dibujan las diferencias de renta. Los mapas demográficos. Los mapas de la contaminación. Aquellos que quieren poner fronteras que visiten los mapas históricos y que reflexionen sobre cada vez que la frontera iba más allá o más acá de cierto río o cordillera.

  A los poderosos solo les gustan los mapas que ellos pueden dibujar, no sobre países imaginarios, sea mi lejano mapa mundi o la cartografía de Tolkien, sino sobre la tierra real y a veces quemada. ¿Odia el poder que se sepa geografía? Los nacionalistas catalanes ignoran Zaragoza hasta en sus mapas del tiempo. El desconocimiento de los estadounidenses sobre la más elemental geografía es legendaria, pero ¿cuántos españoles sabrían colocar adecuadamente Angola o El Salvador en un mapa?

  De camino a Pekín durante los Juegos Olímpicos, el anterior ministro de exteriores español, Miguel Ángel Moratinos, confesó que había hecho escala en una ciudad que no conocía: Ufa. Le guardo desde entonces eterno rencor. Era, cuando era niño, una de mis ciudades predilectas. Cuando las horas volaban al mirar mapas y trazar viajes.




El humor está aquí, en alguna parte
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5 comentarios:

  1. Me gustó mucho lo que dices, nos parecemos bastante más de lo imaginable ;) Con respecto a la valla y los que se dejan la vida en ello, es hora de empezar a ver que quieren entrar en Europa, que España es un accidente geográfico o político, Ceuta y Melilla están en Africa y son españolas, una de esas cosas que en mi cabeza sudamericana y tercermundista no acaba de entrar.

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    1. Están en África, en efecto, pero son españolas porque así lo quieren sus habitantes. Cuando quieran ser otra cosa, otra cosa serán. ¿Le cabe ahora en su cabeza?

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  2. Hombre, yo tampoco había oído hablar de la ciudad de Ufa, igual que Moratinos, y eso que soy muy aficionado a la Geografía desde niño. Gracias a usted, ahora sé que es la capital de la república de Bashkortostán, en Rusia.

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    1. Siento parecer petulante. Desde un punto de vista racional, debo admitir que no conocer Ufa, no puede considerarse peor que vender preferentes a jubilados. Claro que usted, supongo, no ha sido ministro de Asuntos Exteriores. supongo. ¿La capital de dónde ha dicho?

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