15 septiembre 2014

Rosebud

  Quizá mi vocación no es ser capitán de Copa Davis, como siempre he pensado. Quizá mi vocación es ser redactor de necrológicas, por mi irrefrenable deseo de escribir sobre fallecimientos. En cierta película el periodista interpretado por Wallace Shawn (el inolvidable Vizzini de "La Princesa Prometida") no paraba de redactar la reseña que se publicaría tras su muerte para que no la hicieran "esos idiotas de necrológicas".

  El caso es que después de un magnate ha venido otro que se ha sumado al Máster and Business Administration de La Parca. Repito el chiste del "post" anterior porque creo que había sido injustamente no reconocido. Y de nuevo, con algo más de hartazgo, quizá se ha repetido la rueda de panegíricos y también los artículos que recordaban (¡ay!) ciertos detalles laborales de El Corte Inglés que hacen que el resultado del juicio final del finado sea tan incierto como el de los ERE de Andalucía. 

  Sin duda los magnates dan mucho juego periodístico, literario y de fabulación en general. En Ciudadano Kane, un periodista va reconstruyendo la asombrosa y sórdida historia personal del magnate tratando de darle un sentido a sus últimas palabras. Charles Foster Kane lo tuvo todo y lo perdió todo, dice melodramáticamente uno de los personajes. El amo del mundo era al final un viejo chiflado al que no tomaba en serio ni el mayordomo. Sin embargo su historia está más allá de sus miserias y sus extravagancias. Podría decirse que grandes logros llevan aparejadas grandes miserias.

  La razón por la que nos gustan tanto las historias de magnates y grandes personajes en general, con sus traiciones, invenciones geniales, crímenes, amantes e historias de audacia, es porque amplían las historias de los que somos seres corrientes. Convierte lo microscópico en elefantes de Botswana. ¿Quien no tiene una traición? ¿Quién no engañó? ¿Quién no tiene un hecho heroico en su currículum? No hace falta salvar a una dama de las aguas heladas del Atlántico. Puede ser incluso algo tan banal como ir a apoyar a cierto equipo todos los días a la grada, lloviera o hiciera calor... mientras además sacaba adelante a sus hijos o cuidada a su madre enferma. Puede que no despidiera a los empleados por el mero hecho de tener una relación, pero tan mezquino quizá no sea perdonar a aquel que se fue, y ya no hubo tiempo.

  Comoquiera que nadie va  a utilizar las redes sociales para ponernos verdes ni la Cadena Ser va  a utilizar una hora en glosar nuestra figura, ¿por qué no hacerlo nosotros mismos? No hay que dejar el trabajo a esos idiotas de necrológicas. No me cabe duda que hasta los más abyectos tienen su Rosebud. Si lo tienen ellos, con más razón lo tiene usted, que no tiene nada de abyecto y sí el buen gusto de leer este blog. ¿Cual es su Rosebud? ¿Qué es lo que en realidad guarda en su corazón? Ni se le ocurra decirlo.




El humor está aquí, en alguna parte
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2 comentarios:

  1. Me resulta complicada la metáfora del Rosebud. No sé si la entiendo muy bien. ¿Es lo que añoramos o lo que desterramos en su día? O ambas cosas? O es la línea que separa lo que fuimos de lo que somos? Esa línea en mi caso es tan grande como la falla de san Andrés. De cualquier manera, buen post.

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  2. Muchas gracias. Siguiendo con tu metáfora, en las fallas se juntan las placas, y entonces produce un terremoto. De modo que no estás tan lejos de lo que crees.

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