13 julio 2015

Hacer un Varoufakis

  En una de las recientes campañas de la ONCE (una organización española de ciegos que debe su gran poder económico a los sorteos), se recordaba a los participantes que el premio no era el dinero, sino la libertad. Desde luego el dinero puede proporcionarla, pero se necesita algo.

 Es obvio que uno de los atributos de la libertad es estar donde se quiere. Físicamente desde luego, lo cual solo está al alcance de las clases privilegiadas que pueden desayunar en Londres y cenar en Palma de Mallorca o donde más se les antoje. Pero más importante aún es decidir si permanecer o no en un sitio, en un empleo o  a cargo de una obligación. Paradójicamente, cuanto más pesada e importante es la obligación, parece que es más sencillo abandonarla.

  Si usted trabaja de contable, celador de un hospital, abogado de turno de oficio, cocinero, camarero o socorrista, verá que desprenderse de sus obligaciones no es tarea fácil. Las comandas no saldrán y el restaurante será un caos. Los juzgados se paralizarán, será imposible controlar el acceso al centro sanitario, la comida saldrá quemada, salada y tarde e incluso es posible que algún bañista muera ahogado. Cuanto más bajo se encuentra uno, peor pagado, pero no menos imprescindible.

  En cambio si uno es ministro de Economía del país con la crisis política y económica más importante de Europa, puede hacer un Varoufakis. Decir adiós. Presentarse en la sala de prensa con la camiseta más ajustada del armario y tomar un vuelo a Creta donde espera un yogur griego y un whisky escocés o vino dulce de Alicante. Huelga decir que hacer un Varoufakis no consiste solo en marcharse, sino en hacerlo por la puerta grande. A hombros de los grupies y al aullido de los enemigos. "Ladran, luego cabalgamos". Varoufakis sabe, lo decía Garzón, no el juez, sino el personaje de Alicia Giménez Barlett: "no hay nada peor que seguir conviviendo con un héroe después de perpetrada su heroicidad". Por supuesto uno también puede irse como Wert, para quien es más importante seguir el olor a almizcle que sus pequeñas y mezquinas obligaciones como Ministro de Educación. Pero aquí hablamos de héroes y no de monaguillos petulantes.

  Hay gente que está para las grandes gestas y el resto están para cuadrar balances, arreglar cajones, pasar la mopa, hacer juicios pequeños, ordenar papeles, corregir errores, echar horas en cosas tan ingratas como imprescindibles. Viendo la cara un poco desolada del nuevo ministro de Economía griego, un hombre que se había dejado la nariz entre tablas de excel y documentos con textos áridos como el desierto del Gobi, alguien avispado podría haber predicho lo que ha sucedido. El nuevo venía para trabajar, lo que en el caso de Grecia era para dejarse apalear en el ring haciendo que se aguantaba hasta el décimo asalto y por fin tirar la toalla.

  Ahora publican que Varoufakis tenía un plan que podría haber revertido la situación. Los superhéroes son así: vuelan, son invisibles a placer, conducen coches mágicos y tienen una fuerza sobrehumana. Sonríen en situaciones en la que el resto de los mortales nos echaríamos a llorar, y seguiríamos así durante al menos un año si un psiquiatra no lo remediara. Ellos están hechos para eso. El resto estamos para el trabajo, que hacemos muchas veces de modo deficiente, con carencias, con limitaciones y no pocas veces llenos de dudas y temores. No somos ni la mitad de carismáticos, ni listos ni simpáticos. Aunque nuestra labor termine bien, nadie nos dará una botella de champán y una corona de laurel, y sin embargo si ellos se van no pasa nada. Pero si usted o yo nos vamos, la tierra deja de girar, o eso nos hacen creer, hasta que todos hagamos un Varoufakis. Entonces veremos.





El humor está aquí, en alguna parte
Síguenos en Facebook y Twitter.

1 comentario:

  1. si un cocinero, camarero o socorrista hace un varoufakis, en cero coma hay otro contratado (hoy en día incluso antes, con la lista de paro interminable que soportamos)

    ResponderEliminar

¡Gracias por tu comentario!