17 septiembre 2016

Apearse del tren

  Precisamente la pasada semana viajaba en el tren Alvia de Santander a Madrid que fue abandonado por el maquinista. Y sé la verdad de todo lo que allí ocurrió, lo que la administración quiere silenciar, lo que la empresa pretende ocultar y lo que los viajeros prefieren omitir. Usted y yo sabemos que no es verdad, que por supuesto yo no estuve allí. Ni siquiera estaba un amigo de un amigo de mi cuñado. Pero disimulemos, y de esta manera todo lo que cuente a continuación ganará mayor interés. Así podré dar la razón a aquel proverbio ruso que dice: "miente como un testigo presencial".

  Decía que viajaba en el tren Alvia que se ha hecho famoso no por los desorbitados precios de la bollería que se oferta en la cafetería, ni por haber puesto por más de cien veces la película "Solo en casa 2". Pasábamos por la localidad palentina de Osorno, famosa por los toros de las carreteras, cuando el tren, sin estar previsto, se paró. Por supuesto todos pensábamos que quizá se trataba de una avería o que habían parado para comprar en una gasolinera "Solo en casa 3". Los pasajeros animalistas ya comenzaban a gemir por el hipotético fallecimiento de un cuadrúpedo, aunque se consolaban pensando que quizá solo se trataba de un mendigo. ¡Qué equivocados estábamos!

  Prefiero, antes de retomar mis falsos recuerdos e impresiones del hecho, reproducir la melodramática crónica que sobre el acontecimiento escribió la periodista de El Mundo, María Hernández. El reportaje se titula "Un maquinista abandona el tren y deja tirados a más de 100 pasajeros para cumplir su horario". No sé si peco de susceptible, pero me da la impresión de que la periodista utilizando el término "tirados"  no simpatiza especialmente con el maquinista. En cuanto al motivo de "para cumplir su horario", obviamente le parece a la autora una razón excéntrica o directamente estrafalaria. Algo así como "Un cirujano abandona el quirófano en medio de una operación para ir a comprar el Marca" o quizá "Una paracaidista musulmana se niega a tomar tierra hasta que no recupere e velo que perdió durante la caída".

  "Parados en mitad de la vía. Así se quedaron anoche los 109 pasajeros que viajaban a bordo del Alvia que cubría el trayecto entre Santander y Madrid. En principio, el tren debía llegar a la capital a las 23.15 horas de la noche, pero a la altura de Osorno (Palencia) el conductor detuvo la máquina y dejó los mandos de control porque su jornada laboral había concluido". 

  Como pasajero 110, también yo experimenté "la sorpresa e indignación" de la que se habla en el siguiente párrafo de la noticia, a la que añado otras palabras favoritas como "estupefacción", "estupor", "asombro", "perplejidad" y "zozobra". Pero, reflexionando añadí "alivio". Soy un cobarde y prefiero llegar tarde a jugármela sabiendo que a los mandos de un bicho que sobrepasa los 200 km por hora va un señor cansado que debía estar viendo Juego de Tronos en el hotel en vez de luchar con la fatiga a base de cafés solos y chicles de sabor clorofila. Por otro lado convendría preguntarse cómo hemos llegado al punto de que cumplir con los horarios, incluso en los trabajos que implican un riesgo, se haya convertido en un artículo de lujo, un capricho, o una debilidad. Más tarde todos los pasajeros pudimos leer en los medios de comunicación que el maquinista no era un desalmado amante de los reglamentos, sino que había comunicado con antelación a la empresa, y ésta había hecho caso omiso.

  Es posible que sea un tiempo en que los sindicalistas de raza escasean. ¿La globalización? ¿Las meninges reblandecidas? Me temo que quizá también los trabajadores con agallas y solidarios dispuestos a defender sus derechos y los de sus compañeros. Los ferroviarios son un singular sector que desde siempre se ha caracterizado por ambas cosas. Baste decir que la CNT todavía tiene una presencia notable. Ellos y algunos más siguen en pie. No solo en pie sino que llegado el caso se apean (verbo precioso que conviene recuperar), diga lo que diga El Mundo y el mundo y salga el sol por Antequera. 

  Con la entrada de un tren nació el cine y sin el tren no habría películas del oeste, que es tanto como decir que no habría cine, ni existirían cientos de películas que amamos. Precisamente en El hombre tranquilo (The quite man) 1958. EEUU. John Ford, el clímax de la película arranca precisamente en la estación del tren. Mary Kale (Maureen O, Hara) espera a que salga el tren, y así abandonar a su marido, pero el maquinista y el jefe de estación prefieren dilatar la partida hasta que se resuelve una pelea entre ellos. Eso da tiempo a Sean (John Wayne) a recoger no con muy buenos modos a su mujer y llevarla campo a través hasta donde se encuentra su cuñado Will (Victor McLaglen). Todo el pueblo no duda en seguirlos para ver la homérica pelea que se avecina. Todo el pueblo incluido el maquinista, que deja su tren parado en la estación, sin que conste reclamaciones a Consumo, ni nota de prensa de la compañía dando explicaciones.

 Cuando uno lee las biografías de las gentes de antes de la era industrial, se queda pasmado por cómo podían tener tanto tiempo siendo sus vidas más cortas, para tener decenas de hijos, escribir infinidad de obras musicales como Bach, o novelas. Tiempo para ser feliz, arruinarse, tener fortuna, vivir encarcelado en Argel o viajar por toda Europa. 

  Qué dulce sería poder conducirse así, que pare el tren, que me apeo. ¿Me pongo cursi? ¿Alguien se ha puesto una canción de Perales? ¿Un velero llamado libertad? Que rulen los pañuelos.


Tebe Teresno


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