02 enero 2015

A por las uvas

  Érase una vez un lugar muy lejano llamado España donde solo había una televisión. Los habitantes de ese remoto país celebraban el fin de año viendo por la tele las campanadas que anunciaban el año nuevo. Al ritmo de doce campanadas, los aborígenes del lugar ingerían a toda prisa doce uvas llamadas "de la suerte", aunque nadie sabía a ciencia cierta qué suerte traían. 

  En una de aquellas retransmisiones, una locutora de apellido Naranjo se equivocó. Confundió las campanadas propiamente dichas (a cuyo toque deben engullirse los granos de uva) con "los cuartos", otra suerte de campanadas, pero más rítmicas y sincopadas. La consecuencia fue que medio país se equivocó comiendo las uvas. Unos las terminaron antes de empezar a sonar las campanadas. Otros esperaron demasiado y nunca las comieron. El resultado ya es conocido. Casi veinticinco años de catástrofes: Rajoy, Zapatero, Bustamante, Operación Triunfo, los tatuajes masivos entre la población, la moda del "running", ya antes de pilates, Pérez Reverte, Leo DiCaprio gordo pero Kate Winslet flaca y lo último, el diario El País convertido en el nuevo ABC. 

  Cuando parecía que había síntomas de que el conjuro maligno iba despareciendo (los propietarios de los perros mayoritariamente recogen las cacas y toda la población está de acuerdo en que José Ignacio Wert es idiota), incluso cuando parecía que el hobbit de la coleta traería la paz a la Tierra Media, los orcos han vuelto meter a meter las pezuñas en nuestras uvas.

  Canal Sur, una televisión del sur de Mordor, ha dejado a Naranjo en aprendiz de bruja. Ha mutilado las sagradas campanadas por obra y gracia de una publicidad mal medida y mal ensartada. El año andaluz comenzó en la campanada "2" y se cercenó dramáticamente en la campanada "10". ¿El fin del mundo? No creo que tengamos derecho a ser tan optimistas: antes del fin siempre viene la destrucción en sus más diversas formas. 

  Analicemos los hechos desde el comienzo de los tiempos, es decir, desde que los aborígenes zampan uvas como rito iniciático colectivo. Advierto. Prescindan como fuente de la Wikipedia y de su vil insinuación de que se trata de una costumbre francesa importada. La tradición del engullido de la uva se la debemos, por supuesto, a un avispado agricultor de Monóvar (Alicante) que supo aprovechar tradiciones similares anteriores para colocar el excedente de producción del año 1909. 

  La comida no solo es un negocio sino que es una potente arma de control social. No hay más que ver lo que el capitalismo, junto con la falta de una tradición gastronómica propia, ha hecho de los estadounidenses. Les han desterrado de la servilleta y los cubiertos a cambio de enormes cantidades de "eso que comen".

  La tradición de comer las uvas, y las uvas en sí mismas, han dado lugar a muchas expresiones, en general negativas. Cuando un portero de fútbol trata de salir del marco para atrapar un balón sin conseguirlo se dice que "ha ido a por uvas". Cuando va a llegar tarde, como me ha pasado a mí con este "post", se dice que "le van a dar las uvas". La zorra engañó al cuervo con unas uvas y cuando uno tiene mal carácter se dice que tiene "muy mala uva". 

  Es un tratamiento injusto. Las uvas son un placer y nadie tuvo que salir del paraíso por comerlas. Lo que de ellas sobra se puede convertir en mosto y en vino. ¿Será una intoxicación de lo que siempre quieren tocarnos los sajones? Quién sabe en este mundo cruel donde nada es verdad ni es mentira sino, como decía Cassen, todo depende del color del cristal con que se mira. La uva tiene excelentes propiedades. Es antioxidante y de ella se extrae el elixir de los dioses, salvo cuando se envasa en Tetra Brik.

  Comer la uva en nochevieja puede ser algo cultural, y más bien reciente, como ha quedado demostrada en este articulito festivo no exento de cierta erudición. Pero más importante que la cultura es la civilización. Eso nos salva. Podemos tener a Wert. Podemos ser cafres e ignorantes. Podemos ser incluso de Podemos. Pero nunca nos quitarán la sangre romana, judía, fenicia, griega que en cantidades variables circula por nuestras venas. Si uno visita el yacimiento arqueológico de la Illeta del Banyets en El Campello (Alicante) puede comprobar que las preocupaciones de los íberos de entonces no dista tanto de los contemporáneos de la zona: proveerse de buen vino que beber y buen pescado que paladear.

No tenemos que convertir el vino en sangre para beberla. El vino como tal, como diría un catalán, "ya nos está bien".


Salud y buenos alimentos



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