27 julio 2015

Falsos viajes: Canalla en los festivales de verano

FIB 2015. El penúltimo engaño.


  Me presento en el recinto del FIB, siglas idiotas del Festival Internacional de Benicásim. Aunque llego relativamente pronto el recinto de conciertos bien podría ser el vertedero municipal. Un rapsoda diría que los pijos y las pijas reconvertidas en indies y ahora vueltos a reconvertir en hipsters barbudos son como las margaritas en medio de la basura, pero a mi no me lo parecen. A mi me parecen los mismos cretinos de siempre. En el festival solo tres tipos pasan de cuarenta años: servidor, Julio Ruiz y el tío que dice que se va a Zimbabue a cazar no sé qué león. A la chusma solo le salva que su gusto musical no es malo, y eso en esta época de Izal y compañía no está del todo mal. Pero yo a lo que voy: a la música. O más bien a lo que venía. El cabeza de cartel de este año es Blur, con permiso de Prodigy y Portishead. Decir que están acabados es poco. Su estado es siniestro total pero sin pulpo. Perpetran una versión de "There are too many of us" que haría llorar hasta al "Jocker" de Gottam. Cuando por fin deciden afrontar "Country house" debo abrir bien los ojos para cerciorarme que quien berrea en el escenario no es un gorrino de alguna aldea manchega ni Alejandro Sanz. Suficiente. Suficiente. Suficiente. 


La Mar de Músicas 2015. La penúltima estafa.



  Cuarentones y cincuentones que se resisten a serlo. El público lo componen fundamentalmente los padres de los niñitos del FIB. Por supuesto ya no se lían porros como antes y muchos hasta son altos funcionarios de la administración, no hay más que ver los carros aparcados. Mucho vestido blanco ibicenco y gente con pinta de saber de todo, desde cómo acabar la corrupción a dónde se puede encontrar la mejor pizza margarita de Sicilia; hediondo. Pero yo he venido por la música. En el festival cartagenero siempre han ido de chicos "guays". Todo muy étnico, efluvios de buenrollismo universal a lo Zapatero. Sin comentarios. Pero yo he venido por la música. Este año el festival se dedica a Chile: está claro que edición a edición se van acabando los países exóticos. Temo que sobre el escenario trepe alguien parecido a Pinochet, al hijo de Bachelet o a Arturo Vidal, pero no, es Melissa Aldana, una saxofonista. No se puede decir que toque mal, aunque los he visto mejores en las bandas de mi ciudad. Alterna piezas desconocidas (suyas) con otras famosas (de otros). La sonorización es pésima y escucho más las pipas de mi vecino que a la artista. No digo que ella esté mal, pero su banda muestra somnolencia, como si no hubieran superado el jet lag o el mal de bajura. La gente aplaude cortésmente y a otra cosa. En el parking compruebo que uno de esos tipos elegantes me ha rayado el coche sin dignarse a dejarme el número del seguro.


Festival de Bayreuth. ¿Hasta cuando esta farsa?



  Me planto con la intención de ver la inauguración del festival con Tristán e Isolda. Soy el tipo más joven el local. Me extraña que alguno de los asistentes pueda llegar con vida al final del concierto. Se respira senectud, altivez y dinero por todos sitios. Huele a dólares y Thrombocid. El casting para mi era relativamente desconocido, pero al acabar la representación tengo ganas de conocerlos a todos. Tengo ganas de saber sus direcciones, su filiación completa y ponerles una querella a cada uno de ellos. He aquí la lista de culpables y sus delitos. Stepen Gould (Tristán). Reo de desafine incontrolado con agravante de reincidencia y nocturnidad. Evelyn Herlitzius (Isolda). Reo desafine. Culpable de pólipos en la garganta con agravante de mediocridad y nocturnidad. Thomas Kaiser (vestuario). No creo que haya podido salir de una escuela de moda, si acaso de un frenopático en donde por ideas modernas y delirantes no se medica a los pacientes. ¿Por qué Tristán tiene que ir vestido como Cristiano Ronaldo? Reo de atentado contra el buen gusto teatral con agravante de nocturnidad. Daniel Weber (escenógrafo). Una turba que huye del fuego parece más organizada que los cantantes en escena, agitados en sus movimientos por no se sabe qué caprichosos criterios. ¿Epilepsia? Reo de atentar contra la armonía en el escenario con el agravante de nocturnidad y reo de lesiones (algún cantante tiene al menos moretones de golpearse contra el decorado con toda seguridad). Que se haga justicia. Aunque lo dudo.

Artista callejero desconocido.
Confluencia de Alfonso El Sabio con Calle Castaños (Alicante).



  Camino de la pescadería me topo con este tipo tocando un piano con ruedas. En el momento me quedo extasiado, por fin un bálsamo para mis castigados oídos y no solo por el cloro de la piscina. El desconocido (un tipo más bien entrado en carnes, desaliñado y de aspecto claramente nórdico) aborda con igual coraje y acierto piezas populares como clásicas. Le pido a cambio de una lata de pepinillos, como el oficial nazi de "El pianista", que aborde el nocturno número 20 de Chopin. Me dice que además de la lata, las peticiones se pagan a veinte pavos. No dudo un segundo y se los arrojo en su mugriento sombrero. Al segundo ya está atacando las primeras notas. Sensacional. ¿Por qué nadie se para? ¡Ciudad de gañanes! Les sacas del arroz a banda y nada les conmueve. Mando un whatssapp al concejal de Cultura del ayuntamiento para que le contrate, pero no me responde; debe de estar abriendo una lata de Red Bull. Acaba la pieza. Estoy llorando ¿o es el sudor de estar a cuarenta grados? ¿Cómo te llamas? "Eso vale otros veinte pavos amigo". No los tengo, me he gastado mi presupuesto comiendo salchichas en Alemania. Pues otro día será, colega, otro día, otro día...





El humor está aquí, en alguna parte
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2 comentarios:

  1. Desde la obertura Charagua hasta la proclama universal El derecho de vivir en paz, se fue sucediendo esta obra sinfónica de cincuenta minutos, intercalando temas corales con las interpretaciones de García y todo en cierto tono a nana tal como desprende el apreciable Luchín, invitando a unos cuantos espectadores al abandono de la sala o incluso facilitar echar una cabezadita. Muermo.

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