22 diciembre 2016

Perro Malo


Perro malo es uno de los cuentos publicados en el libro "El perrillo solo".  Los beneficios irán íntegramente a la Asociación Protectora de Animales Nueva Vida de Huércal-Overa, Almería. "Perro malo" es mi aportación. Felices fiestas.

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El artículo 1905 del Código Civil español dice que “el poseedor de un animal o el que se sirve de él es responsable de los perjuicios que causare aunque se le escape o extravíe”. Eso significa que tienes que apechugar con lo que te haga tu animal. Continúa ese artículo dando una salida airosa, pero improbable, al dueño del animal. Dice que “solo cesará esta responsabilidad en el caso de que el daño proviniera de fuerza mayor o de culpa de quien lo hubiese sufrido”.

Desde entonces estoy dándole vueltas al significado de esos dos conceptos. Fuerza mayor y culpa de quien lo hubiese sufrido. Supongo que hay seminarios y hasta tesis doctorales que se pasan mil páginas dándole vueltas al asunto. La jurisprudencia dice tal, pero la doctrina en cambio afirma esto otro. En Alemania se considera que es así, pero en Italia, a veces, es asá. Como cabe esperar en España a veces es así y otras asá. ¿Y qué es la culpa en realidad? ¿Qué es fuerza mayor? Quizá debería haber hecho un curso acelerado de derecho antes de adoptar a Ramón. ¿Su adopción fue un asunto de fuerza mayor o quizá fue de culpa por mi parte? ¿Negligencia por no haber sabido ver qué lo que se me podía venir encima?

Entonces Ramón apenas tenía un mes, pero en la protectora me aseguraron que era un perro muy especial. “Es un animal muy inteligente. Todavía es pequeño y no sabemos hasta dónde puede llegar, pero desde que se produjeron los nuevos avances en la cría de estos animales, y de esta raza en concreto, no se puede descartar nada”. Yo traté de tranquilizar al tipo de la asociación. Traté de hacerme el simpático y a la vez el concienzudo, el cabal, el responsable, pero eso pareció cabrear más al voluntario que se llamaba Kenet o Kevin u otro nombre con K. Una K gótica asomaba por la pantorrilla, y un perro roía un hueso o una nalga en su antebrazo.

“No creo que precisamente tú seas el amo adecuado. Pero no tenemos tiempo para hacer pruebas ni para otras historias. Si no te lo damos a ti lo tendremos que sacrificar en un par de días, y eso sería un crimen. Pero el Ayuntamiento nos ha cortado el grifo de la subvención para darle la pasta al club de Gimnasia rítmica y a los criminales de la Escuela de Tauromaquia. Así que esto es lo que hay”. K era un tipo directo. K no se andaba por correas. A K le interesarían los sentimientos de los perros pero poco los de los amos. De modo que, dicho esto, K me dio una correa y a Ramón.

De regreso con Ramón, mientras conducía despacio como si llevara al objeto más frágil y preciado del universo, me sentí angustiado como un padre primerizo. Miraba de cuando en cuando al asiento de atrás donde había tratado chapuceramente de acomodarlo en una caja. Si Ramón no se movía, pensaba que se había muerto ahogado. Pensé que en realidad al tal K- lo- que- sea no le había preguntado nada sobre a qué se refería con aquellos de los “avances en la cría de estos animales” y por qué el perro podría ser peligroso. Quizá le daba por morder. Quizá era uno de esos que cuando ven a sus amos dormidos creen que están muertos y empiezan a merendárselos, empezando por sus partes blandas. Igual era un perro loco, o asesino. 

Lo que sí era, era un perro voraz. En casa se tomó de golpe dos boles de bolitas de pienso equilibradas para su peso y condición (al menos eso decía la etiqueta) aunque pronto empezó a manifestar predilección por el jamón ibérico y el salmón ahumado noruego. Sinceramente, cuando fui adoptar a Ramón, ahora me doy cuenta, estaba, y creo que el sentido es técnico, deprimido. Me percaté de lo seco que estaba mi ánimo cuando Ramón empezó a regar con su cariño toda la casa. No me importaban sus inoportunos ladridos nocturnos, ni sus pelos, ni sus eventuales micciones en casa, que a decir verdad pronto cesaron. Efectivamente era un perro cariñoso, pero sobre todo listo. Más listo que los ratones coloraos. Dar la patita, recibirme en la entrada de la casa, saber que no tenía que subirse a la cama ni al sofá, fue pan comido y pronto descubriría que todo eso y otras más habilidades que se les suponen a los perros antes de que cumpliera un año, eran minucias.

