21 diciembre 2016

Posverdad

  Si no conoce esta palabra, si no ha escuchado las canciones de Manel, si no se ha puesto la bandera de Francia sobre su careto en el perfil de Facebook, si no ha compartido videos de perritos y de gatitos, si no ha mandado ciento cincuenta memes y recibido trescientos... es que usted no ha vivido en el año 2016, o bien tiene una rica vida interior. Posverdad (se escribe sin la t, según la Fundéun) es la palabra de moda canonizada por el diccionario Oxford.

  Tomo del artículo de Juan Antonio Pérez Ledo publicado en eldiario.es el pasado 22 de noviembre la definición del palabro: "que denota circunstancias en las cuales los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal". La posverdad por tanto habría sido practicada (pero sin fines políticos perversos) por madres y abuelas de todas las generaciones que aseguraban que éramos listos y guapos (mensaje emocional) cuando la realidad, los espejos y la incapacidad de abrir una lata de anchoas sin ponerlo todo perdido, lo desmienten.

  Si lo dice el diccionario Oxford y nosotros no enmedamos la plana a nada que venga de una localidad que igual que solo mencionarla nos hace silbar Pomp and Circumstance de Elgar (no como esos idiotas de Cambridge). Posverdad es la palabra de moda porque tiene que haber un modo elgante de justificar que los Estados Unidos hayan elegido a un sujeto tan aparentemente gañán que ni siquiera es del gusto de Esperanza Aguirre. Alguien que podría hacer pasar a Bertín Osborne por un meloso ecologista. La posverdad es la palabra de moda porque hay que justificar cómo los británicos han votado a favor del Bréxit, animados por un singular personaje llamado Nigel Farage, que sin problemas, hubiera sido elegido por los seguidores de Forocoches para cantar en Eurovisión.

  Quizá sea  todo producto de mi sesgo cognitivo. Más que probablemente son mis prejuicos me llevan a pensar (de forma errónea) que no hubieran neesitado sacarse de la manga un neologismo para explicar pongamos por caso, a Rodrigo Duarte, presidente de Filipinas o sin ir más lejos a nuestro Mariano Rajoy. Hay algo en las opiniones públicas españolas, asiáticas, africanas, latinoamericas y en general en todos los populachos que no sean anglosajones que les lleva a elegir gobernantes mediocres, a tomar por verdad falsedades como la catedral de Sevilla. Se llama ignoracia, falta de cultura democrática, indolencia, infantilismo, escasa madurez o si nos ponemos más finos, poca consolidación de la cultura y de las estructuras democráticas. Pero sucede que Farage o Trump son tan extravagantes que bien podrían ser dictadores de Uganda o alcaldes de cualquier localidad valenciana. Ergo si el defecto no está en los pueblos (¿escuchan Pompa y circunstancia?) debe de estar en nuestros cerebros.

  El premio Nobel de economía Daniel Kahmeman lleva años explicando que los sesgos cognitivos son una característica estructural del cerebro humano. Al contrario de la máquina perfecta que nos vendían las religiones (a imagen y semejanza), sabemos que nuestro cuerpo es un fruto de un compromiso entre la evolución y las circunstancias naturales. Nos ha funcionado bastante bien, pero está lejos de ser una máquina perfecta. Las rodillas duelen, la vista funciona más o menos bien en determinadas condiciones pero no en otra, y el cerebro nos engaña, aunque se adaptó bastante bien para huir de los depredadores y buscar comida. Solo que ahora eso no nos vale de gran cosa. Mejor sería que aguantara el impacto dentro de un coche a 150 km por hora o nos permitiera aprender un nuevo idioma a la semana. Todo llegará.

  Mientras conviene estar alerta y quizá el primer paso es no tener unas convicciones muy firmes sobre nada. Quizá esto suene un poco cínico, pero, ¿qué tal unas vacaciones de uno mismo? La primera semana de enero seré judío. En febrero vegetariano. No digo con eso que vayamos a ser los nihilistas de El Gran Lebowsky Pero, si sabemos que nuestro cerebro, es decir nosotros, es un coladero en el que los hechos pesan menos que los sentimientos o que incluso es imposible saber qué cosas son ciertas y cuales no ¿por qué tomarnos muy en serio? Cada vez tengo más prevención contra los que nunca cambian de opinión. ¿O era al revés? Como te digo una cosa te digo la otra.



El humor está aquí, en alguna parte
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3 comentarios:

  1. Lo de "no tener convicciones firmes" me parece una idea perfecta, ya que lo contrario sólo conduce a hacer el ridículo y por descontado al vacío social. Esa al menos es mi conclusión tras observar a los que me rodean, incluyendo a mis dos hijas y mi hijo.

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    1. Gracias. Aunque te advierteo que yo no las tengo y hago el rídiculo igual. Gracias de nuevo por leer y participar en el blog.

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  2. Estupendo artículo. Intento casi cada día desfacer las posverdades de algunos de mis alumnos, con escasa suerte, todo hay que decirlo. Pero, ¿qué tienen que ver las canciones de Manel? Eso se me ha escapado.
    Esperanza Manzanera.

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