23 julio 2014

Noches de verano

  El verano es mi estación favorita, no por lo que haga sino por lo que se supone que podría hacer. Diría incluso que por lo que los demás hacen. Se puede decir que es un sentimiento opuesto al de la envidia. Por mi piel entran lejanos y desconocidos aires de barbacoas, baños en playas de arena blanca y mar azul, parejas que se abrazan entre las olas. No es que piense que la gente hace ese tipo de cosas, ni sé en concreto de nadie que se abrace entre las olas y mucho menos que haga el amor, lo cual debe ser más difícil si uno quiere colocarse un condón. Es que "noto" que ese tipo de cosas sucede y, vicariamente, diría un psicólogo, las disfruto.

  Quizá el verano me fascine porque es la estación del año que materializa el cielo y el infierno. El negro y el blanco del damero del templo. Pasé hace unos años un verano trabajando más de diez horas diarias. Estaba empleado en una administración de fincas. De mi experiencia me quedó una mala imagen de la condición humana en general (que por suerte he ido perdiendo) y de los españoles en particular. Iba a las asambleas y veía que gente aparentemente normal, era incapaz de razonar con un mínimo de coherencia. Por supuesto ninguna asamblea de propietarios seguía las más elementales normas de procedimiento, tales como no hablar en exceso, dejar hablar a los demás, seguir el punto del orden del día etc... 

  De camino a una de esas infernales, al tiempo que surrealistas, juntas de propietarios, bordeamos una piscina llena de niños chapoteantes, hombres ocultando barriga y señoras sedientas que sorbían limonada. "El verano es para esto" — dijo mi jefe mientras señalaba con el meñique a los bañistas—,y más grabado se me ha quedado esta afirmación que ninguna lección impartida en centro publico, privado o concertado al que haya acudido.

  Mi madre tenía un apartamento en la playa. Allí pasábamos los veranos, mis veranos de niño con las rodillas siempre llenas de mercromina. Lo disfruté bien poco, puesto que los idílicos veranos se transformaron en infiernos en el piso de Alicante. Pero se necesitaba el dinero del alquiler para vivir y la palabra veraneo quedó enterrada en el lugar de los sueños imposibles, almacenada junto a otras tan deliciosas como ya inalcanzables: bicicleta, sardinas, olas, sombrilla, sendero, horchata... 

  Antes de que todo eso se perdiera, el último verano, el mismo en que murió Elvis, debió mi madre mandarme a comprar el periódico, tarea que me encantaba pues me permitía galopar en mi bici Orbea, cuadro rojo, ruedas blancas. "Orbea que siempre se mea", decían los de la pandilla, por un desagradable incidente. ¡Envidiosos! En la portada del diario de aquel día había unas fotos horribles que miré con curiosidad. Eran fotos de cosas con formas de personas. De hecho eran personas y se leía en el titular una horrenda palabra que yo desconocía: "carbonizados". El periódico daba cuenta del terrible accidente en el camping de "Los Alfaques". De nuevo otra lección en el verano se exacerban los placeres y las tragedias. O al menos así lo parece.

Yo me tomo un helado y en Gaza mueren los niños bajo las bombas. ¿Es el mismo verano? ¿Es el mismo mundo?


  Elige una carta. ¿Oro o bastos? A mi siempre me gustaron más los bastos. Me encantan las cartas pero detesto los juegos, salvo si es verano y estoy en una casa concreta, al lado de una balsa,  cerca del ruido de los grillos. Si escoges ésta verás pasar a una chica con la falda por encima de las rodillas (o aun hipster guapo y bronceado) que quizá te bese. Si escoges otra un tipo se volverá loco en un bar y te lanzará una jarra, te darás un golpe en cabeza, o una ola tratará de llevarte con los peces. Las noches de verano parecen hechas para el amor, como en la Dolce Vita, pero estadísticamente lo que producen son sobre todo insomnios. 

  Ya saben que todos los años me gusta felicitarles el verano, no sé bien por qué. Será porque mi misión en esta vida es recuperar los veranos que perdí. Es verdad que por esta época digo siempre las mismas cosas y cada vez las digo peor... seguramente. Pero las palabras no cambian los veranos. Lo cambia la edad, que los hace más cortos.

He leído que los familiares y supervivientes de la tragedia aún vuelven en verano al camping Los Alfaques. El verano es también para regresar y las noches para soñar que se regresa.

 Felices noches de verano, llenas de olas, libros, besos y granizados.



El humor está aquí, en alguna parte
Síguenos en Facebook y Twitter

9 comentarios:

  1. "Yo me tomo un helado y en Gaza mueren los niños bajo las bombas. ¿Es el mismo verano? ¿Es el mismo mundo?"

    Da que pensar, la verdad.

    Un saludo

    ResponderEliminar
  2. Los veranos son helados de limón con arena y mosquitos. Nostálgicos para los que no tenemos besos. Suerte para ti. Y terribles como éste, donde la arena se mezcla con sangre e ira. La vida se arranca de cuajo como quien coge higos del árbol. Y tú escribes, yo leo, todos queremos hacer algo que no está a nuestro alcance. Y todo pasará y será demasiado tarde, así que acabaremos las noches de playa y volveremos a lo gris, y nunca ha pasado nada. Gracias, me gustó. El cielo y el infierno están en cualquier elección, cierto.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias por tu comentario. Creo que nuestros veranos se parecen.

      Eliminar
  3. El mundo siempre es el mismo, según Danielevski en su libro, es una casa de hojas antes de que sople el viento. Entonces también caían bombas.
    Le saludo a mi vez el verano porque sus veranos se parecen a los míos, esos ripios infantiles de "Orbea que siempre se mea" son el humor que nos queda en el recuerdo. Siempre es lo mismo pero a la vez nos parece un poco diferente.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias por tu comentario, me da que pensar. ¿También tú tenías una Orbea?

      Eliminar
  4. Algo bueno te tenía que quedar de esa fatídica Administración de Fincas que tantos quebraderos de cabeza nos dejó. Y por otro lado, los veranos de niños, son los mejores, los que más se disfrutan.

    ResponderEliminar
  5. Precisamente este verano en la playa, la misma en la que paso mis vacaciones desde que era niña, contemplaba el paisaje familiar a mi alrededor y me daba cuenta de que ya nada es lo mismo que antaño. Aunque pocas cosas han cambiado en ese entorno, los ojos con que lo miro y mi corazón ya no son los mismos. Será la edad, como tú dices.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias por tus comentarios, como siempre. Dan que pensar. Un abrazo.

      Eliminar

¡Gracias por tu comentario!