08 octubre 2014

13 Rue del Percebe. Esquina Calle Ébola

  Me pregunta el mismo amigo americano —sí, el mismo que fue tachado de invento de mi podrida imaginación o peor aún, de algún tipo de demencia—, cómo es posible que una sanitaria se contagie de ébola en un país desarrollado como España.

  Antes de entrar en materia tengo que poner en antecedentes antropológicos y culturales a mi amigo yanqui. Para ello me valgo del siguiente material didáctico: historieta de Mortadelo y Filemón, vídeo de una rueda de prensa de Ana Mato con subtítulos en inglés (que le resulta igualmente incomprensible), carta abierta de un sanitario de la Comunidad de Madrid, e historieta de Trece Rue del Percebe

  Compruebo que dicho material le causa estupor e insiste en que no aclara nada su pregunta. Dice que trato de "escaquearme" (palabra que ha aprendido y que repite con frecuencia). Aprovecho ese "imput" lingüístico como gancho y le pido que se centre en Trece Rue del Percebe. Para los menores de 35 años quizá conviene recordar que era uno de los tebeos más populares de los sesenta, setenta y ochenta del pasado siglo. Nada de ñoñerías como Gerónimo Stilton.

  Trece Rue del Percebe, creado por el genial Ibáñez (si hubiera justicia le hubieran dado el Nobel) instruía bien a los infantes de la fauna que se iban a encontrar en sus vidas de adultos. El impenitente deudor del ático que se dedica a burlar a los acreedores. El ladrón del piso tercero es un chapuzas que igual roba una vaca que una tapa de alcantarilla. Una rata fuma un cigarrillo sentada en la acera.

No es que todos los personajes sean surrealistas, es que van a la suya, todos en su mundo y en sus disparatadas preocupaciones.

  Cuando uno recapacita en lo que ha sucedido con el caso de ébola que ha afectado a la auxiliar de clínica española, es imposible no pensar en las lecturas juveniles de Rue del Percebe. No es sólo que los trajes de protección fueran cutres, que los sanitarios encargados tuvieran una charlita de media hora como todo entrenamiento, que la afectada fuera tres veces al centro de salud y que no considerara importante mencionar a su médico que había tratado un enfermo de ébola. No es sólo que el técnico en  prevención de riesgos laborales llamara a una ambulancia normal, que siguió haciendo luego sus labores como si tal cosa. No es sólo que no se le hizo ninguna vigilancia a la enfermera. No es sólo eso. No es chapuza, es algo más profundo. Nadie se dio cuenta de lo obvio porque nadie está a lo que está.

  En catalán/valenciano (espero recuperar algún lector independentista con la cita) hay una expresión muy usada que es "anem per feina". Literalmente sería "vamos por trabajo", pero significa una actitud de determinación y de poner los cinco sentidos en el trabajo que se va a hacer. En un hermoso documental sobre los últimos días de Bette Davis titulado "El último adiós de Bette Davis", realizado por Pedro González Bermúdez, emitido por el canal TCM y en el que se narran los últimos días de la vida de la actriz en San Sebastian, donde el festival la homenajeó, su secretaria explica de donde sacó fuerzas y entereza la artista, ya gravemente enferma, para recoger el Premio Donostia. "Tenía un trabajo que hacer", y lo iba a hacer.

  Es cierto que en un país hedonista como España, donde más de cinco millones de personas no tiene empleo, pero más del noventa por ciento de la población se declara satisfecha con su vida, ha calado la filosofía de "mi vida no es el trabajo". Los empresarios buitre, las condiciones abusivas, el empleo no reconocido y mal pagado, han hecho el resto. Pero que el trabajo no sea la vida no significa que el trabajo no sea parte de la vida, y que hacerlo bien debe de ser una satisfacción en sí misma.

  Prefiero pensar que toda esta cadena de errores (en la que no incluyo a nuestra surrealista ministra,  y el resto de los delincuentes encargados de desmantelar la sanidad pública, que son caso aparte) no  se debe sólo a la chapuza o a que estamos en manos de lobotomizados. Es más bien el estado de dispersión general lo que hace que la gente no se dé cuenta de lo obvio, incluso cuando es vital. Que la preocupación nacional (al menos mediática) sea si se sacrifica a Excalibur, el perrito de la sanitaria enferma, no hace más que acreditar, en mi humilde opinión, esta dispersión.


El veterinario del primer piso de la Rue arreglaba la cornamenta de un toro poniéndole un casco de vikingo.  







El humor está aquí, en alguna parte
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4 comentarios:

  1. antoniofernandez858 de octubre de 2014, 22:52

    La auxiliar de enfermería contagiada por ébola recibe suero de Paciencia. La sangre de Paciencia no llegó para el misionero,. La mujer que España no quiso rescatar cuando fue a por el religioso Miguel Pajares, !! gobierno de hipócritas!!!

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  2. Sí está a lo que está: llenarse los bolsillos a nuestra costa.

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  3. Ya te digo. Esto ha sido Pepe Gotera y Otilio, el ébola a domicilio.

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