19 marzo 2016

¡A Barrabás! ¡Soltad a Barrabás!

  Me doy cuenta cada vez que escribo una entrada (no me atrevo llamar a esto artículo ni tampoco me gusta la palabra post) de tinte "personal", de lo más bien triste y gris que resulta mi vida puesta negro sobre blanco. Con un poco de esfuerzo algún día llegaré a artista torturado, aunque eso me cueste dejar el pan sin gluten y la cerveza sin alcohol. Lo que quiero decir es que hablo de aficiones, costumbres y manías muy propias de alguien un poco aburrido, un poco solo y quizá un poco friki. No me voy a poner a llorar como una Magdalena. Pero Magdalena (por favor, sin gluten) es uno de los personajes que me interesa de esta historia. Historia sagrada para ser exactos

  Aunque la Constitución Española me ampara para no tener que revelar mis creencias religiosas, no creo que vaya a ser despedido de mi empleo si les digo que creo más en la morcilla de Burgos que en Cristo. Eso no significa en modo alguno despreciar a Cristo. Al contrario, como ex alumno de un colegio de Jesuitas que soy, creo que conozco bastante bien el catolicismo, la Biblia, los sacramentos, mandamientos, rezos y canciones varias y por supuesto, la Pasión y Muerte de Cristo. Puedo sacar pecho: me sé las escrituras y costumbres católicas mejor que muchos beatos. Será por eso que pese a mi condición, más bien descreída en materia de fe, me gusta la Semana Santa. 

  Es cierto que no puedo evitar observar las procesiones con los ojos de un sueco pasmado, con un punto de sorpresa bovina, como la de la vacas que ven pasar el Tour de Francia. Hay algo atractivo, hermoso, excitante y por supuesto morboso en la Semana Santa española. Resurrección, muerte, pestiños y caramelos. Debo añadir que la imagen  de señoras con mantilla y medias negras sosteniendo un gran cirio en las manos evoca una de las pocas fantasías sexuales que mi pobre imaginación en ese campo (en el campo del sexo, no de la Semana Santa) me permite alcanzar. La música entre solemne y pachanguera, los pasos, la teatralidad de los capataces, el olor a incienso y azahar...

  Pero no era de pasos de lo que quiero hablar, sino más bien de la verdadera Semana de Pasión que suelo regalarme que no es otra que la cinematográfica. Para muchas personas, especialmente cuando no había tantos canales y plataformas audiovisuales, la verdadera penitencia consistía en ver una y otra vez las mismas películas de Semana Santa, empezando por Ben-Hur y acabando por la Túnica Sagrada. Para mí en cambio es bendición y además tradición.

  Paso gran parte de la Semana Santa olisqueando y rebuscando en las televisiones (cada vez más reacias) para encontrar las viejas películas bíblicas. Me gusta verlas en versión doblada. Disfrutar de su soniquete mojigato pero competente. No podría verlas de otro modo. Por supuesto encabeza el ranking Ben-Hur (cuyo remake aguardo entusiasmado pero temeroso) y Espartaco. Me sé de memoria gran parte de los diálogos y cuanto más las veo más distorsiono la historia. Por ejemplo, Espartaco, cada vez me parece un fanático populista y en cada visión del film simpatizo más con los piratas cilicios, A quién no le gustaría poder haber dicho alguna vez: hola, me llamo Manolo: soy pirata Cilicio. Dirección calle Abordaje sin número. 

  Pero también soy devoto seguidor (mucho más devoto que de las morcillas de Burgos) de las películas de segundo orden. Victor Mature con cara de palo viendo a Cristo o estreñido cuando empuja las columnas para derribar el templo y ocasionando la peor pesadilla para una compañía de seguros. Yul Brynner empeñado en hacer quedar a los dioses egipcios como los zorros en comparación con la zarza ardiente que ni siquiera tiene nombre. ¡Que así se escriba y así se cumpla! Qué cinéfilo no se ha visto alguna vez sorprendido diciendo esas palabras mientras se enjabona las partes en la ducha.

  Así paso la Semana Santa. Otros prefieren los atascos en el telesilla o pagar 50 euros por coger un buen sitio para ver procesionar a las cofradías de Lorca. Mi cabeza está habitada durante esta semana de muerte y resurrección con las falsas voces españolas del genial Charlton Heston, de Brynner, de Victor Mature, de sir Lawrence Olivier (Antonino ¿comes ostras? ¿y comes caracoles?) y de otros tantos. Sé que lo que me cuentan no es del todo verdad. Que los malos no fueron los romanos y ni mucho menos los egipcios. ¿Pero a quién le interesa la verosimilitud en el arte y en el cine?

  Y así paso mis días, y mientras camino en dirección a la nevera para tomarme otra torrija más, tal y como hacía de pequeño, grito ¡A Barrabás! ¡Soltad a Barrabás! ¡A Rita no, a Barrabás! Y van y lo sueltan. Y cambia tanto que incluso se llega a hacer el primer Papa ruso, y se pasea por Roma. Y el cinéfilo loco dice: Tú eres Pedro. Y nadie te comprende salvo tú.

Cultura Inquiera


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