15 junio 2015

Buenos días: soy tu pasado

  En la ciudad helvética de B. vivía el venerable filósofo y filántropo Isaac S. Que la ciudad sea suiza o no, es lo de menos, pero hace la historia más creíble y centroeuropea. Era conocido por todos por su sabiduría, mesura en lo personal y en lo político, por la defensa de la dignidad humana y de la fraternidad. Por eso en la ciudad de B., Isaac era conocido como "el maestro" y no había habitante que no lo considerara una gloria viviente de la ciudad. Había estado casado una vez hacía muchísimos años con una extraordinaria mujer, de belleza sin par, con la que fue muy feliz, pero que desgraciadamente falleció prematuramente víctima de unas fiebres. Desde entonces el maestro Isaac había consagrado su vida al estudio de las más diversas disciplinas y en todas ellas era considerado un sabio. Pero por lo que más destacaban todos los habitantes de B. era su bonhomía y generosidad.

  Cierto día de principios de junio de 18..., después de almorzar, Isaac S. salió a pasear por los prados cercanos a la ciudad de B. Según él mismo había descubierto y comprobado, los largos paseos eran beneficiosos para la digestión, pues activaban la circulación de la sangre y los jugos intestinales. Como persona de costumbres sencillas pero rigurosas, no perdonaba su paseo, lloviere, nevara, hiciera frío o calor. Pero precisamente aquel día de junio de 18... era delicioso. El verano ya llamaba a las puertas, pero aún no apabullaba con su soberbia de matón.

  En un recodo del camino, halló a una persona que le parecía conocida, pero que no era habitante de la ciudad de B. Parecía estar aguardándole y efectivamente fue ponerse a su altura cuando el personaje, rudamente le interpeló. 

- ¿No te acuerdas ya de mí?

- Perdone señor, pero soy mal fisonomista- mintió Isaac para no parecer descortés.

- Yo en cambio te recuerdo bien. Me dijiste que mis ideas eran vulgares. Me dijiste que todo lo que decía era sacado de los libros, pero que no había nada propio. Diste a entender que no era más que un loro bien amaestrado.

- ¡Martín! No lo dije en serio. Siempre me pareciste una persona brillante.

- El mismo. ¿Ya te acuerdas de mí? ¿Sabes que no pude soportarlo y lo dejé todo?

- Pero yo no te robé ninguna idea. Tú las compartías.

- Y tú te aprovechaste de ellas y de mi buena fe.

  Así de desagradable transcurrió la conversación hasta que Isaac por fin pudo despedirse. Desalentado, decidió acortar el camino y dirigirse directamente a casa. Pero en una encrucijada había una mujer. Esta vez sí la reconoció, aunque estaba muy cambiada. Pero eran los mismos ojos entre ingenuos y maliciosos. 

- ¡Cuánto tiempo! No sabía que vivías en B.

- Solo he venido a decirte que me diste falsas esperanzas. Me dijiste que era bonita y divertida. Sin embargo, lo más me dolió fue aquella que me levantaras la voz. Te pusiste a insultarme y decir cosas horribles. 

  Isaac S. recordaba haber discutido con aquella mujer, con la que compartió algo más que caricias. Era joven, después de todo, aunque no soltero. Pero no recordaba que le levantara la voz ni mucho menos que la insultara. La mujer le recordó episodios igualmente horribles, como en una ocasión en la que se mofó de sus pechos pequeños y caídos. No recordaba ni una sola palabra, pero la mujer no parecía mentir. 

  Lo más cortésmente que pudo, se disculpó e interrumpió la conversación, que más era un monólogo de reproches, con la intención de llegar cuanto antes a casa, tomarse una tisana y meterse en la cama. Pero su propósito estaba lejos de cumplirse. Durante todo el camino se encontró con todo tipo de personajes del pasado, todos ellos con asuntos pendientes. Un tendero que aseguró que un día le trató de engañar. Un estudiante con el que no había sido justo y al que le había reprochado su falta de trabajo cuando no había dormido en toda la noche. Un colega de la universidad sobre el que le gustaba hacer bromas sobre su debilidad con los licores. Un vecino al que comparaba con un tábano, varios hombres negros de los que un día pensó que no valían más que para acarrear bultos (aunque sus estudios posteriores habían demostrado su brillantez intelectual) y por último, un sastre que le había hecho un mal traje y al que había llamado, "parásito del telar, y enemigo de la aguja".

  Por eso era ya noche cerrada cuando el venerable maestro Isaac S. llegó a su casa. Reflexionó sobre lo que le había pasado y como persona brillante, sacó sus conclusiones. No recordaba prácticamente nada de las afrentas de las que se le había hecho responsable, pero sin duda las había cometido. Por supuesto, no eran personas de carne y hueso las que había encontrado. Si eran fantasmas o meras alucinaciones producto de una excesiva ingesta de jengibre y ajo, nunca sabría. Pero eso no quería decir que fuera real. En realidad no había hecho nada malo a todas esas personas. Tan solo palabras, algunas sin duda merecidas.

  Fue a su gabinete y se puso a escribir punto por punto su experiencia, sin olvidar ningún detalle, por muy desagradable que fuera. "Esto me pasa porque me queda ya muy poco tiempo" se dijo. Pero, como siempre, no se entristeció y trató de sacar una enseñanza. Se trataba de advertir a las generaciones futuras. Sin duda, un día todo esto será posible. Quizá no sean fantasmas, pero la gente no podrá librarse jamás de lo que dijo, escribió o hizo. Quedará grabado en piedra a la vista de todos y entonces estaremos perdidos

  Entonces se puso a escribir un ensayo sobre la importancia de medir las palabras, sobre el peligro de que las palabras permanecieran para siempre y no siguieran su camino en el tiempo hasta el olvido. Porque algunas sin duda deben permanecer, pero la mayoría son como estrellas fugaces o ventosidades, brillan o irrigan por un segundo, pero luego su rastro desaparece. No obstante, si algún genio maligno, o el exceso de jengibre hiciera que las generaciones futuras recordaran todo lo que se ha dicho, o peor aún, pudieran guardarlo, como creando un libro al instante de cada palabra que se dijera. Entonces sería el caos.

  Salvo que la gente comprendiera que aunque las pudiera recordar, el fin de las palabras era morir en cuanto nacen o a veces incluso antes;  y que tan importante como recordar será olvidar. Pero entonces el sabio se quedó dormido.



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