19 julio 2015

Malos tiempos para la abogacía

  Al menos una vez por semana hago el siguiente trayecto. Salgo del Paseo Federico Soto (aunque algunos se empeñan en rebajarlo a la categoría de avenida), y luego camino por una larga recta que la componen dos segmentos: la avenida Maisonnave, donde están los dos Corte Inglés/Catarí de la ciudad, los comercios más conocidos, los compradores más decididos y los carteristas más avezados. Continúo por la Avenida de Aguilera. A la derecha dejo lo que antes era la sede central de la Caja de Ahorros del Mediterráneo. Enfrente todavía hay un emporio gastronómico local, "El Piripi", donde los mandamases de la CAM iban a celebrar sus fechorías, regadas con vino Monastrell y con el intestino delgado embuchado de arroz con bogavante. 

  Ahora la sede de fachada azul ha quedado degradada a una sucursal del Banco de Sabadell. Pared con pared está la Consellería de Cultura y dentro de ella un local al que insisten en llamar Teatro Arniches. La Avenida de Aguilera es hostil, ruidosa y a menudo colapsada. Tiene dos carriles en cada sentido que a veces crecen a tres o menguan a dos. Caminando unos trescientos metros te encuentras otro cadáver institucional: la antigua sede de Canal Nou, la televisión autonómica, famosa por sus deudas, su manipulación política y su zafia programación. No ha trascendido dónde iban a comer los dirigentes locales de la televisión. Quizá también al "Piripi", no les quedaba tan lejos.

  El trayecto llegado este punto me ha llevado algo más de diez minutos, solo estoy a unos cinco de mi destino. Paso por el Mercado de Benalúa, que me trae de nuevo cierta normalidad después de ver esos dos pájaros huecos de mal agüero. En la puerta una vendedora de la ONCE acompañada de cuatro beodos, siempre los mismos. Su conversación absurda y vocinglera me suele calmar los nervios, pero como último jalón antes de llegar encuentro la Consellería de Educación. El edificio tiene unos feos pilares de hormigón que crean lo que debía ser una especie de soportal. Generaciones de perros y perras han encontrado allí el sitio ideal para dejar su firma. 

  Justo detrás está el edificio al que me dirijo con paso de marchador polaco, un lugar al que pomposamente aún se llama Palacio de Justicia. El edificio es oscuro y malencarado. Ocupa el lugar de lo que fue una antigua cárcel o más exactamente un "Reformatorio de Adultos". La muralla que rodeaba el edificio ya no existe y ha sido sustituida por los desperdicios que arrojan los "justificables" y sus familiares. Pero el edificio conserva todavía su estructura carcelaria y su distribución de panóptico concebida por Jeremy Bentham

  Cuando traspasas la puerta del edificio de los juzgados haces uso de tu primera y última prerrogativa como letrado. Pasar con la mirada alta o si se quiere distraída, por el lado derecho, mientras que una cola más o menos larga espera a sobrepasar el arco de seguridad. Los guardias civiles de la puerta aún no me conocen después de quince años, pero nunca exigen el carné profesional. Supongo que mi cara de estrés y mis corbatas bastan como salvoconducto. La entrada principal da a la Avenida de Aguilera, pero no se utiliza, así que todos, desde el Ilustre magistrado hasta el abogado de oficio, accedemos por la puerta de servicio. Un buen periodista le sacaría partido simbólico a este hecho.

  Bentham tenía buena voluntad, pero el edificio resulta oscuro, inquietante y malévolo. Si fuera un sentimental diría que el sufrimiento vivido entre esos muros se ha incrustado como la costra de arroz a la paella. El humor de los funcionarios suele ser pésimo y no dudan en huir tanto como pueden a los bares cercanos. Dicho de otro modo, el edificio tiene "mal feng shui". El edificio se terminó en 1910. Allí estuvieron presos célebres intelectuales y artistas republicanos como Gastón Castelló, Vicente Olcina. Aquí también murió el poeta Miguel Hernández el 28 de marzo de 1942. Mi madre cumplió ese día exactamente ocho años. Se supone que hay por algún lado una placa y un monumento, pero ninguna señal muestra el camino. Tampoco hay indicaciones para ir a los Juzgados de Instancia e Instrucción distribuidos por el Sombrerero Loco, como si fuera un acertijo a descubrir. Quizá hicieron una carrera entre jueces y el más lento resultó el Instancia Ocho, razón por la cual los funcionarios le maldicen a él y a todos. Vete a saber.

  Antes de pasar a sala hay que ir a tomar una toga al Colegio de Abogados si no se tiene la precaución de tener una propia. Suelen estar raídas y si no fueran negras serían como una creación de Ruiz de la Prada. Por suerte no fuimos colonia británica y no son necesarias las pelucas, aunque el estatuto de la abogacía aún permite el uso de birrete. Cualquier día me lo pongo. Pero no sé si es compatible el birrete con esperar sin comer hasta las seis de la tarde del pasado sábado hasta que nos tocó el turno a mi detenido y a mi de entrar en escena. Quizá incluso me hubiera podido comer el birrete, aliñado con vinagre de Módena y sal gorda, que está de moda. 

 El IV Barómetro Interno de la Abogacía publicado esta semana y realizado por la empresa Metroscopia señala que el 86% de los abogados cree que la situación de la justicia es "muy grave". El 85% piensa que sus compañeros están pasando apuros económicos (por lo visto solo preguntaron a los que no las pasan), el 41% cree que sus ingresos están por debajo de la media de los letrados y el 79% cree que la organización de la justicia es propia del siglo pasado (un siglo donde los abogados comían en las guardias).

  Hago el juicio. Vuelvo a mi despacho. Consellería, Canal Nou, vendedor de la ONCE y sus compañeros beodos, la antigua CAM, el Corte Inglés, los carteristas... Ni siquiera Atticus Finch era aquel justo abogado en el que Gonzalo Eulogio y otros como él nos inspiramos. ¿Malos tiempos para la abogacía? Los captadores de Acnur, Aldeas Infantiles, Cruz Roja, Save de Children se lanzan hacia mí. También los pedigüeños. "Tengo 45 años y soy español..." Yo también, pienso. ¿Necesitaré pintarme un cartel? Llego al despacho. Un plazo aguarda la respuesta.




El humor está aquí, en alguna parte
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