25 mayo 2015

Aburridos pactos

  Empezaremos a lo grande. Grandilocuentes si se quiere. Cuando uno repasa la historia de la humanidad, y yo lo he hecho, aunque me he saltado los capítulos más aburridos, como la revolución Meiji y el nacimiento de Cristo y del Islam, se da cuenta que la tendencia natural de los pueblos, civilizaciones, naciones y de grupos humanos más o menos organizados, ha sido en la mayoría de los casos pasar a cuchillo a sus vecinos y a los vecinos de los vecinos cuando estos son conquistados

  Es cierto también que hay en toda la historia de la humanidad un buen puñado (los conté pero me quedé en el cien) o si se quiere un inmenso puñado de armisticios, pactos y acuerdos entre los que eran enemigos. Pero siguiendo la exhaustiva relación de acontecimientos que estoy realizando, uno podrá convenir que en la mayoría de los casos el acuerdo se alcanzaba cuando una de las partes llegaba al convencimiento de que no podía liquidar a la otra, y a menudo se rompía cuando ese convencimiento desaparecía. 

  La historia de Europa, por poner un ejemplo, es una historia de sucesión de guerras y armisticios, seguidas de guerras, tratados y armisticios. Nos lo recuerdan cada dos por tres los apologistas de la Unión Europea, (una institución que hasta ahora ha tenido la virtud de preservar la paz entre sus miembros) a veces con buena fe, otras para que callemos nuestra deslenguada bocaza cuando desde Bruselas hacen de las suyas. 

  Muchas naciones tienen como memorable momento fundacional una derrota militar, pero ninguna tiene como día de la patria aquel en que se alcanzó un acuerdo con el pérfido reino de X, acuerdo que resultó ser un engaño. Incluso los norteamericanos han hecho un buen número de películas en las que aparece Pearl Harbour, Corea o Vietnam, pero no recuerdo ninguna (por favor que ningún listillo me corrija) sobre cómo Stalin le hizo carreta (expresión que he aprendido esta semana y que castizamente significa engaño o trampa) a un enfermo Roosevelt en Yalta. En realidad no conozco ninguna gloriosa nación cuyo glorioso día nacional sea aquel en que nos tomaron el pelo. Poca épica hay en el pacto y siempre he pensado si en mi despacho en vez de tener el Tratado de Almizra no me hubiera ido mejor una litografía de Lepanto.

  De modo que quizá la virtud de pactar, de encontrar acuerdos, de negociar no desde la prepotencia ni con el ánimo de tomar ventaja sobre quien es más débil, sino con la intención de alcanzar un acuerdo provechoso para todas las partes no es precisamente una tendencia natural de nuestra especie, sino más bien una sofisticación de nuestra razón y más aún de nuestro corazón. En cada acuerdo, además, puede haber agazapado una artimaña que no nos permita volver a casa con la cabeza bien alta, o aún peor, con la cabeza sobre los hombros, como le pasó al gran y valiente Isaac Rabin.

  Las elecciones municipales y autonómicas han dejado un mapa político fragmentado y plural. Para gobernar se necesitarán pactos, acuerdos, transacciones, confianza y lo que pomposamente se llama "altura de miras". Seguramente ninguno de los que sean capaces de alcanzarlos gozará de la melancólica exaltación de los que caen en el campo de batalla. Ya lo dice el Principe Faysal en Lawrence de Arabia . "Las virtudes de la guerra son las virtudes de los jóvenes y las virtudes de la paz, como la de llegar a acuerdos, es la de los viejos". Supongo que algunos viejos no tienen tanto miedo a equivocarse, ya lo hicieron en el pasado.


El humor está aquí, en alguna parte
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