02 marzo 2016

Teatro

  Tengo afición por los debates en general, y por los debates parlamentarios en particular. No sé cuál es la explicación. Un homeópata amigo dice que se debe a la falta de hierro, pero otros expertos/conocidos me han recomendado que coma muchos kiwis, que camine al menos media hora al día, que practique la meditación y que de una vez por todas abandone los lácteos. Sí, el queso de Cabrales también se considera un producto lácteo, lo sentimos. 

  He seguido todos los consejos, incluso otros más onerosos que incluían el consumo de brócoli y todo ha resultado inútil. Aquí estoy, mientras relleno el papeleo (¿por qué tengo que escribir mi nombre cien veces? ¿por qué tengo un nombre tan largo?) escuchando con arrobo a Sánchez, a Iglesias e incluso al Caballero de la Triste Figura. 

  Sé que es habitual decir que todos los políticos son unos sinvergüenzas, una panda de inútiles. Lo dices en cualquier sitio y quedas bien. O por lo menos no quedas mal. A casi nadie ofende este pensamiento pedestre de honrado-hombre-de-a-pie. Pero a mi me fascina la oratoria, incluso cuando la practica alguien con quien no estoy de acuerdo. Con el tenis me pasa igual. Sé que Nadal es español, debería desear que ganase. Traiciono a la patria cuando no quiero su victoria. Pero cuando ejecuta una de sus derechas que hacen girar la raqueta por encima de su cabeza, me dan mareos. Qué diferente es cuando veo a Wawrinka lanzando su revés a una mano. Ya sé que es soso. Ya sé que es suizo.

  Así que como analista político soy un desastre porque no puedo evitar fijarme en el tono, en las palabras, en la música del discurso. Soy espectador del teatro. Me fastidian las estridencias, las contradicciones palmarias, las metáforas facilonas, el tono gritón, los insultos, los sobrados, los tropiezos con las palabras. Eso a veces crea contradicciones, porque siendo de izquierdas, detesto la palabrería que la acompaña. Me pasa como con los lácteos. Me gustan pero me sientan mal. 

  Me empachan los melodramas ni tampoco digiero bien la sobreactuaciones. Pero el teatro, dicen, es la prueba definitiva para un actor. Pasar de la televisión a la escena no es fácil. La televisión y los púlpitos universitarios dan la seguridad que no tiene el teatro. Aunque sea un teatro de barrio,  siempre la escena pone a prueba al intérprete. Ser actor es una de las profesiones más difíciles. No es inhabitual que quien te gustó en la pantalla te decepcione sobre el escenario. Se dice que se tienen tablas, no focos, ni platós. Las tablas la da la experiencia. Las tablas se ganan después de resbalones, de noches de silencios, y salas vacías y escépticas. Y claro, todos los actores y las actrices quieren ser versátiles. Pero Orson Welles decía que algunos valían para el personaje rey y otros para bufón. El teatro te pone en tu lugar. El público. No solo el erudito que sabe citar a Valle-Inclán de memoria. También aquel que te mira despistado mientras se hurga la nariz.

  Qué dificil es todo. Cuando ya parece que se sabe un oficio, el oficio ha cambiado. En El crepúsculo de los dioses un muerto relata la historia de una actriz que aún se siente una diva pero cuya época de esplendor definitivamente ha pasado. Como el rigodón. Dícese de danza francesa del siglo XVI y XVII. ¿En quién estoy pensando?



El humor está aquí, en alguna parte
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2 comentarios:

  1. Comparto lo que comentas sobre las formas del discurso ("no puedo evitar fijarme en el tono, en las palabras, en la música del discurso")... Yo creo que también forman parte del mensaje, también debemos hacer esa lectura.

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