26 febrero 2015

Las reacciones

  Hoy era el segundo día de esa comedia bufa que se llama "Debate del Estado de la Nación". Una comedia que ni siquiera tiene guión original. Pero como decía William Holden en El puente sobre el río Kwai,  "siempre hay que contar con los imponderables". En lo más insulso de la vida sobreviene lo inesperado. A veces, demasiado a menudo en forma de tragedia. Otras veces es simplemente un augurio y, de cuando en cuando, un regalo.

  Hoy ha sucedido en el debate al que aludía. Un parlamentario, citaremos su nombre para la posteridad, Joan Baldoví, estaba recitando su papel cuando de repente le ha sobrevenido una indisposición. Abruptamente ha interrumpido su discurso, mientras apenas sin fuerzas se recostaba en el suelo junto a la tribuna. Si hiciésemos una lectura política a la americana, este incidente habría acabado con su carrera política. Pero esto es España y en España como en Rusia, se puede comparecer débil o borracho, no mengua la popularidad de un político.

  Parece que su señoría se encuentra bien y su vahído ha sido simplemente un susto. Pero me ha interesado, mientras veía el vídeo que será la intervención más seguida del diputado en su vida, la reacción del resto de las personas que se encontraban a su lado. La que estaba más próxima se le acercó y sus brazos laxos la han retratado como una persona falta de energía e iniciativa. Sin embargo, Celia Villalobos, en funciones de presidenta del Congreso, resolutiva, daba instrucciones de primeros auxilios y pedía un médico.

  Las reacciones ante los acontecimientos inesperados nos definen. Sobreviene lo inesperado y no podemos acogernos a nuestras costumbres, a nuestra buena o mala educación, nuestra elocuencia o parquedad. Hay que actuar, y como en las bodas de las películas, hablaremos ahora o callaremos para siempre.

  Hace unos años estando en Madrid, coincidí en un bar con Ricardo Darín. Coincidir no es estar. La única persona célebre que conozco personalmente es mi madre. Estaba en la mesa de al lado, rodeado de chicas en flor que le miraban arreboladas. Para un paleto de provincias como yo la posibilidad de encontrarse a famosos es uno de los encantos de Madrid. De modo que desde la mesa vecina yo también miraba arrebolado a Darín. 

 De repente dio un brinco y en dos zancadas se plantó en la calle, en la puerta del local. Detrás de él el clan femenino y el pesado de la mesa de al lado (también conocido como yo). En la calle un turista guiri yacía en el suelo. Creo que tenía algo de sangre. Le acababan de robar y solo Darín se había dado cuenta, y como el héroe de una de sus películas, había acudido a prestarle asistencia. Tenía su mano sosteniendo su cabeza. El pesado (yo) se hizo un hueco entre las admiradoras y los curiosos, me acuclillé y me ofrecí a hacer algo. Darín me miró pero no me contestó, como justo castigo al paleto de provincias que aprovechaba la ocasión para simpatizar con la celebridad, y siguió a la suya.

  He vuelto a ver el vídeo del desmayo y me he fijado en las reacciones de los diputados, de los periodistas y de los ujieres. Me he fijado en la reacción de Mariano Rajoy, y me ha confirmado su naturaleza. Mientras Villalobos se sentía francamente alarmada y preocupada, al presidente se le ve sentado cómodamente en su escaño. Sin moverse contempla el espectáculo como un impávido coloso. Seguro que le provoca más emoción el sprint de una etapa tediosa del Tour de Francia. No me sorprende la frialdad de Rajoy. No creo que sea una persona de profundos sentimientos. Sin embargo debo añadir, que yo mismo he reaccionado en ocasiones de un modo que me avergüenza.

  Pero debo terminar desconcertando a los lectores y contradiciéndome con todo lo dicho. Contaré otra anécdota, aunque esta vez, obviamente, yo no estaba presente. Corría el año 1977 y un incendio se declaró en la calle Sagasta de Madrid. Un veinteañero entra en el inmueble y salva a varias personas. Esa persona, que mostró su naturaleza en esa heroica reacción, sería años más tarde conocido por su sanguinaria trayectoria criminal. Ese hombre se llama Iñaki de Juana Chaos.



El humor está aquí, en alguna parte
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1 comentario:

  1. Una persona puede ver disfrazada su verdadera naturaleza con una buena dosis de lavado de cerebro, que es lo que les hacen a todos los que entran a formar parte de esos grupos fanáticos. Es como a los perros cuando los entrenan para ser asesinos, su genuina naturaleza, que estaba en otras cosas, se camufla o desaparece con un entrenamiento exhaustivo y sádico.

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