11 octubre 2014

El legado de Excalibur (el perro, no la espada)

  El perro de Teresa Romero, la auxiliar de enfermería que contrajo el ébola, Excalibur, ha dado en cuatro días más que hablar de lo que muchos lo haremos el resto de nuestra vida. Habida cuenta de cómo ha terminado, no le arriendo la ganancia. Es bien sabido que se ordenó (y finalmente se ejecutó) su sacrificio por razones sanitarias. 

  El asunto tiene derivadas interesantes. Para unos puede ser algo simplemente anecdótico. Para los animalistas el asunto de Excalibur les ha dado carta de naturaleza en España. Es cierto que los movimientos en favor de los derechos de los animales se centraban fundamentalmente en los festejos taurinos y las protestas en las expresiones más crudas de las mismas, corridas, encierros y como estrella, el famoso "Toro de la Vega". 

  El asunto del can Excalibur, muestra en el espejo de los medios y las redes sociales que los animalistas tienen muchos simpatizantes en España. El PACMA, (Partido animalista) logró en las pasadas elecciones europeas más de 370.000 votos. Teniendo en cuenta que sus líderes no salen en ninguna televisión, es una cifra nada despreciable. PACMA ha organizado este mismo sábado concentraciones en apoyo a Teresa y Excalibur.

  No debe de extrañar. El trato a los animales y sus derechos, con o sin comillas, es una de las consecuencias del proceso de urbanización y tecnificación de las sociedades. En el mundo rural el animal es apreciado por lo que puede proporcionar: carne, caza, vestido, trabajo, protección etc. Alimentar a un animal que no sirve es absurdo y el dominio de la naturaleza se simboliza a través del sometimiento, no pocas veces brutal, de los animales. 

  Paradójicamente los animalistas tienen una concepción urbana de la naturaleza que se enfrenta al mundo rural. Un mundo rural que ya no existe, por supuesto. El enfrentamiento violento de los partidarios del Toro de La Vega y los detractores del "festejo" representa el choque entre estas dos culturas. El granjero o el ganadero no piensan que sus ovejas son sus hijos pequeños, como muchos con sus perros, ni les cuentan sus problemas, ni básicamente los personifican como si fueran personajes de Disney. Antes se decía de nuestros perros que sólo les faltaba hablar. Ahora no necesitan hablar para saber que nos entienden y que si quisieran podrían dirigir Bankia con más eficacia que los humanos, y desde luego con más honradez. Eso si hablamos de perros y gatos, pero no debemos perder de vista que sabemos que un cerdo puede ser tan listo o más que ellos. 

  El enfrentamiento entre las dos culturas, rural y urbana, está sobre todo en la imaginación de sus participantes más que en la realidad. Los partidarios del Toro de la Vega se ven a sí mismos como garantes de una tradición centenaria que insisten en revivir como Drácula, en un mundo que ya no es como el que ellos viven. Mantienen una tradición como si el Cid fuera a pasar de un momento a otro por el pueblo. Pero hace años que Tordesillas tiene autopista, wifi y kebabs.

  Asumiendo que los animalistas son los "buenos" de la historia y que acabarán triunfando, pues no hacen más que ganar batallas desde que en 1975 Peter Singer escribiera "Liberación Animal". El animalismo está bien, pero qué hay del humanismo, dicen los aguafiestas. Era cuestión de tiempo que alguien clamara: "lo del perro está bien, ¿pero es que nadie se preocupa de los niños que mueren en Africa de Ébola? ¿Es que es más importante un perro?". Cómo irrita ese argumento. Siempre hay alguien que dice que "otra cosa" es más importante y, a veces, incluso tienen razón.

*Historia del león Cecil.




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