10 diciembre 2014

Dioses y directores

  ¿Por qué las comparaciones son odiosas? 

  Eso se sabe cuando te comparan y no cuando comparas. Comparar es a veces inevitable, sea odioso o glorioso. Tienes una experiencia y de repente repites otra que te recuerda pero que no es lo mismo. No es lo mismo Exodus que Ben-Hur, ni siquiera Rey de Reyes

No es lo mismo este Ridley Scott que aquel Ridley Scott.

  Los aficionados recalcitrantes al cine tenemos varios pecados. El más notorio es el voyerismo. Otro es el de recordar frases de películas que ocupan en nuestro disco duro cerebral el espacio de informaciones más útiles, como por ejemplo, la alineación del Sevilla FC o dónde es más barato y fácil pasar la ITV del coche. Eso significa que tienes memoria.

  De acuerdo con el cardiólogo y sabio Valentín Fuster, se necesitan tres cosas para ser feliz: salud, una economía saneada y una adecuada falta de memoria. Los cinéfilos son seres en general relativamente infelices. Quizá porque si fuéramos del todo felices no dedicaríamos gran parte de nuestra vida a ver historias inventadas. Pero sobre todo porque padecemos una memoria cinematográfica desproporcionada. Una memoria que cambia de textura. Es rocosa donde habitan las filias y las fobias. Gaseosa cuando busca imágenes nuevas, un diálogo chispeante o melosa ya se sabe cuándo.

  Por tanto en eso radica la diferencia entre los aficionados empecinados y el resto. Los segundos llegan, ven y olvidan; mientras que los primeros llegan, ven, rara vez vencen y recuerdan. Le dan vueltas a las imágenes, las discuten y a veces, las regurgitan. 

  Por eso cuando uno acomoda las posaderas en la butaca soportando un coro de palomiteros para ver la última cinta de Ridley Scott, Exodus, inevitablemente te va a llevar a las memorias enfermas de celuloide las andanzas sutilmente gays de Ben-Hur y Mesala, la mirada cárnica de Victor Mature. Sabiendo que es de Ridley Scott vas a recordar sobre todo Blade Runner y Alien

  Y es cuando empiezas a comparar. 

  A Moisés caminando entre las aguas como quien va a pedir un café en Starbucks, con Charlton Heston apartando con solemnidad un mar Rojo de cartón piedra. Al Ramsés mascador de chicle de Exodus con el solemne Faraón Yul Brynner, que rugía "así lo digo, y así se cumpla". Las pústulas cutres de los egipcios malditos con la ferocidad del Alien

  Quizá sean otros tiempos. No tendría sentido imitar al ex presidente de la Asociación Nacional del Rifle en el año 2014. Pero el filme de Scott tampoco lo es. Si lo fuera, hubiera sido más respetuoso con la tradición africana del Antiguo Egipto. La comunidad negra se indigna de nuevo con razón al ver estos falsos faraones de ojos azules, salidos del KFC. En cuanto a los guiños al presente, no seré yo quien lo califique de "basura sionista", como he leído, pero sí harta el más de lo mismo de los hijos del Mossad. 

  Como los mirones obstinados de películas tenemos, para lo que nos interesa, memoria de elefante, volveré a ver las películas de Scott, como las de Allen y tantos otros. Es posible que la cinta acabe siendo como las siete plagas de Egipto. Si un dios malencarado nos las manda, lo aguantaremos con la fe que nos da Ra. A fin de cuentas, los grandes directores son los grandes directores y los egipcios eran, si no los buenos, los más interesantes.




El humor está aquí, en alguna parte
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2 comentarios:

  1. Como cinéfila que soy me ha encantado este post, me he sentido identificada con muchas de las cosas que dices y me ha hecho reir mucho. La foto de los protagonistas de Ben Hur es de lo más original. Gracias.

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