10 junio 2016

Solidaridad para aldeanos

  Será la edad, pero cada vez me da más la sensación de que los acontecimientos se repiten. Verbigracia la Eurocopa de fútbol, Rajoy titubeando, cuando no diciendo disparates, los hongos en mis uñas y en la prensa clamando por un caso de manifiesta injusticia judicial que llena a los hombres (y mujeres) de buena voluntad de justa indignación. Omitiré a Rajoy, omitiré el fútbol, omitiré a mis uñas, así como otras calamidades corporales que me azotan y me centraré en Alejandro, el último mártir de la justicia española.

  El titular decía que Alejandro, ahora un honrado ciudadano, de esos que recicla los envases de vidrio, tenía que ir a pasar una temporada a la sombra (expresión que adoro de las películas de gangsters) por haber estafado algo menos de 80 euros. En la noticia que leo, (pero se publicó en la mayoría de medios) vemos al afectado con cara de ecce homo y a su abogado en calidad de cofrade mayor del santo sepulcro. En la noticia se nos añade la información de que Alejandro había rehecho su vida. La madre del "joven" granadino hizo campaña en las redes sociales solicitando el indulto y no tardó en reunir más de trescientas mil firmas. Igual la suya es una de ellas.

  Ya tenemos el paso uno, que nos deja servida la segunda estación. Paseo de la Indignación. Se trata de un ancho bulevar por el que se transita a paso rápido pero con placer. Indignarse un rato equivale, según los expertos, a una hora de ejercicio vigoroso en bicicleta o cuarenta minutos de sexo. ¿Cómo es posible que "el joven granadino" pueda ir a la cárcel por estafar casi 80 miserables euros, y se salgan de rositas los Rato, Urdangarín o Blasco? Yo también hice mis cuentas, y consideré que si el joven Alejandro merecía cárcel, no había mazmorra lo suficientemente lóbrega e insalubre para los directivos de Vodafone. Las redes sociales se llenaron de comparaciones, a cual más odiosa, que remarcaban el doble rasero de la ley y la justicia. Je suis Alejandro....

  Es aquí donde el bloguero se sincera. No tengo hongos en las uñas, ha sido una licencia literaria. Pero mi confesión en realidad va dirigida a que como profesional (humilde) del derecho había algo en las informaciones de la prensa que no acababan de cuadrar. No me cuadraba la pena. Tampoco mucho la historia. Compró unas bebidas con una tarjeta de crédito "que no sabía que era suya". Yo, que soy una de las personas más despistadas del hemisferio norte, creo que podría distinguir entre mis tarjetas y las del resto del mundo. Sin embargo mi indignación era confortable, estaba bien repantigada en mis neuronas. Así que no busqué, pero ya lo dicen las escrituras (apócrifas de las apócrifas). No busques que ya te encontrarán.

  Como en los cuentos, la aldea vivía feliz. Recogía frutas por el día y por la noche bebían vino, hidromiel y comían asados. Disfrutaban de su santa indignación y solidaridad cuando de repente de una tierra muy lejana, pero con conexión wifi, llegó un extraño, de luenga barba y extraño, aunque gallardo, porte. Dentro del zurrón traía un extraño manuscrito que causó la perplejidad de los ancianos, la incredulidad de los jóvenes y el terror de los niños. Era lo que parecía la sentencia de Alejandro. El "joven granadino", de acuerdo con esas nuevas escrituras. 

  Por supuesto, el forastero no pudo decir que se refería al joven granadino, pues era un caballero, y el Rey le había prohibido tomar mujer, castigar a clérigo, ni divulgar datos personales sin su consentimiento. Pero todos entendieron, y leyeron. Y lo que leyeron les hizo dudar. Algunos siguieron con su férrea defensa y otros prefirieron callar y charlar de otras cosas a la luz de la hoguera, bebiendo vino y comiendo carnero.  

  Un día el forastero se marchó. Había dado un nombre falso en la posada y los maravedíes que había dejado en pago adelantado de sus comidas (que eran copiosas) y bebidas (que eran abundantes y de alta destilación), resultaron no ser de curso legal. El posadero, sin embargo decidió callar, y así también el herrero, el boticario y el sastre.


El humor está aquí, en alguna parte
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