29 abril 2014

Cuatro papas y un funeral

  Cualquier manual de antropología destaca la importancia del culto a los muertos en el proceso de civilización de la especie humana. Leo por ejemplo un trabajo del arqueólogo Juan Francisco Gijaba Bao sobre los enterramientos neolíticos en el noroeste de la península ibérica, que son tan abundantes que puede hablarse de una "cultura de enterramiento de fosa". De modo que la cultura se definía por la forma de despedir a los difuntos.

  En cambio, el lugar que ocupan los muertos en la sociedad digital no es tan relevante como lo fue antaño. Basta con dar un vistazo a esos asépticos establecimientos llamados "tanatorios" para darse cuenta de que la muerte es un engorroso inconveniente —que debe ser despachado con solvencia y a ser posible prontitud—  para los que quedan vivos  y coleando y con facturas que pagar. Ni rastro de las plañideras ni del luto riguroso que se guardaba en los pueblos de España en el pasado. No me pongo nostálgico en absoluto por la pérdida de esas tradiciones.

  El luto se ha trasladado a las celebridades. Ellos conservan el privilegio de las despedidas solemnes y espectaculares a los difuntos sin que parezcan impostadas o ridículas. A fin de cuentas la sociedad de la información y de los medios de comunicación de masas hacen que para nosotros sea más cercano cualquier celebridad a la que no hemos visto nunca en persona que gente a la que conocemos y con la que nos cruzamos todas las semanas. 

   En el funeral de las celebridades aún se puede desplegar sin pudor el luto (en su versión moderna, corbatas oscuras para ellos, gafas de sol que ocultan las lágrimas y una noche en vela para ellas), las pompas, los lamentos y de música de fondo. El ya inevitable "El cant dels ocells" que en España viene a ser a los funerales lo que "We are the champions" de Queen a las celebraciones deportivas.

  Este fin de semana la Iglesia Católica ha decidido proclamar santo a Juan XXIII y Juan Pablo II en presencia de dos papas más, que en su momento, supongo, también serán santos. Francisco y Benedicto XVI. La crónica de TVE, la televisión pública española, es un todo un canto a la paciencia de los peregrinos, a su ardorosa fe. El enviado especial, especialmente arrobado, nos destaca que la reina Sofía ha acudido con mantilla y vestida de blanco, usando la prerrogativa de "las reinas católicas" a vestir de ese color. En las imágenes veo detrás de los reyes de España a Ruiz Gallardón, emocionado, como un chiquillo en su primera comunión.

  En la emisora de radio oficialmente "progresista", se atreven a preguntarse sobre el coste de la ceremonia, que no ha sido facilitado por el Vaticano. El teólogo progresista de turno (uno de los dos) nos informa que la canonización es, en su opinión, una maniobra política. Se sube a los altares a quien Francisco quería (Juan XIII) pero se concede a los conservadores la canonización del papa polaco mucho más tradicionalista. Versión vaticana del "ni pa ti ni pa mi", podíamos resumir.

  Mientras, suena el Cant dels Ocells en memoria de Tito Vilanova. Observo por televisión la ceremonia funeraria que han inventado en Barcelona. Han colocado una enorme foto de Vilanova. Las autoridades deportivas y políticas del país se colocan delante de su retrato y quedan unos segundos ¿orando? Luego van a un atril y dicen unas palabras. Durante la noche los aficionados (que son debidamente apartados cada vez que llega un "vip") han construido un altar pagano en el estadio a base de flores y velas. Seguidores de otros equipos guardan cola para rendir tributo al caudillo rival muerto. "En esto no hay colores" proclaman entre sollozos. La muerte del general crea una tregua.  Los dos papas necesitan una comisión trabajo durante años para acreditar la realización de milagros, requisito imprescindible para subir a los altares. En el caso de Vilanova no ha hecho falta. "Ganó la liga de los cien puntos". El milagro es obvio y su canonización inmediata.


  Dos días después muere Vujadin Boskov, célebre entrenador de fútbol. Pero era viejo, y la muerte de los viejos, debemos admitirlo, salvo que sean papas o premios Nobel, no despierta la misma consternación ni perplejidad. ¿Qué sería de nuestro culto a la muerte si no existiera el deporte, con sus héroes, colores y estandartes? ¿Qué sería del cant del ocells? ¿Acaso muchos recordarían que se vio a Pau Casals solo, tocándola frente a al tumba de Machado en Colliure, poco después de la muerte del poeta? Quizá.
 
  Ese domingo juega el FC Barcelona en Villareal. De nuevo se abrazan y escuchan respetuosamente el "Cant dels ocells". Los comentaristas deportivos señalan que Vilanova "desde arriba" está mirando el partido y alguno se atreve a asegurar su participación en la remontada. Algún jugador echa una lágrima, y todos coinciden en que han sido "héroes" al jugar en estas circunstancias. Otro jugador vuelve a llorar en el césped, y esa debía ser la noticia del partido y sin embargo...

  Sin embargo, durante el partido, un aficionado lanza un plátano a Dani Alves, lo que se interpreta como una agresión racista y éste, audazmente, se lo come. Al instante, en la sociedad de la anécdota acaba de crearse una campaña global contra el racismo. Las imágenes las recogen las televisiones de medio mundo y hasta el Secretario General de la ONU se pronuncia al respecto. Recién acabado el partido, Neymar graba un video comiéndose un plátano en solidaridad con Alves, y también algunos presentadores de televisión y famosos engullen la fruta públicamente para mostrar su apoyo a la causa. Dos días después los medios ya no mencionan a Vilanova ni a Juan Pablo II ni a Juan XXIII. Los aficionados ya casi no depositan flores en el Camp Nou. Pero todos comentan la campaña "antirracista" del plátano.
 
 La vida continúa. ¡y a qué velocidad!
 

 
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3 comentarios:

  1. Muy buen retrato del "imperio de lo efímero" del que hablaba Lipovetsky...

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  2. Gracias por tu comentario. Es lo que pretendía expresar. Un abrazo.

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  3. Buenísimo, qué razón tienes. Estamos siendo manipulados y guiados para que ciertas cosas nos den o no nos den pena, alegría, admiración etc según unos quieran. La información es tan chabacana a veces que uno no sabe dónd emirar ni qué decir. Los periódicos hablan de lo que les da la gana y luego sacan pecho el día del periodista por todos aquellos que van a conflictos, pero la verdad es que en el día a día nos hablan de pamplinas.

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