05 marzo 2017

María Moliner

  Si usted ha vivido esta situación, levante la mano: Pasea por un museo y le muestran una obra de orfebrería que parece imposible ser tallada. Le explican que se hizo a mano y que el artesano tardó un plazo de tiempo enorme. Ponga el mismo ejemplo visitando una catedral, con el trabajo de canteros, orfebres, ebanistas... ¿Cómo fue posible? Semejante trabajo de precisión y paciencia parece inconcebible visto desde el año 2017. Es cierto que contaban con la ventaja de desconocer lo que era Twitter, Facebook e Instagram, pero, aún así, parece obra de titanes, no de humanos.

  Obviamente ya saben adonde quiero llegar. Pensar que doña María Moliner pudiera elaborar el Diccionario de uso del español, ella sola y escribiendo a lápiz, parece tan inimaginable como los agujeros negros o las partículas sin masa. Tardó quince años en completar esa ingente labor. Pocos me parecen. Me imagino (y ya cuesta) a mi mismo elaborando un diccionario, pongamos por caso, de términos cinematográficos, escribiendo quince años después de su comienzo la palabra "cantina":

"1.- Dícese de establecimiento que aparece con frecuencia en las películas del género western, donde se servían bebidas fuertes, música flamenca. 2.- Establecimiento de hostelería donde se producen tiroteos. Sturbucks vintage mexicano de películas del oeste".

  No quiero ni pensar cuando llegue a la S de Schwarzenegger, allá por el año 2055.

  Mi madre tuvo el buen criterio de adquirir el María Moliner. Cuando escribía para la radio de la universidad unos comentarios graciosillos, similares a los de este blog, lo solía utilizar con la intención de no repetirme o de ser preciso en los términos. También tenía a mano el Diccionario de la Real Academia de la Lengua. Sin embargo yo prefería utilizar el primero. Me daba la sensación de que era más preciso, además de más elegante. Moliner siempre me daba la definición exacta, en cambio consultar el de la RAE a veces resultaba como echar una instancia a la administración. Ya sé que son diferentes y compatibles, pero también lo es la leche de vaca y la de cabra y yo la primera no la pruebo. 

  Quizá de aquella época rebuscando palabras en el María Moliner me viene la aprensión a la falta de léxico. Y digo más, la falta de léxico es un valor, mientras que las personas que emplean términos diferentes son penalizadas. He llegado a ver un informe psicológico que valoraba negativamente el "lenguaje rebuscado" empleado por un individuo. Recientemente escuché un discurso en el que se "ponía en valor" cinco veces. Durante el turno de intervenciones dos personas más "pusieron en valor" algo. 

  Como todos tenemos nuestros prejuicios, supongo que aquellos y aquellas que no dejan de "poner en valor", "implementan", "se ponen las pilas", "hacen las cosas sí o sí" o "empatizan" son las mismas que definen a una comida como "espectacular", un viaje "espectacular", una familia "espectacular" e incluso una pareja en los que ambos son "espectaculares". 


  Cuando escucho a la mayoría de los catalanes, me chirría su catalán porque todos parecen emplear las mismas frases en las mismas ocasiones, como salidos de la TV3. Su lenguaje resulta plano y administrativo, lo que no ocurre con los valencianos, con todos sus problemas de diglosia, no cabe esperar el mismo léxico en Pego que Alcoy. 

  No descubro la rueda afirmando que la uniformidad del lenguaje es previa (o quizá consecuencia) de la uniformidad del pensamiento. Eliminemos el matiz o aún peor, utilicemos palabras inglesas mal pronunciadas de las que no sabemos bien (o bien bien como dirían en Cataluña) lo que significan. Quizá por eso sea el momento de "poner en valor" (¡pero que he dicho!) el trabajo de doña María Moliner, consultemos su diccionario y aprendamos que una pareja no solo puede ser espectacular, sino también plomiza, cuando no paran de hablar de sus niños y sus muebles. 




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