04 febrero 2016

El orden

  Me he pasado la vida estudiando y no sé hacer casi nada. Creo que mucha gente piensa exactamente lo mismo. ¿Qué estábamos realmente aprendiendo cuando aprendíamos? Quizá no lo necesario, ni lo importante, a veces ni lo urgente. Debe de ser eso, si no, no se explica el éxito de los tutoriales. Gente que sale de vete a saber qué lugar del ciberespacio y te soluciona la vida. Te dice cómo tienes que cocinar un huevo frito (siempre lo estabas haciendo mal), cómo poner la mesa (también mal), cómo maquillarte, vestirte, peinarte, formatear el ordenador que ha utilizado tu antiguo tesorero, hacer fotos y vídeos profesionales, jugar al pádel, hacer pilates, fontanería y hasta ordenar la ropa. ¿Se dan cuenta de que nadie nos habló de estas cosas en las horas que pasó nuestro trasero en las sillitas del aula?

  Cuando yo estudiaba se discutía mucho sobre si en la escuela, el instituto o en la universidad se deberían enseñar aspectos prácticos de la vida o más bien había que dar una formación general. Del debate de ambas resultó que ni teníamos formación general ni tampoco práctica, como demuestra el nivel de idiomas. Bueno, alguno dirá: hable por usted. Pongamos que no era la escuela. Pongamos que no se trata de que no se nos enseña nada útil ni tampoco muchas cosas inútiles. Pongamos que el afán de saber es desbordante. 

  Puede que en ciertos aspectos nos hayamos vuelto francamente analfabetos. Ya no sabemos poner nombre a los árboles, fuera de una magra lista, ni a las plantas, ni otro tipo de saberes tradicionales. Pero en comparación con cualquier persona de principios del siglo XX nuestro caudal de conocimiento fascinaría a cualquier sabio y no solo porque sepamos quién es Justin Bieber y lo listos que son los delfines y ellos no. Puede que la palabra no sea conocimiento sino información entre la que se encuentra una buena cantidad de cookies y una papelera de reciclaje a rebosar. Pero aún así deseamos que se nos enseñe a vivir bien. Para unos será combinar colores y para otros que la merluza a la vizcaína quede jugosa. 

  Para mí es el orden. Los extremos se atraen, dicen, y en mi caso mi lado de un extremo atrae al extremo del otro. ¿Hay algún psiquiatra en la sala? O como dice la preciosa canción ¡ay! de Tulsa, que he descubierto gracias a Radio 3 y Ángel Carmona. "Llevo años escribiendo la misma canción... pues eres esquivo y caprichoso mi corazón...". Mi corazón que vive en el desorden, anhela el orden. No me estoy poniendo estupendo. No hablo de poner orden a mi vida. Hablo del orden de las cosas. De los cacharros, de la ropa de verano y la de invierno, de los calcetines, de las raquetas de tenis, de los zapatos y de las bolsas de plástico. ¿Cómo mi madre, todas las madres, saben siempre donde está todo, sea un dedal o un corcho que se guardó como recuerdo de una botella de cava que se abrió en la Nochebuena pasada?

  No me extraña el éxito mundial de la japonesa (y luego dicen que los tópicos son mentira) Marie Kondo, convertida en la gurú mundial del orden (que no la gurú del orden mundial). Ha vendido millones de ejemplares de sus libro "La magia del orden. Herramientas para ordenar tu casa... y tu vida". O sea que es eso. Yo lo sospechaba. No lo sabía pero siempre intuí una relación entre los calcetines desparejados y mi vida sentimental. 

  La señora Kondo tiene un método para colocar todo tipo de enseres y también anima, por lo visto, a deshacerse de los objetos que no necesitamos, no sin antes darles las gracias. Estoy deseando aprender sus métodos aunque dudo que me sirvan. Creo que hay que tener ciertas habilidades manuales de las que carezco. Sé que está muy de moda que mucha gente haga con sus recuerdos e incluso con sus relaciones lo mismo que hace con los zapatos viejos: los tira a la basura o los dona a Cáritas. Se supone que esa costumbre es ordenada e higiénica. No solo es pulcra, sino que te permite vivir siempre en el presente. No hay tiempo que perder y menos con el pasado. Puede que el eterno presente sea ordenado y excitante, pero bien pensado, ¿cuál es el establecimiento público más ordenado? No me cabe duda: es el tanatorio.




El humor está aquí, en alguna parte
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1 comentario:

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