11 septiembre 2014

Botín. Una pérdida irreparable, ¿de la que nos alegramos?

  Es ya canónica la distinción entre la opinión publicada y la opinión pública. 

  Algún listo/a ya se dio cuenta un día al levantarse, después de engullir un par de tostadas rancias, que lo que reflejan los medios de comunicación no se corresponde exactamente con lo que piensan los ciudadanos, "la gente de la calle", "las personas de a pie" o simplemente "la chusma". A veces la diferencia entre una y otra es tan abismal que refleja la realidad. Los que mandan son de Marte, de Venus, de Saturno y tienen alquilada, comprada o en "leasing" toda la galaxia, mientras el resto vivimos apiñados en un asteroide de mala muerte que cualquier día se dará de bruces contra otro asteroide con nombre de matrícula de coche argelina o contra un coche de la Guardia Civil.

  Me explico. Mientras todos los medios serios glosaban la figura del banquero desaparecido por culpa de un infarto, de populista y antisistema, "la gente" lo veía de otra manera. Unos hablan del gran banquero que convirtió el Banco de Santander en el más importante de España y uno de los más grandes de Europa y del mundo, mientras sus pares, ensalzaban su talento para los negocios, su sabiduría financiera, su patriotismo (paseaba la marca España como quien pasea un pastor alsaciano), su compromiso con la economía... Incluso un redactor más entusiasta de lo necesario habló en una cadena nacional (perdón estatal) de televisión de su labor de "mecenazgo" en la Fórmula Uno.

  Pero no parece ser la opinión de la gente. ¿Cómo sé yo lo que piensa la gente? ¿Es que soy una agencia demoscópica con patas y lorzas? No lo soy, pero tengo, como todos, un whatsapp muy activo y que no ha parado de vomitar chistes sobre el gran banquero. Destaco por ingenioso uno. ¿Sabes que Botín ha dejado el Santander por la Caixa (caja en valenciano)? Otros hablaban de que era ya el más rico del cementerio o de que por primera vez no llegaba "a fin de mes". Tampoco faltaban los tipos serios que recordaban los desahucios y la nula sensibilidad mostrada al parecer por el banquero ante los que los sufrían. Sus asuntos judiciales, resueltos en parte favorablemente gracias a la aplicación de nuevos criterios conocidos desde entonces como "la doctrina Botín".

  A esto añado que no veo que la gente tenga ganas de ponerse un crespón negro, más bien al contrario. La figura del banquero en la cultura cristiana no deja de ser antropológicamente antipática. Hay algo siniestro en el prestamista. Los antiguos cristianos prohibían la usura. Los banqueros judíos, con menos ataduras, dominaban las finanzas, y los reyes españoles, como otros soberanos, encontraban la manera de saldar sus deudas por el método de deshacerse del acreedor. La crisis de los desahucios no ha hecho más que remover este poso atávico y cargarlo de razón. En España hasta los empleados de las sucursales bancarias te confiesan a los diez minutos de charla que trabajan para  un "chupasangres".

  En resumen, mientras unos decían lo que quien paga quiere oír gracias a las nuevas tecnologías, el pueblo celebraba un akelarre, que tiene mucho de ajuste de cuentas con el poderoso, y todo gracias a la plaza de pueblo de las nuevas tecnologías. El desahuciado aún puede, desde debajo de su puente y desde la habitación de la abuela que le da cobijo, contemplar la luna llena de esta noche, cosa que el banquero no. Ya lo decía Jorge Manrique.

  No soy nada aficionado a festejar los fallecimientos de las personas a las que justamente o no, detesto. En parte por pudor, en parte por pura superstición. Creo que no está bien, y que además da mala suerte. No llego al extremo de aquella amiga que confesó (pese a reconocer lo deleznable del personaje), que le dio pena la muerte de Sadam Hussein... Parecía un abuelito, me dijo. Seguramente hay momentos más elegantes para hablar mal (si procede) de los difuntos, que cuando acaban de ingresar en el Master Business and Administration de la Parca. Pero comprendo a los oprimidos, que se hallan ayunos de alivios, y buscan en el mal del opresor el lenitivo de sus penas.

A fin de cuentas, la muerte no hace mejores ni peores a las personas, sólo los hace muertos.





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