20 abril 2016

Costilla de unicornio con reducción de Xerez

  Hace un par de semanas coincidí con un antiguo compañero de colegio al que hacía años que no veía. Yo le encontré sonriente pero muy viejo, y él supongo que me vio serio, estropeado y gordo. Es lo que tiene contrastar tu memoria de niño con la realidad de cuarentón. No me extrañó, sin embargo, verlo embutido en un traje caro y luciendo un reloj de esos que llaman exclusivos.

  No me extrañó en absoluto. En el colegio nos vendía al resto de los compañeros sacapuntas que tenían caritas de enanitos. En el instituto aprovechaba el recreo para trabajar en la cantina y vender bocadillos. Podemos decir que llevaba el negocio en la sangre.

  No sé si por natural tendencia de intentar caer bien a toda costa o por genuina curiosidad le pregunté sobre oportunidades de negocio. —Unicornios, me dijo. ¿Para vender, para visitar, robots, cuentos?— pregunté. De igual manera que trato de caer bien también trato desesperadamente de hacerme el gracioso, pero mi amigo me miró muy serio, como si hiciera grandes esfuerzos para ser educado y me dijo, —por supuesto que no. Para comer—.

  Me extendió la tarjeta de un restaurante. Una tarjeta negra con letras doradas que trataba de ser elegante pero que resultaba recargada y abigarrada. El nombre del restaurante era difícil de pronunciar. A primera vista parecía que contenía más consonantes que vocales. Comprobé que la dirección correspondía a una de las avenidas más exclusivas de cierta ciudad europea. Una arteria paseada por mujeres que cabalgan sobre tacones y hombres que ni cuando se atan los zapatos permiten que su barbilla trace un ángulo inferior a noventa grados. 

  Lo he montado con un par de socios, un húngaro que parece búlgaro y un sueco afincado en Ginebra de padres uruguayos. La decoración la hemos encargado a un diseñador finlandés. Un genio loco. No tiene ni correo electrónico, ni teléfono, ni ha tomado nunca una aspirina. Pero nuestro "valor añadido" es el menú. Empezamos con dos únicos platos: estofado de unicornio y costilla de unicornio con reducción de Xerez. El chef, que es murciano, decía que así se aunaba vanguardismo y clasicismo culinario. 

  Por supuesto ahora hemos ampliado la carta, pero no mucho, porque nuestra filosofía es que el producto sea la piedra angular de nuestro proyecto de restauración. Pero ahora también ofrecemos alitas de arpía en salsa verde, solomillo de centauro con patatas strogonoff, jabalí asado de Calidón y nuestro plato estrella, solo disponible en temporada, rabo de minotauro.

  Mi amigo siguió discurseando un buen rato más sobre su restaurante, especialmente sobre el menú que ofrecían, sazonado con comentarios propios de las escuelas de negocios. Por supuesto al principio pensé que se trataba de una broma, luego creí por un momento que me tomaba el pelo, pero pronto me di cuenta que no, y llegué a la conclusión de que el pobre había perdido la cabeza, vete a saber en qué vericueto o por qué accidente de la vida. De repente sentí pena, y lo que es peor, repulsión, y eso me hizo sentir culpable, y al tiempo afortunado, puesto que aunque las cosas no me iban bien, al menos seguía cuerdo.

  Había desconectado de su perorata cuando me di cuenta que había retomado el asunto del rabo de minotauro. Cómo conseguir el mejor "producto", los diferentes tipos (¿de rabos?), la importancia de la temperatura del horno, 227 grados, "ni uno más ni uno menos" y lo absolutamente imprescindible que fuera asado en una fuente de barro griego, a ser posible, por supuesto, cretense. Por fin alcanzó el punto a donde quería llegar, y me habló de que estaba buscando inversores porque planeaban abrir un par de nuevos locales, uno en Hong Kong, y el otro probablemente en Berna. Era una oportunidad inmejorable de ganar en poco tiempo grandes sumas de dinero. No era para mi fácil explicar que no podía invertir más que en pagar el alquiler de mi casa, pero que de poder hacerlo, no creo que lo hiciera en un restaurante especializado de cocina mitológica.

 Por suerte, cuando la conversación se estaba convirtiendo en un trámite embarazoso, mi amigo miró su exclusivo reloj, su móvil y apresuradamente se puso la chaqueta, dejó un billete sobre la barra que cubría con creces las consumiciones realizadas, y pidiendo perdón, "pues ya llegaba tarde a una reunión con un par de tipos muy importantes", se dirigió hacia la puerta.

—Y por cierto. ¿Tú qué tal? No te he preguntado cómo te va. ¡Como hablo tanto!

—Bueno. Quizá no como me gustaría— me sinceré. Siempre es más fácil ser honesto con un loco. Pero bueno. Ahí estamos, luchando, saliendo adelante....

—No me extraña que sea así - me dijo - sí, como cuando eras un niño chico, aún te lo crees todo. Y se marchó, pero sin pagar, porque el billete que había puesto sobre la barra, misteriosamente había desaparecido de ella, sin que el camarero se cobrara.



El humor está aquí, en alguna parte
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3 comentarios:

  1. Señor Gordo, le felicito. Ha estado usted inspirado. He percibido poesía en su relato, y no por los seres mitológicos que se mencionan, sino por...
    Muchas gracias, señor.

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  2. Muchas gracias por la felicitación y por leer el blog.

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  3. Interesante lo del rabo de minotauro. Yo lo prepararía con vino tinto cretense (Olympias de Patras) y un poco de hinojo. ¿Se queda uno de piedra con el filete de Gorgona?
    Saludos!
    Borgo.

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