15 agosto 2016

Autoridades

  Televisión Española. Juegos Olímpicos de Rio. Uno de los presentadores anuncia que tienen a un invitado especial en el estudio. ¿Nadal, Phelps, la atleta portuguesa Patricia Mamona? No. El Ministro de Educación y Deportes del Gobierno español. No se qué Méndez de Vigo. Cincuenta y largos mal llevados o sesenta y tantos bien. Viste algo que podría ser Ralph Lauren, línea informal (club de golf). Felicita a nuestros deportistas. "Nadal, me quito el sombrero; Mireia, extraordinaria; Mailen, fantástica; el ambiente en la delegación, inmejorable. Estoy convencido de que habrá más medallas de la delegación española". Habla como Rajoy pero más de corrido, sin tanto titubeo, con esa cordialidad que huele a moqueta y a puro que los mandamases utilizan con los conserjes. Los periodistas sonríen y babean (o hacen que babean y sonríen) y el ministro cuenta que trata de estar apoyando a todos nuestros deportistas, pero no es fácil porque las distancias son grandes bla, bla, pero que se hace un esfuerzo por estar... bla, bla, bla. Aburrido.

  El esfuerzo de las autoridades para estar presente en todos los partidos, carreras, pruebas, todo lo que ahora se engloba con el término "eventos" es encomiable. Después de Nadal, en coraje y sacrificio deportivo para mí está el ministro. Pero humilde, nos aclara. No está solo. Para hacer el esfuerzo titánico de cubrir todos los acontecimientos, piragüismo, remo, doma, baloncesto normal, baloncesto "de chicas", balonmano normal, balonmano de "guerreras", hockey hierba del equipo español macho que por alguna razón se hacen llamar "red sticks" y no "palo roig", que estaría más acorde con el origen de la mayoría, cuenta con el apoyo del Secretario de Estado para el Deporte y del Director General que a su vez contarán con la colaboración de alguien que a su vez contará con la colaboración de otro alguien.

  Nadal está exhausto. Su primer servicio no entra. Su derecha no acaba de funcionar. Mira a la grada y allí está el Director General, que no es lo mismo que la Infanta Cristina pero funciona. Recupera el aliento y gana su juego. Carolina Martín pasa por dificultades, en la grada el ministro. Maialen Chourraut por el rabillo del ojo mira a una puerta y por el otro al Director General de Deportes y las aguas no parecen tan bravas, la meta más cercana. Gracias, gracias, gracias. Aunque hay que estar atentos. Su presencia es errática, como las conexiones de Televisión Española. Llegan tarde y se van antes. Se demoran en el antepalco. Pero al final están. ¿Quién no se acuerda de las lágrimas de la Infanta Elena en la inauguración de los Juegos Olímpicos de Barcelona? Siente los colores y no está metida en negocios. Injusto que no sea la reina. 

  Como pese a lo que digan algunos, tengo empatía, he sufrido mucho por su madre cuando asistía a la final de la Copa del Rey de Fútbol. No por los pitos del independentismo/forofismo futbolero que tenemos en España (el FC Barcelona es más que un país). Eso a la Reina emérita le daba igual. De todas formas no habla bien español (que es el idioma con el que se abuchea en Catalunya). Era por la prórroga. ¿Tenemos que estar todavía más de media hora aquí? El próximo año no vengo. Y creo que no fue.

  Tenía un amigo que cuando íbamos al Estadio Rico Pérez de Alicante insistía al finalizar el partido en salir del estadio por la zona del palco. Con vergüenza reconozco que le acompañé en dos ocasiones. Saltábamos un pequeño murete y entrábamos en el antepaso, donde los canapés y los refrescos hacía tiempo que estaban agotados. Los presentes, casi todos hombres, se daban palmadas en la espalda para felicitarse, en caso de victoria, o para consolarse, en caso de derrota, bajo la mirada dulce, dócil y fresca de las azafatas. Supongo que mi amigo quería dejarse ver entre las autoridades locales. Autoridades y ricos de provincias en un partido de segunda división. Una tercera vez fui invitado al palco. Sustituía a un sustituto. Los canapés eran malos y el partido terminó en derrota con lo que las palmaditas en la espalda fueron de consuelo. ¿Lo hacía por ser visto entre directivos y autoridades? ¿Para ser uno de los grandes de la ciudad?

¿Cuándo uno es importante? ¿Cuando tu obligación consiste en hacer lo que otros harían por placer y pagando? ¡Vamos Rafa!

El humor está aquí, en alguna parte
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