28 mayo 2015

Ganar, a veces

  El comentarista del tenis en Teledeporte, el profesor José Luis Villuendas, de vez en cuando recuerda con su habitual tono animoso, que en el tenis solo gana uno. ¡Por eso es tan dificil! ¿Y los demás? A los demás les toca perder y volver a intentarlo. Perder e intentarlo. Perder e intentarlo. Un excelente jugador que durante toda una década esté entre el número veinte y cien del mundo, puede retirarse con un par de torneos importantes, quizá un par de finales, no más. Lo normal para todos es perder. 

  En la cultura americana la palabra perdedor tiene un sentido altamente peyorativo. Quizá lo peor que se puede decir de una persona, es algo así como arrojar un zapato para los árabes. Más o menos transplantada, aunque en un tiesto estrecho y sin la luz adecuada, también aquí ha hecho fortuna la doctrina de la victoria y sus eslóganes asociados. "Nunca te rindas", "Querer es poder" y recientemente otros un poco más sofisticados tales como "Nunca dejes de perseguir tus sueños" o "Sé la mejor versión de ti mismo" (¿diesel o gasolina?). En resumen, si no se consiguen los objetivos es que no se ha puesto suficiente empeño, entusiasmo, ganas o incluso locas ganas que pongan en juego,la salud, el patrimonio, la familia (bueno la familia no sería para tanto). Sin duda la cultura del deporte/espectáculo sirven tanto para inculcar como para encarnar esa cultura de los héroes a toda costa.

  Pero volvamos al sabio Villuendas. ¡Lo normal es perder! Por eso el tenista fulanito (imaginen al tenista fulanito en la pantalla de su televisor, sudoroso y con los brazos al cielo, las cabeza atrás, los ojos llorosos, la novia -o novio- lloroso también, el entrenador gozoso y el manager haciendo números), está tan emocionado. Porque todos somos perdedores, pero de vez en cuando ganamos. No muchas veces. Perdemos con Iberdrola, con Movistar, con los funcionarios guardianes de las ventanillas. Perdemos con nuestros vecinos, con nuestros compañeros de trabajo, con nuestra familia. Perdemos en el amor o al menos sufrimos derrotas en más de una batalla. Perdemos contra nuestro cuerpo y perdemos a veces contra nuestro espíritu, que cuando nosotros le decimos "a" nos responde con "z". Pero siempre podremos rescatar un puñado de victorias importantes. 

  Lo malo entonces no es perder sino ganar siempre. Lo maligno está en la victoria permanente, no en las derrotas cotidianas. Mientras escribo estas líneas los jugadores del Sevilla FC recorren las calles de la ciudad celebrando el triunfo en la Europa League. Hace catorce años estaba en Segunda División. Su goleador Carlos Bacca hace cinco vendía pescado. Es cierto que el Sevilla se ha acostumbrado a ganar últimamente, pero los aficionados saben que es una época excepcional, gloriosa. ¿Seguirá o nunca volverá? Eso nunca se sabe. Hace veinte años Nayim marcaba un gol imposible que le daba al Real Zaragoza la Recopa de Europa y hasta entonces.

  Sin embargo otros ganarán siempre, y de esos hay que protegerse, puesto que los ganadores toman el triunfo como algo que les pertenece, no como algo conquistado. Los rutinarios festejos de los aficionados del Real Madrid o del FC Barcelona, nada tienen que ver con la alegría desbordante de los sevillistas o incluso con el ascenso a Primera División de un equipo humilde. 

  Pero no es solo que no disfruten de la victoria, es que cuando no la logran la usurpan. El Bayern de Munich en Alemania tiene por costumbre comprar a todas las estrellas de los equipos rivales en la Budesliga, más con el propósito de no tener rivales de entidad, que la de reforzarse. Esperanza Aguirre llegó a la presidencia de la Comunidad de Madrid después de que dos siniestros personajes elegidos en la lista del PSOE decidieran apoyarla. La derecha en España tiene mucho de Real Madrid, de FC Barcelona, de Bayern de Munich. Lo suyo es ganar. Sobre la victoria y el poder creen tener un derecho natural. Privarles del mismo es un error o una perversión que, desde su punto de vista, conviene corregir. 

  Felicidades al Sevilla FC y a todos lo que ganan, a veces. 
Y que la providencia nos libre de los que se creen
con el derecho a tener siempre la razón 
y diabólicamente triunfadores, cueste lo que cueste. 



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