04 febrero 2015

La dichosa gripe

  Durante los últimos días han ocurrido muchas cosas. Cosas importantes. Por ejemplo, en Madrid se juntaron al menos cien mil personas en el acto convocado por Podemos. Horas antes en Tailandia, decenas de militares eran asesinados. El presidente del F.C. Barcelona era imputado por un delito fiscal.  Han ocurrido cosas horribles y alguna otra más esperanzadora que yo no he conocido porque estaba ausente, de visita en otro lugar. Un mundo lento, acuoso, de sonidos reverberados. El país de la Gripe.

Una gripe con todas su letras y sus altos dígitos en el termómetro.

  En los anuncios de antigripales representan al enfermo de gripe como un señor rodeado de parajarillos molestos que revolotean sobre su cabeza o en ocasiones como un buzo. Es curioso que al contrario que los pacientes de otros males como las hemorroides, las pérdidas de orina, y con la obvia excepción de la disfunción eréctil, los griposos suelen ser varones. No me resisto a hacer una concesión populista al ala más feminista de las lectoras, señalando que en mi opinión, eso se debe a que mientras las hemorroides femeninamente se alivian y desaparecen, la gripe, varonilmente "se supera". 

  Pero al griposo no le importan tampoco los aplausos feministas ni los reproches. El enfermo de gripe no es un buzo, es un boxeador en el octavo asalto con muchos golpes encima. Se piensa con dificultad, se tiene frío y apenas se puede mover. Todo lo más la guardia arriba y no dejes de meter un puño de vez en cuando. Es decir: moverse lo menos posible, no dejar de tomar líquidos aunque nada quepa por el gaznate y controlar la temperatura.

  La noche es un territorio hostil para el griposo. Esta vez he tenido la experiencia, nada agradable, pero útil literariamente, de delirar por la fiebre. Pensé que mis comprimidos para cetáceos (como alguien diría) habían mantenido la temperatura en niveles correctos, pero parece ser que no. Durante esa parte de la noche no podía dejar de pensar en términos obsesivos más que con balonmano. En realidad con una única y jamás terminada desagradable jugada de un partido de balonmano.

 La gripe es en general una enfermedad que no reviste gravedad para una persona que no tenga patologías previas. Pese a que las consultas se colapsan de enfermos que no quieren sufrir, normalmente toda prevención será inútil. El griposo tiene que recuperar virtudes quizá perdidas como la paciencia. El virus vivirá alrededor de una semana, saltando de órgano en órgano. Juguetando en el intestino y zascandileando por los pulmones. Tan pesado se pondrá que incluso nos hará pensar que quiere acabar con nosotros, pero tiene la batalla perdida de antemano. 

  Sobrevivir a una enfermedad o convivir con ella es en cierto modo uno de los mayores triunfos que cualquier persona puede alcanzar. No me extraña la euforia de algunos o la serena heroicidad de otros. Es una hazaña superior a subir diez veces una montaña de más de ocho mil o lanzarse desde la estratosfera en paracaídas. Superior y diferente. Dijo Anthony Perkins que había encontrado más humanidad en el mundo del SIDA que la que halló en el cine durante toda su vida. Quién sabe qué quería decir.

  La gripe es una enfermedad para que hablemos los que tenemos la suerte de estar sanos, al menos de momento. Quizá padecer la gripe no sea una experiencia comparable a las mencionadas. Ni siquiera se puede comparar a pasar un verano en un monasterio o hacerse experto en Reiki. La gripe no da ni para un capítulo de un libro de memorias. Quizá incluso no dé para escribir un post en un blog. Pero aunque nunca hemos entrado victoriosos por las calles de Roma, es bueno que alguien, un pequeño y banal bichejo, nos recuerde que somos mortales porque somos humanos. Y porque somos humanos, nos compadecemos del sufrimiento ajeno.

Ya quisieran los dioses.
Que ustedes disfruten con salud.




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