20 octubre 2016

Gaudeamus Igitur

  ¿Fuera terroristas de la universidad? Bueno, no tan deprisa. Pensemos en lo que ya hay dentro.  Cuando comencé a estudiar derecho en la Universidad de Alicante, un poco por las mismas razones que el personaje de Fernando Fernán Gómez en "La vida por delante" al que un tío (no recuerda cual) le aseguró que era una carrera para la que no se requería mucho talento. Mi novia estudiaba en la Complutense de Madrid la carrera que a mi me hubiera gustado hacer: Imagen y Sonido. Dudo que vuelva a hacer viajes en mi vida que me impresionen tanto como los que hice a Madrid en aquella época y especialmente  a la Complutense.

  En la Complutense se grababan cortos en los pasillos. Los muros de las facultades estaban llenos de pintadas. Una célebre en Ciencias Políticas decía "Ni Fanta de naranja, ni Fanta de Limón". En cambio, lo más transgresor que tenía la Universidad de Alicante, (cuyos profesores se comportaban como si fueran Bob Dylan y se negaran a coger el teléfono a los fulanos suecos) era un bar al que llamaban "Aeroclub" y lo más atractivo era su futbolín. Dentro de las aulas de mi facultad las cosas no eran más estimulantes. Los docentes se limitaban a dictar y los alumnos a copiar. Uno acababa siendo un copista de gran velocidad. Durante mi época universitaria la antigua Yugoslavia estaba en guerra, pero lo único que recuerdo que indignara a mis compañeros era un repentino cambio en la fecha de examen. Un día, eso sí, vino a dar una conferencia Chencho Arias y le hicimos palmas con las orejas como si tratara de Sean Connery.

  En el ideario de cualquier institución académica se talla en el frontispicio que más allá de los conocimientos y competencias que los pupilos tienen que adquirir, sobre todo aspiran a formar personas con sentido crítico. Lo curioso es que cuando éste se manifiesta es rápidamente reprendido. Entonces corrijamos, lo que queremos decir con sentido crítico es que nuestros estudiantes piensen como nosotros, pero les hagamos creer que en realidad han sido ellos los que han llegado solitos a esa conclusión. Si no, pasa lo que ha sucedido en la Universidad Autónoma de Madrid. 

  Dos ciudadanos, Juan Luis Cebrián, presidente ejecutivo del Grupo Prisa y académico de la lengua española (aún no premio Nobel), y Felipe González (ex presidente del gobierno de España) debían dar una conferencia en dicho recinto del saber. Una conferencia seguramente corta, ya que son personas ocupadas y que superan los setenta años, con lo que un baño no debe nunca andar lejos. Algunos estudiantes llamaron cosas muy feas a estas personas, cosas a las que no están en modo alguno acostumbradas, como "terroristas". 

  Para no ser menos, todos los medios han expresado su "repulsa" por el hecho de que unos doscientos "encapuchados" reventaran la conferencia. Si uno ve el vídeo se decepciona. Para empezar no son encapuchados sino enmascarados, pero con cartulina. Mucho menos maña que cualquier disfraz de cualquiera de los porteros que celebra Halloween. La opinión publicada pone de relieve que no se ha respetado la libertad de expresión de estas personas. 

  Convengamos en que incluso Cebrián, que no se viene distinguiendo al parecer por defender la libertad de expresión en sus medios si tenemos que hacer caso al propio comité de empresa de El País y si atendemos a los despidos de periodistas y colaboradores díscolos, tiene derecho a dar conferencias, expresarse con libertad e incluso a sermonear sobre la ética del periodismo, como hacía Walter Matthau en en "Primera Plana" (The front page). También el presidente González tiene ese derecho. Pero si tenemos que ser justos, admitiremos que lo único que sufrió daños de consideración fue el amor propio de estas personas. Dicen que es de tal calibre que aún no se sabe si saldrán de la Unidad de Cuidados Intensivos del Hotel Ritz.

  Mi solidaridad con los conferenciantes frustrados. Es curioso que se sorprendieran, toda vez que su disertación trataba precisamente de la Sociedad Civil y del cambio global. Para ellos debería haber sido como si  un zoólogo se encontrara con un orangután trepando en la selva. Me consuela saber que tendrán miles de foros, círculos de empresarios, universidades, radios, televisiones y cumbres de líderes en las que podrán exponer su humilde opinión, bien gratis o bien a precio de mercado. Compartirán su saber por el bien de todos. 


  Y lo mismo pasará con Monedero, Iglesias, Escolar, Pedro J., Susana Díaz, Juan Rosell, Fernández Díaz, el ángel de la guarda de Fernández Díaz, Albert Rivera, Carles Puigdemont, Pérez- Reverte... Que no se preocupen. Si no hablan hoy será mañana y mañana y mañana y pasado mañana. Más me preocuparía a mi que los universitarios fueran mudos y se conformaran con jugar a las cartas.






El humor está aquí, en alguna parte
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3 comentarios:

  1. Lo que realmente sufrió daños es la libertad de expresión, germen de cualquier democracia que se precie. Sufrió la democracia.

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    1. Gracias por su aportación, que no puedo compartir. Creo que las protestas son también una manifestación de la libertad de expresión. Por otro lado, quizá esté equivocado, la libertad de expresión y la oportunidad de difundir sus ideas y pensamientos a través de radios, periódicos, contendios digitales, conferencias de los señores González y Cebrián está garantizada. La democracia más antigua del mundo tuvo su hito fundacional en una protesta, como sabrá. Le agradezco sinceramente su opinión, porque en este más que modesto blog, al contrario que en muchos medios en los que el señor Cebrián tiene funciones directivos, siempre cualquiera podrá exponer cualquier opinión, siempre que lo haga guardando el debido respeto.

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    2. Permítame que le diga que su respuesta es tramposa. Por supuesto que las protestas son también una manifestación de la libertad de expresión, pero se debe añadir "siempre que no supongan impedir la libertad de expresión de otros". No hay que confundir protestas con alborotos que bordean la violencia. Y por cierto, si de mí dependiera ni Felipe González ni Cebrián volverían a dar una sola conferencia, pero...

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