07 marzo 2016

Chulería: elogio y refutación

  Alguien dijo (¿Paracelso, Ortega y Gasset, Karlos Arguiñano?) que lo primero que nos atrae de alguien al final se convierte en lo que más detestamos. En realidad quien lo dijo (¿Hume, Kant, Chicote?) lo hizo con mayor precisión y donaire, pero creo que ustedes ya cogieron la idea, que es lo que importa. Será cosa de la naturaleza contradictoria del ser humano. De gracioso se pasa a cargante, de minucioso a maniático, de sabio a petulante, de deportista a vigoréxico, de sofisticado a remilgado, de campechano a zafio y de seguro de uno mismo y ambicioso a chulo macho alfa cabrío. Me pregunto si es eso lo que nos ha pasado con Pablo Iglesias. 

  Las ideas que defendía Podemos ya existían y estaban representadas en otros partidos políticos. Algunas incluso en el PSOE y las coincidencias con Izquierda Unida son verdaderamente notables, que diría el líder M.R.B. Puede que la diferencia esencial que existía entre los primeros y los segundos estribara en la ambición. Podemos se atrevió a proclamar que ganar las elecciones, hacerse con el poder y cambiar las políticas era algo posible. La izquierda, unida o no, dejaría de ser así un club selecto en sus formas y lecturas (mucho Gramsci, mucho Susan George) pero marginal en su influencia política. Todo lo más una concejalía por allí, o un ayuntamiento más bien remoto por allá. Tenían la chulería de la ambición que se plasma sin ambages en su propio nombre. Podemos, claro que podemos, qué coño.

  Yo siempre he detestado la chulería, y también he detestado, más aún, a aquellos a los que les encanta la chulería. Muchas veces se utiliza como sinónimo de determinación, de fortaleza de carácter o de inquebrantable resolución. A veces a lo que se llama temperamento no es más que mala educación, y desconocimiento descomunal de las más elementales normas ortográficas. Sin embargo, si miro en el interior de mi corazón, más de una vez me hubiera gustado tener esa seguridad flamenca y desenvuelta que diera a los demás la sensación de que podía comerme el mundo con ellos dentro y por supuesto, con patatas. 

  Iglesias forma parte de la generación española sin complejos. Ha mamado la arrogancia en la universidad española, donde otra cosa no habrá, pero la altanería la sirven en el catering junto con las albóndigas recalentadas y las croquetas congeladas que se ofrecen como caseras. En compañía de otros como él, montó un grupito tan leído como los viejos, tan informado de las redes sociales como los jóvenes, tan cools como los artistas y tan ambiciosos como los cachorros de las mejores escuelas de negocios. Suscitaron admiración y rechazo de poderosos y casposos, y con ese aval se atrevieron a proclamar: PODEMOS. "We Can Party", tradujeron al principio los informativos en inglés. 

  Y ahora tenemos esto. Una de cal y otra de cal otra vez. Yo soy uno de los que se ha decepcionado con Iglesias y sus seguidores no menos pagados de sí mismos. Tan leídos como son, deberían siempre recordar que el zoquete y pueblerino de Stalin se deshizo políticamente primero y luego físicamente de la lumbrera de Trotsky. No ganan siempre los más listos ni mucho menos los que se creen los más listos. La histriónica representación en el Congreso y su previa representación de vicepresidente de Barataria, apta solo para menores de 35 años y tuiteros, opacó lo que parece obvio: que Sánchez prefiere (o le obligan) simular un pacto imposible con la derecha antes que intentar el pacto (posible) de izquierdas.

  Pero la culpa no es de Iglesias, ni de Errejón, ni de Bescansa (iba a hacer el chiste malo de que tampoco es de su hijo, pero me abstendré). Ellos ya eran así. Somos nosotros los que hemos cambiado de gusto. ¿Por qué? Ya lo explica el príncipe Faysal en Lawrence de Arabia:



El humor está aquí, en alguna parte
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10 comentarios:

  1. Esto demuestra,que los partidos políticos son algo más que redes sociales, algo más que Twitter o Facebook.

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  2. Última oportunidad7 de marzo de 2016, 19:43

    Qué buena definición.

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  3. Pues yo creo que lo que a Pablo Iglesias le pasa es que, además de chulería excesiva, no supo calcular cómo molestaría y cómo espantaría aquello de la "sonrisa del destino" y el reparto de ministerios. Nadie en su sano juicio se alía con alguien que, aún sin cuajar, se permite semejante entrada. Yo, desde luego, no aceptaría como socio a nadie que revelara tal desvergüenza y manifestara tan descaradamente que se iba a zampar al aliado al primer despiste.

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    1. Gracias por tu comentario. ¿Me aceptarías a mí como socio?

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  4. llego tarde pero enfrascao10 de marzo de 2016, 15:12

    Mas bien parece que estas hablando del Mc Arra de la corinna.....

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    1. Gracias por tu comentario. El blog no cubre la actualidad de Escocia.

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  5. Bueno, eso de leídos... Gente que cada vez que hace una cita se equivoca da la impresión de querer hacer ver lo que no son.

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