Antes de que cumpliera un año seguramente ya leía. A veces, siendo cachorro, me daba la impresión de que se quedaba mirando las letras de las películas subtituladas que yo veía por la noche, cuando el insomnio me atacaba, lo que era frecuente. A veces lo sorprendía mirando fijamente los periódicos que ponía en el suelo después de fregar, como si estuviera leyendo las noticias. Sabía de perros que con los avances en la crianza y la selección genética eran capaces de leer frases sencillas y en casos extremos incluso de formarlas con la ayuda de letras de plástico. Lo había leído en Facebook, aunque no sabía si darle crédito o no. 

Pero mis dudas no tardaron en disiparse. Una tarde al volver del trabajo, Ramón no estaba en su cama de la cocina, jugando con su osito y sus demás muñecos. Estaba delante de mi ordenador (que no recordaba haber dejado encendido) y tecleaba con sus patitas a una velocidad no inferior a las cien pulsaciones por minuto. Estaba erguido, apoyado sobre su culo y con las patitas de atrás muy tiesas. Al verme entrar me hizo el ritual de bienvenida habitual: saltó, me lamió las manos, movió el rabo durante unos dos minutos. Hecho esto, volvió a su posición en el ordenador y siguió… Sí, siguió trabajando.

Aprovechando que le había dejado bolitas de pienso en su plato con una abundante ración de jamón de Teruel, conseguí echar un vistazo a lo que Ramón estaba tecleando. Tenía abierta una página de Internet que hablaba del consumo de carne de perro en Asia y particularmente en China y Corea. La página estaba mal escrita y aunque desconozco la materia, me pareció que carecía de rigor. Ramón también tenía abierta una hoja de Word en la que había escrito, dicho sea de paso, sin ninguna falta de ortografía, lo siguiente: “Sucios asiáticos. ¿Por qué no se comen a sus madres? ¿Por qué no se comen a sus padres? ¿Por qué no se comen en croquetas a sus propios hijos? ¿Por qué no nos dejan en paz? ¿Y si fuéramos los perros los que nos comiéramos a su familia? ¿A que eso no les haría ninguna gracia? ¿Y si un día lo probamos? Ja, ja, ja”. 

Cuando terminé de leer estas líneas mi corazón parecía que quería salirse del pecho. ¿Me he vuelto loco? ¿Qué medicación estoy tomando? Entonces eso, noté algo húmedo y cálido que se deslizaba por el dorso de la mano. Era la lengua de Ramón. Su rabo, batiendo de un lugar a otro, juguetón, me decía que me quería. Su lengua, pringosa y cordial, me decía que no era para tanto, que me calmara. Pero su mirada era fría y me indicaba que me apartara del ordenador, que no había terminado. Ramón me había dejado claro cuál era ahora la situación.

Llegado este punto me es difícil explicar por qué no contacté con la asociación protectora de animales. Es posible que me retrajera la posibilidad de hablar de nuevo con el hostil voluntario K. Pensé en pedir asesoramiento o ayuda, pero lo cierto es que llegaba muy cansado del trabajo. Por lo demás Ramón era un perro adorable que hacía lo que todos los perros. Cariñoso al extremo, le encantaba repantingarse para que le rascara la barriga y podía permanecer en esa posición largo tiempo. A veces le achuchaba contra mis cachetes sin compasión en lo que yo denominaba “perroterapia” y el animal, aunque incómodo, se dejaba hacer sin emitir un solo gruñido. Cuando yo no estaba en casa, comía, dormía, comía, dormía y también abría el ordenador, leía noticias, especialmente sobre perros, pero también sobre otro tipo de animales como delfines, toros, gallinas, cabras (aunque nunca sobre gatos). Un día descubrí, porque se lo había dejado abierto, que había creado un perfil de Facebook y otro de Twitter. Había puesto su nombre, “Ramón”, pero su foto de perfil era la mía.

Una mañana dos tipos de paisano que por su porte chulesco, su manera de plantarse con las piernas abiertas, brazos cruzados marcando bíceps hiperdesarrollados, tatuaje étnico que se escabullía en dirección al hombro, solo podían ser policías o delincuentes, me estaban esperando a la salida del trabajo. Resultó que se cumplió la peor de las expectativas y eran lo primero. Dijeron mi nombre como si se tratara de un bicho que trasmitiera la malaria y me pidieron que les acompañara a comisaría. Una vez allí, un clon con uniforme de los dos anteriores, me informó de mis derechos, cada uno de los cuales terminaba con un “¿vale?”. No quería ser examinado por un médico. No tenía consulado al que llamar. No quería avisar a un familiar y tampoco quería declarar. El abogado de oficio parecía aburrido, o distraído, o borracho o quizá no era ni abogado.  Lo que quería saber era de qué se me acusaba. 

De las pasadas que te pegas en las redes sociales. ¿Vale? Dijiste que quieres que mueran los toreros ¿Vale? Dijiste que te ibas a cargar a los pastores que usan perros ¿Vale? Dijiste que los policías que mandan perros a buscar explosivos eran basura cobarde ¿Vale? Esas y muchas otras cosas que ya sabes. Si no quieres declarar mañana, se lo cuentas todo al juez ¿vale? Y esta noche te lo piensas en el calabozo ¿vale?

