03 enero 2016

Bruno

  Hay personas a las que les gusta dar. Hay personas que creen que deben recibir. Yo pertenezco más bien a ese segundo tipo de personas, pero de vez en cuando, en momentos de lucidez, admiro y envidio a los que dan, así sin más. Podríamos llamarlas simplemente generosas, para no dar más rodeos. Bruno pertenecía a ese primer tipo.

  Bruno es un amigo. Falleció la Nochebuena pasada. Durante la mañana había estado cocinando. A las personas generosas les gusta cuidar a los demás y una manera espléndida de hacerlo es cocinando para ellos. Bruno tenía buena mano para la cocina. Ginés y Jesús librero estuvieron en su casa tomando unas cañas mientras Bruno terminaba de preparar la cena para él y su madre, y la comida de Navidad con sus hermanos y Marisa, su segunda madre. No sé de qué hablaron. Supongo que estuvieron riéndose un poco de todo, como hacen los buenos amigos. No sé qué preparó, olvidé preguntarlo. Dejó la comida de Navidad cuidadosamente guardada en tuppers en el frigorífico y por la tarde viajó a Orihuela a pasar la Nochebuena con su madre, ingresada en una residencia. No fue para él fácil tomar la decisión de ingresarla allí, pero sus fuerzas no daban para más. 

  Bruno siempre estaba pendiente de su madre, delicada de salud. La cuidó incluso cuando su propia salud no era nada buena, con frecuentes ingresos en el hospital. Mis amigos siempre estuvieron pendientes de él, sobre todo Ginés y Jesús (Inem). Hace años que no trabaja allí, pero ya quedó su apellido para siempre así, incluso para Bruno. Ellos eran seguramente más que amigos, eran hermanos. 

  Bruno cenó con su madre en Nochebuena. Al terminar fue caminando hacia la pensión en la que pensaba pasar la noche, pues era ya tarde para volver a Alicante. Lo hizo a pie. Quizá no debiera haber vuelto a la pensión a pie, aunque mis amigos me dicen que no estaba lejos. Quizá debería haber comido más durante la cena, pero seguramente estaba más pendiente de su madre. Quizá debería haber tomado un taxi, pero como dijo su hermano, si Bruno tomó esa decisión, ni el Papa, Putin, Obama y Dani Pedrosa juntos le hubieran hecho cambiar de opinión. "Podría haber tenido siete coches esperando en la puerta, que si hubiera querido ir caminando lo hubiera hecho", dijo su hermano y asentía su hermana.

  Así era Bruno. Una persona sufrida, como decían antes. Nunca molestar, siempre apañárselas por sí mismo. Cuando tenía épocas en las que se encontraba mal, simplemente desaparecía. Cuando se encontraba bien, llamaba. Ginés, (otro de los que siempre está más por dar que por recibir) siempre atento, enseguida organizaba encuentros con el resto de los amigos. "He quedado a tomar unas cervezas con el tío Bruno. Nos vemos a tal hora en tal sitio". Ginés sabía que había que hacerlo por él, había que aprovechar, pero también por nosotros. 

  Si no fuera por Bruno, y por supuesto por Ginés, la pandilla de toda la vida, la cuadrilla, como dicen los vascos, hace tiempo que ya no existiría, o al menos no de la misma forma. Debo decir que yo era uno de los que más remoloneaba, y que muchas veces no fui a esas citas. Siempre habrá otro momento, se dice. Siempre hay tiempo, hay cosas más urgentes que hacer. 

  Yo no era el más íntimo de Bruno, pero siempre fue tan cariñoso conmigo como con todos los demás. Te saludaba con dos abrazos que a veces eran besos, a uno de la hermandad. La pandilla se había creado de modo espontáneo hace ya más de veinte años en torno a unos amigos que tenían un equipo de fútbol. Que el fútbol nos perdone lo malos que éramos. Pero las derrotas nunca nos quitaron la sonrisa, ni las ganas de fiesta; y los partidos estrepitosamente perdidos eran milagrosamente remontados en el tercer tiempo en torno a unas cervezas y unos cuantos cacahuetes que regateaban mejor que Messi.

  Pese a lo jodido que había estado en los últimos años, siempre estaba sonriente. Así aparece con Santi, su amigo de toda la vida, con Antonio y Pepe, durante la cena que él mismo montó. Sonriente y haciendo el bobo con el taco de billar. Así estaba, me dicen, el día de Nochebuena cuando estuvo con mis amigos. Antes de ir a Orihuela habló también con Álvaro. Se felicitaron las fiestas, formularon, seguramente deseos que no se pueden escribir. Cenó con su madre, como él quería, y se marchó, sin querer molestar a nadie.


Dice mi madre que parece un cuento de Navidad. Y es verdad. Hasta siempre.



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