04 agosto 2014

Irónicos

  Podemos decir que la ironía es como una parrillada de sardinas. Según en qué ambiente puede resultar conveniente, cuando no directamente "boho-chic". Dirán que es natural, delicioso y una buena manera de consumir pescado azul. Pero en otras ocasiones las quejas serán agrias. Clamarán que trata un avituallamiento barato, basto, indigesto y que tiende a apestar a comedores y comensales.

  La ironía gozaba de buena prensa, como patrimonio de espíritus sutiles y particularmente inteligentes, que prefieren decir las verdades (con o sin barquero) por medio de finas e ingeniosas frases. Cuántas veces no hemos escuchado en obituarios y libros de texto que cierto prohombre de la patria era buen conversador, poseía una cultura enciclopédica y poseía una sentido de humor sutil no exento de ironía.

  Sin embargo la ironía se popularizó y nada que entre en el patrimonio de la masa puede tener valor. Para ser irónico hay que tener ciertos méritos, además, porque la ironía quizá guste al público pero rara vez es apreciada por la persona a quien se dirige. Ser un muerto de hambre e irónico puede resultar completamente incompatible, porque entre otras cosas, si lo eres, nadie pensará que eres capaz de serlo. ¿Cuántas cosas he dicho irónicamente y me las han tomado en serio, incluido el decir que hice diez horas de cola para conseguir una entrada para un concierto de Rosana? Además el paisanaje comienza a tener la piel muy fina, y hay que andarse con pies de plomo.  

  No puede negarse que la ironía no sólo puede ser irritante sino que a veces genera confusión. Eso sin añadir que muchas personas que practican la ironía no saben exactamente lo que es: "figura retórica que consiste en dar a entender lo contrario de lo que se expresa". Por ejemplo: "Quiero ametrallar a Bisbal", difícilmente puede entenderse como ironía. Pero si digo que me gusta tanto Bisbal que pondría su música hasta en la fiesta de cumpleaños de Netanyahu (quizá) sí. O quizá no.

  No hace mucho tiempo un amigo me señaló que la ironía, con la que supuestamente me sirvo para hacerme el gracioso en este blog, a la par que mandar un mensaje interesante, no se entendía. En realidad, tuvo la delicadeza de decirme que "la gente" no lo entendía, porque no podían mirarme a la cara mientras leían lo que escribía. Por tanto se lo tomaban al pie de la letra. Por tanto me recomendó llenar este vacío interpretativo con el uso de "emoticonos". ¿Adivinan qué clase de "emoticono" se me quedó?

  Lo que sé la de la ironía no se lo debo al Colegio de Abogados, sino a un puñado de novelistas británicos, y eso que los británicos que he conocido en mi vida no destacaban precisamente por su ironía. En cambio la tradición literaria y cultural española está más arraigada en el sarcasmo. Presento como prueba documental número uno al tribunal, el esperpento de Valle-Inclán, los personajes caricaturizados del cine de Berlanga o de Buñuel, las hirientes críticas sociales de Larra e incluso de Cervantes (¡cráneos privilegiados!). En las comedias de enredo de Lope, los criados y otros personajes inferiores tiraban de sarcasmo y no de ironía. Adulaban a sus amos pero los despellejaban en privado

Debo acabar sin duda con una ironía esta atrevida disertación:

 "Señor Gordo, qué bien escribe". Fin de la cita.



El humor está aquí, en alguna parte
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2 comentarios:

  1. La ironía requiere inteligencia porque se ha de descubrir dónde se va en serio y dónde no. Tal vez por eso prefiero la literatura british a la española(si bien ocasionalmente hay que saltarse los autoprejuicios y no caer en el esnobismo que aquí también hay literatura buena, especialmente toda esa que imita a la british).
    Lo de la gente que le toma a uno en serio las ironías parece más extendido de lo que pensaba. A mí me las toman en serio incluso viéndome los carrillos inflados y como apunto de soltar la carcajada.

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