Quería irme a casa. Quería llorar. Quería orinarme encima. Quería morirme. Quería respirar pero casi no podía. Al parecer me dio un vahído y alguien comentó que solo era valiente delante de un puto ordenador. Vino otro tipo. Creí reconocer su voz. Le miré. Creo que lloraba, yo, no él no. Dijo que aquí había un error. Que me conocía de jugar al pádel. Que seguro que alguien me había hackeado la cuenta. Que era buen tipo, que no me fugaría y que mañana iría al juzgado puntualmente al juicio rápido. Y me dejaron marchar.

Llegué a casa. Me duché, cené algo y seguí llorando. Me metí en la cama y seguí llorando. Nunca antes había estado en un juzgado, ni mucho menos en una comisaría. Ramón se subió a la cama. Esta vez lo dejé. Se acurrucó muy cerca de mi como si quisiera abrazarme. No paraba de darme lametones en las manos y en la cara. Ramón, Ramón, qué has hecho.

Al día siguiente acudí al Juzgado con Ramón. El de seguridad no quería dejarlo pasar, pero tampoco tenía claro que no pudieran pasar los perros. Le dije que el perro era una prueba criminal esencial y eso pareció convencerle. 

El juicio estaba previsto a las diez de la mañana, pero no se celebró hasta pasada la una de la tarde. Le conté mi versión al abogado que se encogió de hombros y dijo: ¿entonces no te conformas con la pena?

Su Señoría, que resultó ser una mujer que no había tenido tiempo de desayunar aquella mañana, me recitó, como si cantara los temas de una oposición y sin mirarme, los hechos que se me imputaban. Además de lo que me dijeron en la comisaría (¿vale?) había amenazado gravemente y vejado a través de las redes sociales entre otros, a toreros, propietarios/dueños de mataderos, organizaciones taurinas de diversos pueblos, pastores, policía de la unidad canina, restaurantes asiáticos, productores de comida para perros de ínfima calidad, adiestradores de perros, anunciantes de papel higiénico y a varios alcaldes cuyos municipios disponían de perreras. 

Alegué mi ignorancia. Negué mi autoría, pero dije que tenía una idea bastante clara de quién podía haber sido. Ramón. ¿Ramón qué? Ramón sin más. ¿Sabe dónde vive? Sí, conmigo, está aquí, es mi perro. La juez ya estaba pidiendo la diligencia para que el forense aportara informe sobre mi estado mental cuando pedí que dejaran entrar mi perro y que le dejaran un ordenador. No sé por qué, pero la juez, accedió.

Ramón entró en la sala como si fuera nuestra casa. Vio el ordenador libre y supo enseguida lo que tenía que hacer. Se empinó con dificultad, puesto que sus patitas no llegaban bien al teclado. Por fin, una vez acomodado escribió: “Señoría. Mi amo no sabe nada. Es buen hombre pero no está preocupado por los asuntos animalistas. Todos los mensajes en las redes sociales los escribí yo, y lo volvería a hacer. Volvería a referirme a los pastores explotadores, a poner en su sitio toreros asesinos, a increpar a los amantes de los gatos. Por cierto. Esta sala huele a gato que apesta”. Terminó y orinó en un rincón. Yo pensaba: ¿dónde habría aprendido Ramón la palabra increpar?

La declaración se incorporó a los autos y se me exculpó, si bien debía pagar en concepto responsabilidad civil una cantidad desorbitada de dinero, una suma que con las que se podrían construir un par de refugios para animales desamparados y un matadero. Durante este tiempo me deshice del ordenador y Ramón tampoco pareció echarlo de menos. Una tarde el abogado, cada vez más espabilado, me llamó y me dijo que la Universidad de Sevilla estaba dispuesta a pagar lo debido a cambio de adoptar a Ramón, y, en su caso, sacrificarlo con fines científicos. Le dije al letrado que me lo pensaría.

Esa noche Ramón y yo dimos un largo paseo. ¿Sabía lo que estaba pasando? Claro que lo sabía. Le solté la correa y le di un abrazo. Ramón me lamió y vi como su pelo negro y gris desaparecía en las tinieblas del puerto.

Mi abogado alegó fuerza mayor o algo similar y, sorprendentemente, el asunto no me arruinó.  Mientras, yo buscaba noticias sobre perros atropellados. A veces creía verlo en las calles. Muchas noches lloraba y no me atrevía a tirar sus juguetes, y mucho menos a adoptar a otro perro. Ramón, superdotado, fanático y malas pulgas me había dado el disgusto de mi vida pero también la mayor alegría. ¿Tan vacía era mi vida? 

Un tipo me pide amistad en Facebook. No tiene foto. No tiene amigos. Su mensaje dice: “guau”.

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