05 enero 2017

¿Necesitamos a los Reyes Magos?

  Si la pregunta fuera si necesitamos reyes, seguramente la respuesta sería bastante sencilla. Pero la palabra magos lo cambia todo y eso hace interesante el debate. ¿Debate? Para ciertas personas los Reyes Magos son un engaño que perpetran (supuestamente) los padres/madres contra los infelices, indefensos e ingenuos infantes. Los niños, dicen, tienen derecho a saber la verdad (por lo visto siempre y en todo momento) y por esa razón es más honesto y más educativo llevarles por el lado razonable. Además se les ahorraría el sufrimiento gratuito de la desilusión. Además, argumentan, se trata de una fiesta consumista y religiosa, además de monárquica.

  Por tanto en las objeciones de este partido al que podemos llamar de los Pajes Rebotados, encontramos un argumento ético (engañar es hacer el mal), uno psicológico (hay que evitar del desengaño), uno económico (se trata de una fiesta consumista) y uno político (exaltación de la monarquía oriental). Si al menos fueran consellers... Un último argumento, pero más errático, habla de la desigualdad de los niños pobres respecto a los ricos. Ojalá solo fuera en esto.


  Me parece un debate de gran interés. Mucho más que saber si Errejón se lleva bien con Iglesias o del proceso independentista catalán, de la cobra de Bisbal o el penúltimo brote de cinismo de Mariano. Así que de entrada mi felicitación para aquellos que cuestionan todo, porque de ellos será el reino de los incrédulos, pero no puedo estar más visceralmente en desacuerdo. Los Reyes Magos o cualquiera de los seres más o menos fantásticos con los que comparte el sector de la ilusión son más que necesarios.

  Mi primer argumento es obvio. Se trata de alimentar una ilusión, una fantasía que (¡ay!) durante unos pocos años te endulza la vida. Su recuerdo es tan vívido que permanece durante toda tu existencia. Un recuerdo que no está necesariamente ligado a los objetos, como los materialistas piensan o los puritanos de izquierda, sino a la ilusión del regalo que ha viajado para uno (y solo para uno) desde un lugar tan remoto que no aparece en los mapas. El fraude, desde mi punto de vista, es no cultivar la fantasía en un terreno que todavía es fértil para la imaginación.

  Mi segunda razón es la necesidad del desengaño como prueba iniciática. En este mundo hipertecnologizado ya henos olvidado los ritos de paso que en todas las tradiciones marcaban las épocas de tránsito en la vida. Todos los niños quieren por encima de todo una cosa: ser mayores. Un día, unos antes y otros después, empiezan a cuestionarse cómo puede entrar un camello en un piso de cincuenta metros cuadrados y sin ascensor. Otro día oyes ruidos sospechosos durante la noche, o ves un paquete fuera de sitio y de momento. Y de repente todo cuadra. Para los apóstoles de la verdad a ultranza de evitar todo tipo de dolor a los hijos lo consideran un daño innecesario. Pero el descreído puede que se decepcione, pero a cambio obtiene la sabiduría, obtiene la lucidez. El niño que ve la luz deja de ser, de alguna forma un niño. No es un adulto, pero ya ha entrado en ese mundo también fantástico (y luego sabrá que trágico) de los adultos. A partir de entonces se sentirá más sabio, y disfrutará conspirando con los mayores con los regalos de los más pequeños, tomando su papel en la función mágica. Privar de estos desengaños es quitar uno de los pocos ritos de iniciación que quedan.

  Otra cosa, y no menos importante, se aprende la importancia de la imaginación y la fantasía. Los voceros de la Santa Realidad niegan la importancia de la ficción. Los soviéticos lo consideraban decadencia burguesa. Pero lo cierto es que los seres fantásticos viven dentro de nosotros. No se considera a los novelistas ni a los cineastas unos embusteros. No te pones a ver El Señor de los Anillos y piensas, voy a dejarme engañar un rato. Los seres fantásticos o solo imaginados, Don Quijote, Philip Marlowe, Obi Wan Kenobi habitan en millones de personas, ocupan espacios y llenan cuentas bancarias. 

  Por último queda la objeción sobre la monarquía. Hay gente que ve una palabra y le da siempre el mismo significado. Pero no necesito extenderme para explicar la diferencia entre los Reyes Magos, el Rey Felipe VI, Bárbara Rey, Nat King Cole y Burguer King. Por otro lado, quizá la clave no está en Reyes sino en Magos. Para los que les da repelús celebrar lo que consideran una fiesta cristiana, quizá harían bien en considerar el aspecto pagano de la cuestión. En la Biblia "la magia de los otros pueblos fracasa ante Dios: Los magos de Egipto (ex,6,8), el adivino Balaán (Núm 22-24) también fracasa en Babilonia (Ism42,12). A los israelitas les prohíben esas prácticas (Ex,22,17; hechicerí; Lv 19,31; Dt 18,10-11). Pero la práctica persistió a pesar de las prohibiciones (1 Sm 28; Ez 13; Is 8)". *

  De modo que no deja de ser justicia poética que sean magos los que reciben a quien habría de fundar el cristianismo y es bien sabido que los Evangelios canónicos solo hablan de magos y no de reyes. Un alivio más para los antimonárquicos.

  Cristo no tuvo que hacer nada para recibir regalos, pero a los niños se les pide un cierto esfuerzo: que sean buenos. Un chantaje, dirán los puritanos. Una lección de que el bien trae recompensas y el mal, en el mejor de los casos, carbón. Es una lección primaria de justicia. Ya crecerán y sabrán quién fue Rodrigo Rato. Por qué a unos les traen carbón, otros tienen la concesión minera y otros no tienen ni con qué calentarse. 



*La cita es de la Nueva Biblia Española, Ediciones Cristiandad 1975. 


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